Friedrich Engels an Joseph Weydemeyer
in New York
Manchester, 11. Juni 1852

Querido Weydemeyer:

Hemos recibido el [primer] número de la Revolution, pero seguíamos pensando que lograrías incluir aún el poema de Freiligrath sobre Kinkel, lo que no habría elevado mucho los costos. Que la impresión sea tan apretada y el formato tan grande era inevitable dada la escasez de fondos, pero es una lástima, pues dificulta mucho la lectura, sobre todo con las erratas que desfiguran el sentido. Pero lo que nos asombra es la dificultad que encuentras para enviarnos los 300 ejemplares encargados de otro modo que por correo. Tus conocidos allí, Helmich y Korff, tienen que ser unos asnos colosales si ni siquiera pueden decirte que los vapores del correo también transportan paquetes e incluso fardos pesados de mercancías y que en la oficina de esos vapores —desde luego que no en el correo— puede averiguarse todo lo relativo al flete, etc. Dónde está la oficina de esos vapores figura en cualquier anuncio de periódico, que siempre está firmado por alguna casa del lugar. Más aún, hay multitud de expedicionarios que se ocupan de estos menesteres, por ejemplo Edwards, Sandford & Co., en Liverpool y Londres, que también tienen una casa en Nueva York. El paquete se direcciona sencillamente así:
(arriba:) Pr… Steamer
care of Messrs Edwards, Sandford & Co, Liverpool
debajo: F.E.
care of Messrs Ermen & Engels
Manchester.
Printed Books, not bound.
Eso es todo, y así despachado cuesta un par de chelines que Ermen & Engels pueden sufragar. Pero que personas como Helmich y Korff, que llevan tanto tiempo en N[ueva] Y[ork] y hasta cierto punto hacen negocios, no sepan esas cosas que aquí sabe cualquier niño, eso es ya demasiado. — Los Turnzeitungen no han llegado hasta ahora ni aquí ni a Londres; pregunta en la oficina de correos de ahí.

Los costos de impresión son colosales; por 5 francos por pliego, que apenas es más de lo que tú has tenido que pagar, podemos conseguir en Londres que nos impriman la cosa igual. El papel debería ser más barato allá, ya que aquí pesa sobre él un impuesto interior de 1/2 penique (3 centavos) por libra. Infórmate alguna vez entre los mayoristas de papel de ahí sobre el precio y comunícanoslo.

Todo lo que esté destinado a Europa, envíalo simplemente aquí. Marx tiene en Londres un librero alemán que es serio, a quien además puede controlar, y que se encarga de la distribución tanto aquí como en Alemania, Suiza, etc., por un porcentaje médico. Así, pues, si a la llegada de esta carta aún no ha salido el paquete con los 50 ejemplares para Londres y los 250 para Colonia, aprovecha la ocasión para añadir cuantos te parezcan convenientes y disponibles para la venta del librero alemán. Pero si ya ha partido, espera con nuevos envíos hasta que te lo indiquemos. || Aquí fijaremos naturalmente un precio más alto, ya por los gastos y la comisión del librero. El filisteo alemán bien puede pagar 15 silbergroschen.

Como el segundo cuaderno ha de traer exclusivamente los poemas de Freiligrath, seguramente ya estará impreso. Estas cosas, especialmente el poema sobre Kinkel, no deben demorarse ni un instante más de lo inevitable. En realidad, este asunto tendría que haber aparecido de algún modo cuando Kinkel regresó a N[ueva] Y[ork]; pero cuanto más tiempo pasa, más pierde actualidad, y aun las cosas escritas con mayor vocación de eternidad tienen un momento en que rinden especialmente bien y en que son más oportunas. Pero como yo escribo no precisamente para la eternidad, sino más bien para el presente inmediato, mi artículo sobre la burguesía inglesa probablemente se demorará todavía un tanto, tanto más cuanto que un trabajo de ese género, muy adecuado por entregas y entre otros materiales en un periódico o semanario, en una revista donde ya por su extensión ocupa la mayor parte del espacio, no es bastante actual ni bastante interesante para el público germano-americano. Además, el señor Derby puede muy bien caerse hasta agosto, y ésas son otra vez cuestiones delicadas para profetizar.

Dronke le estará agradecido a Korff por su buena voluntad, pero no piensa en irse a América, ya que acaba de empezar como agente de una casa parisina un negocio de estuches de cigarros, etc., al por mayor. Por lo demás, ni Dronke ni ninguno de nosotros mantiene con Korff la antigua relación de parranda de los primeros meses de la N[eue] Rh[einische] Z[ei]t[un]g; sabemos demasiado bien en qué circunstancias hubo que apartar a K. del periódico y que después, en N[ueva] Y[ork], hizo imprimir mis artículos sobre Hungría bajo su nombre. Tal vez pueda serte útil en pequeñeces, pero es bueno que no te fíes de él, y muy especialmente desea Marx que K. no meta las narices en las relaciones entre M. y Dana, donde ya parece haber armado alguna intriga. El pasaje de tu carta: «Lo poco que se puede hacer con la Tribune para nuestra causa, de eso ya se habrá convencido M. por la propia carta de Dana», nos resulta totalmente incomprensible, pues D. ha escrito a M. una carta sumamente amistosa en la que no sólo le pide que prosiga con los artículos alemanes, sino también otros artículos. No puede convenirnos, desde luego, que K. se adelante allí de algún modo como representante o paladín de alguno de nosotros en asuntos personales.

