Friedrich Engels a Karl Marx, en Londres

Manchester, 25 de abril de 1852

I Querido Marx:

Ayer por la tarde recibí de Hain una esquela que ayer mismo te remití, junto con mi respuesta. Creo que, en vista de ello, el señor Hain ya pagará.

Adjunto los sellos, a los que pronto seguirán más. También te devuelvo las historias. La carta de Ewerbeck es un digno pendant de su libro. «¡Ayudadme, pues, contra Ribbentrop! ¡Lo denunciaré ante la democracia como hipócrita y libertino!» El hombre está completamente infantilizado.

Tampoco el amigo Bruno ha aumentado en sabiduría ni en conocimiento de Dios. Bien valía la pena poner en movimiento a la prensa americana desde Berlín para, por este largo rodeo, anunciar al mundo asombrado que los ejércitos continentales están ahí para mantener la tranquilidad interior. El señor Bruno sigue representando la dialéctica hegeliana en la fase de su más profundo anegamiento. Toda la profundidad de la concepción de la historia se limita, en este estadio de desarrollo, a demostrar circunstanciadamente los lugares comunes más banales con un suficiente despliegue de pathos y de desarrollo aparente, para presentarlos luego como un resultado del todo recién descubierto por la laboriosidad del investigador. Todo eso es soportable tratándose de historias largo tiempo pasadas, pero cuando a uno le mistifican de este modo la actualidad inmediata, es ya demasiado grave, y cualquier asno tiene que darse cuenta de que detrás no hay nada.

Y la profundísima verdad: los gobiernos tienen razón frente a las revoluciones, porque éstas son aún inmaduras, pero las revoluciones también tienen razón frente a los gobiernos porque representan las ideas del futuro, ciertamente en estado embrionario e inmaduro, pero sustancialmente: vieja broma hegeliana que, sin duda, ya ni siquiera en América es nueva. Y siempre y eternamente el «mal humor», la «contrariedad», la «profunda indiferencia» del «ciudadano». «En algunos países luchan clases contra clases, en otros, naciones contra naciones». Bien mirado, esta frase enormemente sagaz es todo lo que Bruno ha aprendido de la revolución.

El señor Teilering ha sido evidentemente expulsado de Francia como miembro errante y sin patria del lumpemproletariado, y ni siquiera apto para la Société du 10 Décembre.

Si no sabes de positivo que Dr[onke] haya marchado voluntariamente a Alemania, la cosa me parece más probable de este modo: que él, expulsado ya antes de Francia, haya sido transportado esta vez no a un destino cualquiera, sino a la frontera alemana. El necio se había abierto paso felizmente hasta Nassau; ¿por qué se va a Coblenz, cuando mucho mejor habría hecho en ir a Hamburgo y desde allí, donde nadie lo conoce y donde habría encontrado a Weerth y a Strohn, por tanto, también dinero, a Inglaterra? Pero desde la región de Nassau, donde tan cerca estaba, lo atrajo manifiestamente a Coblenz la esperanza de obtener dinero, y si hubiera logrado pasar por allí, seguro que se habría ido a Cöln.

Para los de Köln, por lo demás, es bueno que ya hayan pasado el examen del Senado de Acusación; de lo contrario, la detención de Dr[onke] daría pie a nuevas investigaciones de seis meses. Muy pronto será transportado a Köln y quizás intentarán hacerlo comparecer como testigo ante el tribunal del Assisen. A él mismo, esta vez le está bien empleado. El dinero que eventualmente necesitase podía procurárselo en Frankfurt con toda seguridad, o hacérselo enviar por Lassalle a cualquier sitio, pero no: el muchachito tiene que ir forzosamente a Coblenz, donde lo conoce cada gendarme y cada perro de la calle. Mientras tanto, seguramente está alojado.

Tuyo,
F. E.

Más, 25 de abril de 1852.