K. Marx a Ferdinand Lassalle
en Düsseldorf
Londres, 23 de febrero de 1852
23 de febrero de 1852.
28, Deanstreet, Soho, Londres.

¡Querido Lassalle!

Me gustaría saber ahora si mi segunda carta tampoco ha llegado. Sé que eres exacto al responder y debo, por tanto, atribuir a alguna casualidad la demora de noticias tuyas.

Desde mi última carta a ti, mi estado de salud ha vuelto a mejorar, aunque sigo padeciendo mucho de los ojos. En cambio, las condiciones sociales han empeorado. He recibido la negativa definitiva del librero para mi Economía; mi manuscrito contra Proudhon, que desde hace un año anda vagando por Alemania, tampoco ha entrado en puerto; por último, la crisis financiera ha alcanzado una altura sólo comparable a la crisis comercial que ahora se hace sentir en Nueva York y Londres. Desgraciadamente no tengo siquiera, como los señores comerciantes, el recurso de la bancarrota. El señor Bonaparte se hallaba en una situación semejante cuando arriesgó su golpe de Estado.

En lo que concierne a este señor Bonaparte, creo que no puedo hacer nada mejor que comunicarte extractos de una carta que me ha hecho llegar un amigo parisino, un ami qui est très sceptique et qui ne partage pas les opinions les plus favorables sur le peuple. Maintenant, écoutez:

«En conjunto, se ha producido un cambio notable en el estado de ánimo del público de París, y aunque todavía no ha ido más allá de la resignación, esta última es, sin embargo, más verdadera, más sombría y mucho más general. En las clases medias y bajas, la causa principal reside en que el comercio, y por tanto el trabajo, a pesar de la buena apariencia inicial, no quiere en absoluto ponerse en marcha, mientras que ellas habían sacrificado todas las demás consideraciones a la esperanza de su mejoría. Además, la mayoría de los obreros menos desarrollados, tan difícil de convencer, ha empezado a comprender por fin, a consecuencia de los decretos napoleónicos —ellos, que cifran más esperanza en la república que en las monarquías larga y amargamente experimentadas—, que al presidente no le importa en absoluto la conservación de la república; y entre los propietarios se ha perjudicado mucho mediante la confiscación de los bienes de Orleans, la cual, en todo caso, sienta un amenazador ejemplo oficial. Individuos como Fould, De Morny y Dupin, incluso, por interés privado, no han querido adherirse a esta medida, lo cual llamó tanto más la atención cuanto que se conocen de manera más o menos amplia sus nada limpios antecedentes. Por lo que respecta a Dupin, el presidente de la disuelta Asamblea Nacional, se ha sabido entretanto como último rasgo hermoso que, en la mañana del 2 de diciembre, de acuerdo con Bonaparte, había hecho suprimir una carta del arzobispo de París en la que este ofrecía a los representantes reunirse en la iglesia de Notre-Dame, donde él mismo se apostaría en el portal y los protegería, como representantes de la soberanía popular, contra los soldados de la usurpación; lo cual podría haber dado otro giro a todo el asunto, tanto más cuanto que al mismo tiempo estaba reunida también la haute cour de justice y ya había comenzado a elevar protesta contra el golpe de Estado.

En cuanto al ministro De Morny, que dimitió con Dupin, se le conocía como el escroc del marido de su amante, la condesa Lehon, circunstancia que hizo decir a la mujer de Émile de Girardin que ya se habían visto gobiernos en manos de hombres gobernados por sus mujeres, pero nunca antes en manos de hommes entretenus. Ahora, esa misma condesa Lehon es en su salón una de las más furibundas gritonas contra Bonaparte, y de ella procede el conocido chiste que soltó con ocasión de la confiscación de los bienes de Orleans: C’est le premier vol de l’aigle. Émile de Girardin fue expulsado por la observación de su mujer. A un motivo semejante se atribuye la expulsión de Rémusat. Se dice, en efecto, que este último fue una mañana al Ministerio del Interior, donde Morny había nombrado al joven Lehon como jefe de oficina, y cuando este último vio a Rémusat ante sí y le preguntó con insolencia su nombre, R. le respondió: Monsieur, dans ma famille on porte le nom de son père, c’est pourquoi je me nomme de Rémusat. Ese joven Lehon, por la misma época aproximadamente, habría vivido otra escena en Harn. Pues cuando comunicó allí la noticia oficial de su expulsión al general Le Flô, este lo arrojó por la puerta exclamando: Comment, c’est vous, gredin, qui osez venir m’annoncer mon exil?

