Londres, 10 de agosto de 1852

10 de agosto de 1852.
28, Deanstreet, Soho, Londres.

Querido Engels:

En primer lugar, adjunto el texto original de la circular secreta de Kossuth.

A continuación, el informe 1) sobre la sesión de los garantes del 6 de agosto, 2) sobre la asamblea de Gögg del 7 de agosto.

ad 1. Presentes: Kinkel, Willich, Reichenbach, Löwe von Kalbe, Meyen, Schurz, (Techow esta vez no) Schimmelpfennig, Imandt. De otros no sé; no hay que olvidar a Schärttner.

En América y Suiza, Kinkel había hecho elegir al inevitable tercero en la liga (Techow). Quedaba todavía la participación en la elección por parte de los 12-15 garantes londinenses. Aquí, como te he informado, la elección de Techow fracasó, quien entonces declaró que no podía aceptar, pues viajaba a América.
Kinkel propone proceder de nuevo a la elección del tercero. Fracasa otra vez.

Löwe von Kalbe: Primero: «El empréstito alemán ha fracasado, puesto que la constelación política (mayo del 52) con vistas a la cual fue emprendido ya no existe y la suma prevista de 20,000 dólares no ha sido reunida.» Segundo: «Devolver los fondos a los comités americanos.»

La primera parte de esta propuesta es aprobada, la segunda rechazada.

Imandt: «El dinero existente, si el resto de los garantes comparte aún la opinión de la mayoría, debe emplearse para la publicación de un periódico alemán en Londres.» «¡Reichenbach seguirá siendo trustee del dinero!» «Se elegirá un comité compuesto por Reichenbach, Löwe y Schimmelpfennig, al cual Kinkel y Willich habrán de entregar las listas de los garantes en América y Suiza. El comité hasta ahora existente ya nada tiene que ver con el asunto; el nuevo comité informará a los garantes del exterior sobre las resoluciones adoptadas y recabará su opinión.»

I Reichenbach apoya las propuestas de Imandt; todas son aprobadas. Kinkel y Willich protestan, porque la disposición del dinero no compete únicamente al cuerpo de garantes. Sólo los donantes, o más bien los comités financieros constituidos en América, podrían ejercer ese derecho de disposición. — Sic transit gloria. Willich está más firme que nunca decidido a viajar a América, si puede reunir el dinero para el viaje.

ad 2. Asamblea del ministro de finanzas Gögg, regresado de América sin fondos.

Presentes: Presidente: El «Damm» (todavía no ha rodado hasta Australia.) Gögg. Ronge. Dr. Strauß. Sigel el otro. Franck (de Viena). Oswald. Dralle. (Todos estos son «agitadores».) Kinkel. Schurz. Meyen. Willich. Imandt. Schilly. Becker. Un camarero de Schärttner. El borracho lumpenproletario Herwegh de Neuß. Un candidato de Königsberg Hentze. Garthe. Un jovenzuelo (desconocido) de Viena.

Gögg abre la sesión, describe su actividad en América, a través de la cual se ha creado una Liga Revolucionaria, un acto en virtud del cual la república americana quedaría patas arriba y con ello se engendraría la república alemana-badense, a los demócratas americanos se les procuraría la victoria sobre los whigs, etc. Por lo demás, el modesto joven (y esto se lo atestiguaba el recién llegado Candid. phil. Hentze) opinaba que los alemanes de todos los distritos estaban allí con las miradas puestas en Londres, para, en el importante momento en que los presentes en la asamblea se abrazaran, lanzar un atronador hurra que resonaría mil y mil veces multiplicado a través del océano. Por ello exigía que la asamblea se constituyera en rama de la Liga Revolucionaria y que ya no dejara desfallecer a los pobres paisanos en esa actitud expectante.

Imandt: Da las gracias a Gögg por su instrucción sobre las condiciones americanas. Propone, por lo demás, disolver la asamblea, puesto que sólo una asamblea general y públicamente convocada de los refugiados podría decidir.

Damm le retira la palabra.

