Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 

Londres, 4 de febrero de 1852 

14 febrero. 1852. 
28, Deanstreet, Soho. 
¡Querido Engels! 

Weerth ha partido esta mañana hacia Holanda. ¿Adónde se dirigirá desde allí? No lo sé, y quizá ni el propio Weerth lo sepa. Estaba, como siempre, sumamente descontento con su suerte, y en lo que respecta a la nuestra, sólo una cosa le parecía incómoda en ella: que tuviéramos que estar sentados en Londres, en lugar de Cádiz, Zaragoza o cualquier otro maldito lugar español. Pues desde que Weerth ha vuelto a vivir en Yorkshire, declara que en España vivió la mejor época de su vida. Sostiene que no puede soportar el clima inglés, y por eso encontrará el holandés sumamente confortable. Deseémosle *le bon voyage* y esperemos a ver si cumple su palabra y se acuerda de Weydemeyer. 

El jueves pasado envié al *Times*, hace ya casi una semana, la *letter to the Editor*. Parece que este periódico, ahora que hace de la polémica contra Bonaparte un oficio, considera necesario tratar con miramientos a Prusia. Tienes que dirigirte, pues, al *Daily News*. Si esto también fracasa, cosa que no creo, queda el *Spectator*. Es casi seguro. 

Ayer me envió G. J. Harney el primer número de su resucitado y algo agrandado *Friend of the People*. Si para esto se ha retirado del mundo durante ocho meses y se ha sepultado en la profunda Escocia… sin embargo, un solo pasaje bastará para hacerte saborear este fruto delicioso: 

«La Justicia — Inmutable, Universal — Eterna proclama el sublime principio que será, a un tiempo, nuestra estrella guía, la regla de nuestra conducta y el criterio, etc.». ¡He aquí bastante! Pero a Bonaparte lo ha castigado sobradamente llamándolo «Louis the Base» [Luis el Infame]. 

No sé si el exquerido me ha enviado el periodicucho para inspirarnos compasión, o si, por malicia contra nosotros, se ha vuelto todavía más chato democrático de lo que hubiéramos creído posible. Por lo demás, junto a la chatura y la justicia inmutable, aparecen los desvergonzados trucos del demagogo traficante. Contra Jones — mediante el espíritu de la libertad, el declamador Massey, secretario de la asociación de sastres de Castlestreet, adulador de los curas que sostienen ese taller, heraldo a diestro y siniestro de los pequeños grandes hombres que el continente ha vomitado, calumniador de Jones, marido de una saltimbanqui que le ha hecho creer que es clarividente —, a través de este Massey, publica una apología de las asociaciones en general y de la Amalgamated Society en particular, que amenaza con extenderse a lo largo de muchos números. Y el Radamanto Harney le había dicho al propio Jones que, en el fondo, compartía su opinión sobre las asociaciones. Al mismo tiempo anuncia: «Recepción y progresos de Kossuth en América», pese a que en una carta a Jones tachó a Kossuth de farsante. Así son los señores del «sublime principio». *Je ne sais que c’est que des principes, sinon des règles qu’on prescrit aux autres pour soi.* Harney se ha retirado durante un tiempo, ha dejado que Jones, con su temperamento fogoso, escupa en la sopa de la popularidad, para comérsela él mismo. Pero, aunque quizá perjudique a Jones, él mismo no llegará a nada. El tipo está completamente acabado como escritor y, según me dice Lupus, que lo oyó perorar en Jones Street, también como orador, pero sobre todo como *homme*. ¡Llévese el diablo estos movimientos populares, y más aún cuando son pacíficos! En esta agitación cartista, O’Connor se ha vuelto loco (¿has leído su última escena ante el tribunal?), Harney se ha vuelto insulso y Jones está en bancarrota. *Voilà le dernier but de la vie dans tous les mouvements populaires.* 

Ayer estuvo en casa el «coronel Bangya». Contó, entre otras cosas: «Kossuth dirigió la siguiente alocución a los refugiados húngaros reunidos con él en Londres: Yo cuidaré de todos vosotros, pero exijo que todos me seáis fieles, devotos y adictos. No soy tan necio como para alimentar a gentes que intrigan con mis adversarios. Exijo que cada cual se declare incondicionalmente.» Así habló este humilde Kossuth detrás de las cortinas. Por lo demás, supe por B. que Szemere, Casimir Batthyány y Perczel (el general) vienen a Londres y formarán un anticomité contra Kossuth. Y por último: el director de toda la farsa es *signore* Mazzini. Éste se sirve de Kossuth como altavoz y, en su gabinete, se cree un pedazo de Maquiavelo. Tiene todos los hilos en la mano. Sólo que el señor no sabe que los títeres que hace saltar sólo representan héroes en su propia imaginación, y en la de nadie más. Así, ha escrito a Kossuth para que entable relaciones íntimas con Kinkel. Él personalmente no ha podido hacerlo, porque tiene la otra porción de alemanes importantes sobre los brazos, y Kossuth estaría ahora realmente en trato amistoso con Kinkel, y Kinkel en cada una de sus cartas habla de su digno, su eminente, su «parigual» amigo Kossuth. Kossuth, por su parte, se imagina que se apoya, por un lado, en el dictador de Alemania, Kinkel, y por otro, en el dictador de Italia, Mazzini, y que tiene asegurado a su espalda al dictador aliado de Francia, Ledru. El pobre diablo ha caído muy bajo. 

Me ha visitado un francés de nombre Massol. Durante poco tiempo colaborador de la *Réforme* con Lamennais. Antiguamente entre los civilizadores que Mehmet Alí se había hecho traer de la Galia. Es uno de los pocos *hommes d’esprit* que aún se encuentran entre los franceses. Según él, la estancia de Sazonoff en París (que por lo demás éste tiene que abandonar ahora) se explica enteramente por un pasaporte falso muy sólido y por las relaciones con algunas *femmes galantes* que tienen influencia en los círculos más elevados. Massol te gustará. 

Por lo demás, he visto a los *citoyens* Valliére (viejo barbesista y oficial de barricadas), Bianchi y Sabatier. Este último, muy fino, pero en general no por encima del nivel medio. 

Dronke, según oigo, está en Saboya. 

Bangya me ha ofrecido colaboraciones de Szemere y Perczel para Weydemeyer. ¿Sobre qué puntos de la historia húngara (de guerra o de otro tipo) debe pedirse principalmente información a estos señores? Se sobreentiende que no pueden escribir con su nombre, pues no queremos identificarnos con ninguna camarilla. Pero Perczel es, por lo menos, un buen republicano y sabe de todo un poco. 

Ten la bondad —pero no lo olvides— de enviarme las *Tribunes*. Johnson, el amigo de Freiligrath, desea leer los artículos sobre Alemania. Lupus quiere escribir contra Kossuth para Weydemeyer. 

En lo que respecta a la historia comercial, ya no sé a qué atenerme. Tan pronto parece que la crisis está a las puertas, la City abatida, como todo vuelve a estar arriba. Sé que todo esto no obsta para la catástrofe. Pero para seguir el movimiento actual, Londres no es el lugar en este momento. 

Salut. 

Tuyo, 
K. M. 

/Lo del sello, eso es muy sospechoso. Devuélveme el actual, que he examinado con exactitud./