Es fácil calcular el respeto que en tales circunstancias puede conservar un gobierno joven incluso entre las gentes honradas más obtusas. Una dama a la que conozco personalmente, pupila de Napoleón, que desde la infancia había estado en estrecho contacto con él, le anunció después del 2 de diciembre que rompía todo trato, con la observación de que él y sus compinches eran un gouvernement de voleurs et d’assassins. — Los auténticos aristócratas del dinero, ciertamente, siguen aferrándose a Napoleón como expresión momentáneamente única posible de la autoridad y último baluarte de la sociedad existente; pero sus medidas han disminuido mucho su confianza en la posible duración de su régimen, de modo que al poco tiempo retuvieron su dinero con más fuerza, como lo demuestran el estancamiento de la Bolsa y el impulso paralizado del comercio. Así, pues, al presidente solo se prenden realmente los intereses más crasos que a él los ligan, junto al clero favorecido y el ejército; pero en este último, las muchas destituciones de oficiales orleanistas han infiltrado también no poca insatisfacción y un sentimiento de inconsistencia y vacilación, que perjudica extraordinariamente su poder. Se dice también que el presidente está personalmente y en secreto muy inquieto y atribulado. En realidad, en las actuales circunstancias descompuestas, bastaría con la eliminación de su mísera persona para arrojar de nuevo todo al caos, sin esfuerzo. Apenas se intentaría resistencia. A este respecto es notable la palabra del experimentado Guizot, quien, apenas recibida la noticia del exitoso golpe de Estado, se expresó en estos términos: C’est le triomphe complet et définitif du socialisme!

Después de haberse malquistado antes y después con todos los partidos sin excepción, Bonaparte busca un contrapeso en estas o aquellas medidas populares: gran ampliación de las obras públicas, promesa de una amnistía general para los implicados en el 2 de diciembre, etc., como pronto intentará de nuevo algo semejante mediante esta o aquella medida a favor de esta o aquella clase, todo ello sin consistencia ni objetivo. Y lo que sobre todo importa: no vuelve a ganarse a las masas, pues no es capaz de darles pan, es decir, una fuente viva de trabajo, y les ha quitado además su juguete favorito, el inocente consuelo de los árboles de la libertad y de las inscripciones republicanas públicas, así como tampoco tienen ya una hora libre en los cafés y tabernas, pues toda conversación política está allí rigurosamente prohibida. Los pacíficos burgueses se irritan por la pérdida de su caballito de batalla, la Guardia Nacional…

Tampoco las fiestas aristocráticas, los bailes de Estado, parecen agradar a estos, que no acuden a ellos, de modo que el último espléndido baile de las Tullerías, aparte de los extranjeros y dos o tres excepciones parisinas, solo fue visitado por damas equívocas. El gran gasto por todas partes inquieta a los ciudadanos previsores también para más adelante, una vez agotada la cobertura de los bienes de Orleans. — Lo que hiere particularmente a todos los que razonan un poco es la aniquilación de la prensa. — Luego, también la organización del resucitado Ministerio de Policía y el sistema de espionaje que lleva aparejado por todos los departamentos levanta ampollas. Los salones de París se han llenado de nuevo de distinguidos e inesperados mouchards, exactamente como en la época del Imperio. — Y, entre tanto, grandes tripotages en la Bolsa por parte de quienes disponían arbitrariamente en uno u otro sentido sobre concesiones o retiradas de ferrocarriles, etc., siendo los únicos que sabían lo que se ordenaba y especulando con ello la víspera. Se creía que un colegio secreto de jesuitas ejercía una influencia directa sobre el presidente, que era el que dirigía directamente, con Montalembert a la cabeza, quien siempre fue muy íntimo del presidente; pero en lo que respecta a M. enseguida salió a relucir que B., después de haberse servido de su consejo, lo apartó de sí de repente y no lo recibió más, de modo que desde entonces son los más acérrimos enemigos, y el personalmente igual de miserable M. solo utilizó el pretexto del decreto de Orleans para desligarse oficialmente con honor.

Ahora ya solo se habla de los afanes de conquista de B. Acabarán por romperle el cuello del todo.»

Hasta aquí mi amigo.

De aquí, lo importante: que en lugar de los whigs, los tories han entrado en el ministerio, a la cabeza el conde Derby (Lord Stanley). Este événement es famoso. En Inglaterra, el movimiento solo avanza con los tories. Los whigs median en todas direcciones y adormecen todo a su alrededor. A ello se añade la crisis comercial que se nos echa cada vez más encima, cuyos primeros síntomas estallan ya por todas partes. Les choses marchent. Con tal de poder atravesar a trancas y barrancas la época intermedia.

La hora del correo se acerca. Termino.

Salut
K Marx I