Kinkel: (El sentimental poeta mártir ya durante las elocuentes palabras de Gögg, poniendo los ojos en blanco, había manifestado su irrevocable decisión de tender los brazos de la reconciliación.) También él sabía que Alemania los miraba. Estaba en la situación de estrechar la mano conciliadora. Ofrecía a la causa el sacrificio de olvidar la grave injuria que se le había inferido. También él sabía que no sólo la liberación de Alemania, sino la transformación de América estaba en sus manos. El más grande, dijo, era aquel que se vencía a sí mismo, en alusión a los «agentes del príncipe de Prusia» de Ruge. Sin embargo, exigía por su parte que la Liga Revolucionaria garantizara ahora también su empréstito. También con el «honrado» Willich discrepaba políticamente, pero ambos, como él creía, unidos, habían realizado grandes cosas.

Imandt: Él respetaba la humildad cristiana de Kinkel, que había olvidado que Ruge lo había tildado de agente del príncipe de Prusia, que por puro amor a la revolución había reprimido en su fogoso pecho la indignación que hace dos meses, en presencia de los garantes (mayo), le dictó la solemne declaración: «como buen republicano tenía que considerar la exigencia de aliarse con Ruge, su malvado calumniador, como una ofensa a su honor y prefería retirarse de toda actividad política antes que reconciliarse con el malvado Ruge». Por humildad cristiana, Kinkel había apurado el amargo cáliz que Fickler le había preparado con sus cartas terriblemente ofensivas. (En una de esas cartas, Fickler lo llamaba «un pavo real pavoneándose sobre un montón de estiércol»); se había vuelto sencillo de corazón, como los amigos de Gögg sostenían que siempre lo había sido, cuando lograba caer en brazos de su rival americano. || Sería algo hermoso lo de la «unión» entre los señores Kinkel y Gögg, pues aunque en realidad no persigue otra cosa sino que el primero, con ayuda del segundo, intente mantenerse en la administración de los fondos del empréstito, y que el segundo, con ayuda del primero, quiera introducirse en esa administración, mediante la alianza de paz de dos hombres tan grandes se alcanzaría, sin embargo, que los partidos políticos del mundo entero también se reconciliaran, que el constitucional estrechara la mano al republicano y el socialista al republicano y que los proletarios en adelante no fueran ya explotados por el burgués y, en una palabra, que todos se abrazaran y lanzaran hurras. Pues el hecho de que Kinkel dijera en América que consideraba a los proletarios como carne de cañón (como antaño en Bonn y Colonia se entusiasmó con Cavaignac), a pesar de su alianza con el «honrado» Willich, nada tiene que ver con el asunto. A lo sumo, cabría temer un pequeño detalle: que a Kinkel, como a todas esas gentes que, en lugar de estudiar y representar las diferencias y los intereses de los distintos partidos, desvarían en confusa locura acerca de la unión de los elementos opuestos, pudiera reprochárseles una total ausencia de principios, etc. Por lo demás, le hacía notar a Kinkel que, a lo sumo, podía concertar acuerdos por su persona, pero no por el cuerpo de garantes. Finalmente, Imandt propuso que dejaran tranquilamente a la Liga Revolucionaria en América en paz y se fueran a casa. Acto seguido, Imandt se marchó.

Incidentes. Damm lo interrumpe a Imandt a cada momento y quiere retirarle la palabra. El borracho Herwegh, como renano, cree que mientras Imandt está presente, está obligado a mostrarle su aprobación, y observa con su pipa a los presentes, mientras Imandt habla de «grandes hombres». El pintor Franck, en el pasaje sobre los proletarios, se levantó indignado y dijo: «Ya no puedo aguantar más. Yo gruño.» Imandt respondió que eso lo tenía en común con otros animales, ante lo cual F. puso pies en polvorosa. Kinkel negó lo de la «carne de cañón». Imandt cuenta toda la historia con Schnauffer y el Wecker, tras lo cual K. calló. Luego lo interrumpió a propósito de Cavaignac: «Ciudadano Imandt, ¿cuándo apareció el periódico de Bonn?» Imandt: Le importaba un bledo si antes o después de la insurrección de junio. Él había leído el asunto con sus propios ojos.

Conclusión. La sesión se prolonga dos horas. Gögg suplicó que al menos se adhirieran provisionalmente a la Liga Revolucionaria. El jovenzuelo de Viena antes mencionado declaró a todo aquel que retrasara su adhesión aunque sólo fuera una hora, un «traidor a la patria». Sin embargo, la sociedad se fue a casa, después de que la mayoría hubiera rechazado todas y cada una de las propuestas, sin haber fundado una rama de la Liga Revolucionaria americano-europea-australiana.

Tuyo, KM