Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  
Manchester, 27 de noviembre de 1851  

I Querido Marx  

Mis pocas líneas de anteayer las habrás recibido. Si Weerth no puede conseguir de inmediato lo necesario, yo procuraré poner la cosa en claro pasado mañana o, a más tardar, el lunes. En caso de apuro, podrás en todo caso ir aplazando la historia hasta el martes.  

Adjunto devuelvo la carta del maestro Pieper. El Heine parece venirle muy a propósito para llenar las 4 páginas reglamentarias. Espero que le hayas escrito una carta a propósito del Proudhon que lo espolee a la energía, pues en cuanto esté otra vez aquí, del manuscrito no verás ni oirás palabra en una temporada. En cuanto a Löwenthal, P. y Ebner se contradicen por completo, pero en todo caso es a este último a quien hay que dar más crédito. Creo que, por lo que respecta a comenzar con la historia de la economía de la que habla P., si L. se lo propone realmente, lo mejor es que Ebner le ponga dificultades: que no se puede echar por tierra todo tu plan, que tú ya has empezado a elaborar la crítica, etc. Pero si no hubiese otro remedio, entonces L. tendría que comprometerse a 2 volúmenes, y tú ese espacio también lo necesitarías, en parte por lo crítico que hay que anticipar, en parte para que, al fin y al cabo, la historia con unos honorarios que en ningún caso están calculados según los precios de coste de Londres, te resulte de algún modo rentable. Luego vendrían, como 3[er] volumen, los socialistas y, como 4º, la crítica —ce qu’il en resterait— y el tan afamado «positivo», eso que tú «propiamente» quieres. La cosa tiene en esta forma sus dificultades, pero || tiene la ventaja de que el tan reclamado secreto no se revela sino hasta el final mismo, y sólo después de haberse tenido en vilo la curiosidad del burgués a lo largo de 3 volúmenes se le desvela que no se fabrican píldoras Morrison. Para las gentes de algún entendimiento bastarán las indicaciones de los primeros volúmenes, el Anti-Proudhon, el Manifiesto, para encaminarlas sobre la pista correcta; la chusma compradora y lectora ya no se interesará más por la historia, etc., si desde el primer volumen se le ha desvelado el gran misterio; habrá leído, como dice Hegel en la Fenomenología, «el prólogo», y en él está, en efecto, lo general.  

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Engels a Marx — 27 de noviembre de 1851  

Harás sin duda lo mejor en cerrar trato con L. con decoro, pero en condiciones en todo caso aceptables, y en batir el hierro mientras está caliente. Para ello procedes tú al revés que la Sibila. Por cada luis de oro que te descuente por pliego, le impones otros tantos pliegos de más, de modo que vuelva a salir lo mismo, y llenas esos pliegos extra con citas, etc., que a ti no te cuestan nada. 20 pliegos a 3 £ o 30 pliegos a 2 £ hacen siempre 60 £, y juntar 10 pliegos sin coste y sin pérdida de tiempo, de Petty, Steuart, Culpeper y otros tipos, es verdaderamente fácil, y tu libro será tanto más «instructivo».  

Lo principal es que vuelvas a debutar ante el público con un libro grueso, y a ser posible con lo menos comprometedor, con la Historia. Los literatos mediocres y sarnosos de Alemania saben muy bien que estarían arruinados si no apareciesen ante el público 2 o 3 veces al año con algún || bodrio. Su tenacidad los saca adelante; aunque sus libros tiren poco o sólo de un modo mediocre, los libreros acaban por creer que han de ser grandes hombres, porque figuran un par de veces en cada catálogo de feria. Además, es también absolutamente necesario que se rompa el entredicho producido por tu larga ausencia del mercado librero alemán y por la mierda posterior de los libreros. Una vez que hayan aparecido uno o dos volúmenes tuyos de cosas instructivas, eruditas, fundamentales y al mismo tiempo interesantes, alors c’est tout autre chose, y tú les mandas a paseo a los libreros si te ofrecen poco.  

A ello se añade que esta historia sólo puedes hacerla en Londres, mientras que los Socialistas y la Crítica puedes hacerlos en cualquier parte. Así que sería bueno que aprovecharas la ocasión ahora, antes de que los crapauds hagan alguna estupidez y nos trasladen de nuevo al theatrum mundi.  

El vapor-correo de Nueva York llega mañana.  

A Löwenthal, como queda dicho, aférrate en todas las circunstancias medianamente factibles. Si con él no hay nada, entonces, como escribe P., los recursos de Ebner están agotados. Con Löwenthal se logrará de todos modos más tarde siempre más que con otros, porque se tiene a Ebner, que le pisa los talones en Frankfurt. Si con L., a quien puede tratar personalmente a diario, no acaba nada, la cosa con otros individuos que no se encuentran en Frankfurt es aún mucho más problemática. Deberías escribir a Ebner de modo que tenga amplios poderes tuyos || y pueda cerrar el trato de inmediato; cuanto más se demore la cosa, antes se cansará L. de ella, y se interpondrán temores políticos por motivo del 52. Si en París estalla el menor preludio, se acabó toda perspectiva de libreros, y si la Dieta federal hace leyes de prensa antes de que haya contrato negro sobre blanco, también tú estás al cabo. Tienes que arrojar la salchicha tras el jamón, o —te résigner, ce qui n’est pas trop agréable.  

Cuanto más medito el asunto, tanto más práctico me parece el comenzar por lo histórico. ¡Sois donc un peu commerçant, cette fois!  

En cuanto a mis glosas sobre Proudhon, son demasiado insignificantes como para que pudiera hacerse gran cosa con ellas. Volvería a ocurrir como con la Crítica crítica, en la que yo también escribí un par de pliegos porque se contaba con un folleto y tú hiciste de ello un libro a fondo de 20 pliegos, en el que mi modestia hacía un papel muy cómico. De nuevo añadirías tú tanto, que mi parte, de todos modos no digna de mención, desaparecería por completo ante tu artillería pesada. Por lo demás, nada tendría que objetar, salvo que tu Historia con Löwenthal es mucho más importante y urgente.  

Tuyo  
F. E.  

27 Nov. 51.