Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  

Manchester, 7 de mayo de 1852  

I Querido Marx,

Adjunto te devuelvo la carta de Cluß. Se me ocurre a este respecto que ahora, cuando el señor Dana se ha puesto en contacto con B. Bauer y Simón de Tréveris y al mismo tiempo te ha restringido el espacio a causa de las elecciones presidenciales, sería ciertamente oportuno dar algunos pasos a la yanqui contra el señor Dana. Cluß y algunos otros debían escribir desde distintos lados al señor Dana preguntando cómo era que esos artículos incomparables aparecían tan raramente y de forma interrumpida, y que eso, de esperar, no era imputable a la redacción, la cual más bien, como se esperaba, estaría en condiciones de remediarlo y de publicar más a menudo artículos de K. Marx, etc. Weydemeyer podría organizarlo muy fácilmente; como motivo bastaría darle a entender que D[ana] quiere restringirte el espacio y por eso es oportuna una demostración semejante para mantenernos abierto este órgano. À Barnum, Barnum y medio. Si te parece bien, puedo poner esto en marcha por el próximo vapor ante Weyd[emeyer].

La circular de la Convención a las secciones es divertida. Que me cuelguen si las secciones de San Petersburgo, Varsovia, Berlín, Roma, etc., están domiciliadas a más de 4 millas de Charing Cross. Esta actuación carbonárica, de importancia fingida, de apariencia enérgica, al estilo de una orden del día, delata hasta qué punto los señores se engañan de nuevo a sí mismos acerca de sus fuerzas supuestamente organizadas. Pretender ahora un golpe de mano es una bêtise y una canallada. Pero, por supuesto, «¡algo hay que hacer! ¡algo hay que emprender!». Sería de desear para los jefes que han de dirigir el asunto que fueran capturados y fusilados todos ellos; pero, ciertamente, los grandes hombres se cuidarán de ello, y el héroe Willich || se quedará tranquilo en Londres mientras haya todavía dinero en la caja, crédito con Schärtner y se puedan obtener chaquetas y botas gratis ad libitum en la «sastrería y zapatería». ¡Así entiende el señor Willich la manutención de los ejércitos!

El asunto de los retratos de caracteres va bien hasta ahora. En 4 semanas la cosa puede estar lista. Ocúpate solo de conseguir a alguien fiable que pase el asunto en limpio, para que salga al mundo una caligrafía totalmente desconocida.

Cuando vengas, trae contigo la Americana, la N. Rh. Ztg. completa y los documentos escritos necesarios. Mi viejo llega mañana y difícilmente podrá quedarse aquí más de 8 a 10 días.

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Engels a Marx – 7 de mayo de 1852  

Por fin he recibido mis materiales de ciencia bélica de Alemania. Lo que hasta ahora he leído de ellos es solo poco. El señor Gustav von Hofstetter, el tan loado, no me parece precisamente un Napoleón, sino hasta ahora solo un jefe de batallón bastante aprovechable, o algo así en escaramuzas. No obstante, aún no he terminado de leer su cosa. Una cosa bastante bonita, en cambio, es un folleto sobre las nuevas fortificaciones a gran escala, escrito por un capitán ingeniero prusiano, Küntzel: más histórico y materialista que nada de lo que hasta hoy he leído in militaribus. Por lo que se refiere ahora al señor Willisen, hay que decir aquí que en Idstedt no fueron los daneses quienes vencieron a los schleswig-holsteinianos, sino la táctica ordinaria del sentido común la que triunfó sobre la especulación hegeliana. El libro de Willisen debería llamarse propiamente: Filosofía de la gran guerra. De suyo se entiende que en la cosa hay más filosofiquería que ciencia bélica, que las cuestiones más obvias de por sí vienen construidas a priori con la || más dilatada y profunda prolijidad, y que entremedias aparecen los más correctos tratados escolásticos sobre la simplicidad y la multiplicidad y otras antítesis semejantes. ¿Qué se puede decir de una ciencia de la guerra que empieza con el concepto del arte en général, demuestra luego que también el arte culinario es un arte, se extiende con amplitud sobre la relación entre arte y ciencia, y finalmente deja que todas las reglas, relaciones, posibilidades, etc., del arte de la guerra desemboquen en la única proposición absoluta de que ¡el más fuerte siempre tiene que derrotar al más débil! Aquí y allá hay bonitas aperçus y útiles reducciones a reglas fundamentales sencillas; malo sería además que no fuese así. Aún no he llegado a su aplicación a la práctica; pero no habla muy en favor de Willisen el hecho de que los mayores éxitos de Napoleón se obtuvieran cada vez mediante el menosprecio de las primeras reglas de Willisen, resultado que un hegeliano dogmático puede desde luego explicarse muy bien sin que las reglas tengan que sufrir lo más mínimo.

Según veo, acaban de aparecer las memorias de Görgei, pero cuestan 6 táleros y, por tanto, no podré procurármelas de momento. Con ellas se puede considerar el material sobre lo militar de la guerra húngara como, por ahora, cerrado. Acerca de la guerra húngara haré en todo caso algo, tal vez sobre todas las guerras de 1848/49. Tan pronto como haya puesto un poco en claro lo relativo a la historia militar anterior, buscaré un editor que pueda cargar también con la mayor parte de los costes de las fuentes.

Las 30 /— que te envié el sábado pasado las habrás recibido. —

Tuyo  
F. E.  

Mehr 7 de mayo de 1852. I