Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 

Londres, 27 de febrero de 1852 
28, Deanstreet, Soho. 
¡Querido Engels! 

Veo que la vez pasada me olvidé la carta de Reinhard. 
El artículo enviado a Dana, del cual aún no tengo respuesta a mi solicitud 
de que me asigne una casa en Londres. Mi vieja, a pesar de su promesa, 
no ha dado señales de vida todavía. A cartas a conocidos en Alemania tam- 
poco he recibido respuesta hasta ahora. Desde hace una semana he alcan- 
zado el agradable punto en que, por falta de las levitas empeñadas en la 
casa de empeños, ya no salgo, y por falta de crédito no puedo comer carne. 
Todo esto es mierda, pero temo que esta porquería acabe un día en escán- 
dalo. La única buena noticia la hemos recibido de mi ministerial cuñada, 
la noticia de la enfermedad del indestructible tío de mi mujer. Si ese perro 
muere ahora, salgo del aprieto. 

Hoy no escribo detalladamente, pues estoy ocupado con el dictado de un 
artículo para W[eydemeyer] y con la expedición y corrección de las demás 
contribuciones para él. 

En la Augsburger Zeitung he visto (por el servilismo de Seiler) que el 
señor Stirner ha publicado una “Historia de la contrarrevolución”. Él de- 
mostrará que la revolución pereció porque era “lo sagrado” y la contrarre- 
volución venció porque se comportó “egoístamente”. 

El 25 de febrero los franceses celebraron un banquete de febrero, o más 
bien un meeting seco con aditamento de té y sandwiches. Mi mujer y yo 
estábamos invitados. El resto del público tenía entrada por 1 franco. Como 
ni podía ir ni quería, envié a mi mujer con un frenchman. Ledru, Pyat, 
Thoré, Martin Bernard, etc., en suma toda la clique rollinista, de la que 
había partido la cosa, no apareció, porque la entrada a beneficio de los re- 
fugiados les parecía demasiado vulgar. L. Blanc también se había excu- 
sado. Sólo estaba la hez más baja de la emigración, que en gran parte se 
llama blanquista. Pero después que el pequeño, falso corso, que se alojaba 
en algún parlour cercano, después que sus espías le aseguraron la ausen- 
cia de Ledru y compañía, apareció y, ante la total falta de talento y autori- 
dad, el coqueto frac azul acero fue acogido con rapturous applause. Su dis- 
curso, tras cuya pronunciación se retiró inmediatamente, puso a sus ene- 
migos en éxtasis. || Los arrastró. Los venció. ¿Y qué dijo that little man, 
ese Johnny Russell del socialismo? Que uno se sorprenda aquí en el ex- 
tranjero de los extraños acontecimientos en Francia, él cree más firme- 
mente que nunca en la estrella de la patrie. ¿Y por qué? Je veux, dijo, vous 
expliquer le mouvement historique, etc. A saber, en la vida de todos los 
grandes militares, p. ej., de Frederic le Grand, de Napoleon le grand, se 
encuentran des grandes victoires et des grands revers. Eh bien! La France 
est une nation militaire. Tiene sus élans y sus catástrofes. Quod erat de- 
monstrandum. Lo que ha querido, siempre lo ha logrado: en 1789 expulsó a 
la feudalidad, en 1830 a los reyes. ¿A quién quiso derrocar en 1848? Tal 
vez piensas en la burguesía. Ni pensarlo. La misère, la hideuse misère. Si- 
gue ahora un torrente socialista de lágrimas sobre la miseria, la misère, ce 
n’est pas quelque chose de fixe, quelque chose de saisissable, pero no obs- 
tante la nación francesa, en la nueva revolución, vencerá la miseria y en- 
tonces la mère ne détruira plus de ses propres mains le fruit de ses en- 
trailles, la petite fille de sept ans ne se «groupera» plus sous la machine y 
demás asnerías por el estilo. Además, en su discurso desperdició 3 chistes 
enteros. Llamó a Bonaparte 1) un aventurier, 2) un batard y 3) le singe de 
son oncle. La última novedad puso a los presentes en verdaderos bailes de 
San Vito. ¿Qu’en dis-tu? Es como para desesperar de los crapauds. Su 
historia en grande es epigramática, una verdadera obra de arte dramática, 
¡pero esos tipos! ¡Mon dieu! La ocurrencia del señor Blanc me recuerda un 
chiste que me contó Massol. Bonaparte está regularmente borracho des- 
pués de las 12 de la noche, en compañía de los mâles y de las femelettes 
que reúne en torno a sí en sus orgías. Entonces maldice y jura. Una de las 
damas de su conocimiento lo disculpa con estas palabras: Mais c’est un 
militaire!! 
Addio. 
Tuyo 
K. Marx