Friedrich Engels a Karl Marx
en Londres
Manchester, 10 de diciembre de 1851

 Querido Marx,

¿Qué hacen los grandes hombres en esta crisis llena de acontecimientos? Se dice que L. Blanc ha sido arrestado en Francia, pero por desgracia no será cierto, nous connaissons notre petit bonhomme. Por lo demás, ya que de la insurrección de París no ha salido nada, me alegro de que haya pasado la primera tempestad. Tout blasé qu’on est, en tales ocasiones lo vuelve a agarrar a uno siempre, en cierta medida, la vieja fiebre política, y siempre se siente uno, también en cierta medida, interesado por el desenlace de una historia así. Ahora, por lo menos, puedo volver a estudiar razas humanas, con cuyo examen estaba ocupado al estallar este gran golpe.

A pesar de todo, la confiance no quiere volver ni aquí ni en Liverpool, y tan sólo P. Ermen está tan exaltado y creyente en Napoleón como abatido y cabizbajo estaba hace 4 días. Los burgueses de aquí, en conjunto, son demasiado astutos para creer en una existencia más que efímera de esta farsa napoleónica. Pero ¿qué va a salir de toda esta porquería? Napoleón será elegido, eso no admite duda, la burguesía no tiene elección, y ¿quién va a verificar las papeletas de voto? Los errores de suma en favor del aventurero son demasiado tentadores, y toda la vileza de la clase poseedora francesa, la servil sumisión al menor éxito, el arrastrarse ante un pouvoir quelconque han salido esta vez a la luz de modo más esplendoroso que nunca. Pero ¿cómo va a gobernar el asno? Obtiene menos votos que en el 48, c’est clair, tal vez de 3 a 3½ millones en total; esto ya es una || derrota peligrosa para el crédito. Toda reforma financiera y fiscal es imposible 1) por falta de dinero, 2) porque un dictador militar sólo puede llevarlas a cabo mediante guerras exteriores exitosas, où la guerre paie la guerre, mientras que en la paz no sólo todo excedente, sino mucho más aún, tiene que emigrar a los bolsillos del ejército, 3) porque Napoleón es demasiado estúpido. ¿Qué le queda entonces? ¿La guerre? ¿Contra quién, contra Inglaterra acaso? ¿O el simple despotismo militar, que en la paz conduce necesariamente a una nueva revolución militar, que tiene que provocar en el propio ejército los partidos de la Asamblea Nacional?

 No hay salida alguna, la farsa tiene que derrumbarse en sí misma. ¡Y más aún cuando venga una crisis comercial!

No dudo ni un instante de que L. N. está preñado de algo “grande”. Pero estoy ansioso por ver qué insensatez será. El déploiement de las ideas napoleónicas emprenderá un altísimo vuelo y, al fracasar en los obstáculos más ordinarios, caerá de bruces al suelo.

Lo que resulta bastante claro en toda esta transacción es que los rojos han abdicado, han abdicado por completo. Querer ahora hablar de disculpas por las que no se defendieron en masa sería un desatino. Los próximos meses enseñarán si el agotamiento en Francia es de tal índole que harían falta varios años de calma para hacer posible a los rojos un nuevo 48. Pero, por otro lado, ¿de dónde va a venir esa calma?

Sólo veo dos salidas de esta marranada:

O bien ahora las fracciones del partido del orden, reflejadas en el ejército, ocupan el lugar de los “anarquistas”, id est || producen una anarquía tal que finalmente los rojos y Ledru R[ollin] aparecen como redentores, tal como ahora lo hace L. Napoleón. O bien L. N. suprime el impuesto sobre las bebidas y se deja inducir a hacer algunas reformas burguesas – pero de dónde sacar el dinero y el poder para ello es difícil de decir. En este caso muy improbable podría mantenerse.

Qu’en penses-tu?

Tuyo,
F. E.
Manch[ester], 10 de dic. de 51.