Como la exposición americana se demora tanto, será mejor que en el asunto del cuero no des más pasos hasta que vuelvas a tener noticias nuestras al respecto. Marx está precisamente aquí, y por eso no puede hablar en este momento con el húngaro. Y es que ahora estamos ocupados aquí con un trabajo muy interesante y divertido, que se imprimirá en seguida y del cual te enviaremos un ejemplar apenas recibamos los primeros, y en esa ocasión podremos también entrar más en detalle sobre cómo puedes aprovechar tú la cosa y tal vez sacar de ella dinero para la impresión de nuevos folletos, pues esta vez será algo que indefectiblemente prenderá. — A Eccarius se le ha escrito con motivo del final; poco habrá que añadir, ya que los obreros, como es natural, han sido derrotados. — ||

Nuestro querido y bravo Willich ha tenido un gran percance. La baronesa Brüning invitaba una vez por semana a comer a los tenientes prusianos de Londres y a otros grandes hombres por el estilo, ocasiones en las que solía coquetear un poco con esos galantes caballeros. Nuestro Willich, firme en la virtud, a quien al parecer esto le había subido poderosamente la sangre a la cabeza, se halla un día en un tête-à-tête con la joven dama cuando de pronto le sobreviene un ataque de fogosidad rabiosa y, sin estar en absoluto preparado, la acomete de un modo algo bestial. Mas la señora no lo había entendido así, e hizo poner de patitas en la calle, sin más, a nuestro caballero de la castidad.
«¡Dichoso aquel que aún ama la virtud,
ay de aquel que la pierde!
Entonces yo, pobre joven,
fui arrojado por la puerta»,
y el estoico de pureza moral, que por lo demás sentía mucha más simpatía por jóvenes aprendices de sastre rubios que por mujeres hermosas, puede felicitarse de no haber ido a parar al fin «al cuartel de la guardia en Kassel» por ese estallido involuntario y natural de su yo físico, tanto tiempo encadenado. El hecho está comprobado y circula con gran regocijo por todo Londres.

Por lo demás, hay perspectivas de que no tardéis mucho en tener a ese noble en N[ueva] Y[ork]. Aquí se le hunde cada día más el suelo bajo los pies a ese hombre «que goza del respeto de todos los partidos, incluso de sus enemigos»; con Kinkel y Schapper, sus dos sostenes a derecha e izquierda, ya sólo sigue vinculado a regañadientes (y en el caso de Kinkel por consideraciones de dinero), pues odia a ambos y ellos a él; de la baja emigración ha recibido varias veces palizas, y desde entonces se ha retirado de ella. Esta última historia le hará imposible volver a entrar jamás en casas donde haya mujeres, y encima su resplandor de virtud se ha disipado. En cambio, oye en N[ueva] Y[ork] de la cohesión de los hombres del cuerpo de Willich y allí tiene al noble Weitling; así que, sobre todo cuando los fondos de la caja del empréstito dejen de fluirle tan abundantemente, lo más probable es que se escurra. Además, ya ha enviado por delante como su apóstol a Heyse, de Kassel; ese sujeto pertenece a su entorno personal. Como segundo precursor envía ahora al pobre y viejo Mirbach || al otro lado, quien por pura y amarga necesidad ha caído en sus manos y, dados su completo desconocimiento de los antecedentes de la emigración y su confusión teórica, naturalmente se dejó sobornar por las nobles maneras. En el fondo es un excelente muchacho, políticamente nulo, pero por lo demás honrado y, militarmente, diez veces más apreciable para mí que todos los grandes hombres de Londres. Fue a ver a Marx, pero nunca sin la vigilancia del bribón de Imandt y del buenazo del burro de Schily, de modo que nunca se podía hablar con él abiertamente.

En América estaría ese Willich en su lugar; la vieja pandilla de N[ueva] Y[ork], que ahora debe de haberse envilecido del todo y diluido entre rowdies y loafers, se hartaría muy pronto de él y le daría una paliza de las que lo dejan sin hueso sano; ya aquí su relación con los Schweinkerls era, al final, la repugnante comuna de una banda de bribones que se pelean por el botín; y su amigo, el experimentado estafador Weitling, le prepararía asimismo un brillante porvenir.

Pero ahora he de concluir. Marx te manda saludos; muchos saludos de parte nuestra.