Karl y Jenny Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 

Londres, 7 de enero de 1852 

I Querido señor Engels:

¿Cómo puede usted creer que yo me haya enfadado con usted por la pequeña borrachera? Lo he sentido mucho no haberle visto más antes de su partida, donde usted mismo se habría convencido de que yo solo estaba un poco enfurruñada con mi alto señor. Por lo demás, tales escenas extraordinarias suelen tener consecuencias muy saludables; esta vez, sin embargo, el padre Marx, en su nocturna excursión filosófica con el sobrino del arzobispo, ha debido tomar un resfriado muy fuerte, pues ha caído seriamente enfermo y yace, hasta ahora, postrado tranquilamente. Quizás hoy le sea posible levantarse un poco y ponerse con los artículos para América. Pero yo creo que aún no está tan repuesto como él se figura. Deliró durante tres noches y estuvo muy mal.

Le ruega que salude a Weerth y le diga que está muy enfadado con él; que, al enviarle la carta de Reinhardt desde París, solo había puesto dos palabras, y que, ante todo, debe cumplir sus deberes como antiguo rédacteur de la N[eue] Rh[einische] y despachar a América alguna mercancía de almacén. En cuanto a Hahnebuch, dice ahora el padre Marx, literalmente, lo siguiente:

«Siempre borracho como una cuba; fanfarroneando con sus modos insinuantes ante las damas, creyendo haber recibido así las patadas de los bárbaros; desde el principio, provocando con el mayor ruido en calles y callejuelas, salones, ómnibus, vapores de medio penique, al público inglés a participar en los grandes debates entre Kinkel y Ruge; arrastrando por las orejas a cada alemán al Cranbourn Hotel; uno de los voceadores más pomposos del club de la emigración, que descarga también su baba de oso contra la pequeña iglesia de rincón de la N. Rh. Z.; Weerth debe contestarle, cuando pida su protección, que procure encontrar un puesto en uno de los siete ministerios que Kinkel ha de erigir, lo que no debería serle difícil, dados sus grandes méritos por el gran y unido partido de la revolución y su influencia sobre los dos plumíferos cortesanos de Kinkel, Meyen y Oppenheim. En general, cuando ahora se dirija a él uno de esos canallas, Weerth debe hacerles notar que también él pertenece a la “pequeña iglesia particular incorregible” de la N. Rh. Z., como Meyen ha escrito a América.»