Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  
Manchester, hacia el 27 de octubre de 1851  

Querido Marx:  

Cuando no te contesté inmediatamente a tu carta del 19, fue porque esperaba a Weerth aquí en unos días para resolver los asuntos concernientes a Haupt, y porque quería terminar también el bodrio de Proudhon. Esto último se hará esta noche y mañana por la noche, y Weerth estuvo aquí el sábado y el domingo; se quedará aún algún tiempo en Bradford, de modo que no puede llevarse consigo carta alguna y se negó también a hacerlo eventualmente, pues la situación en Alemania es ahora tan brillante que a la menor ocasión lo pescan a uno sin más, y él no tiene ganas de verse envuelto de algún modo en este asunto de la Liga. En el fondo, no se le puede tomar a mal. Sin embargo, se encargará de hacer llegar con seguridad una carta a H., y sólo exige que se le deje completamente al margen del asunto. Además me ha contado que en los últimos tiempos se ha encontrado varias veces con H., que se ha dirigido hacia él, pero que éste, con gran turbación, lo ha esquivado de repente y se ha dado a la fuga cada vez. Cabe la posibilidad de que la familia de H., etc., lo haya ablandado un poco en la cárcel y haya hecho algunas confesiones que ahora le pesan en el corazón. Por lo demás, W. opina también que esas otras historias de Willich-Stechanschen son puras calumnias, pues H. no podría tener motivo alguno para venderse.  

Ahora le escribiré a H., anónimamente, pues conoce mi letra, y dejaré que Weerth se encargue de hacerle llegar la carta. Lo conminaré a declararse públicamente y le pondré el asunto con Berthold como motivo probable de toda la habladuría. Sin embargo, omitiré el añadido de que Willich posiblemente haya compartido con B., pues 1) Haupt se guardará de firmar con su nombre semejantes insinuaciones; 2) la historia es demasiado inverosímil, ya que el señor B. no es hombre de compartir con amigos lejanos, y en especial con W., a quien en el fondo odiaba; y 3) ocho días después esto sería presentado por los otros en todos los periódicos como una nueva calumnia lanzada al mundo por el señor Marx, apelando al sentimiento de los filisteos hacia el honesto Willich calumniado. El tipo es bastante canalla sin que se le haga más grande o se le atribuyan mentiras de las que puede lavarse las manos.  

La carta de Fischer es ciertamente la mayor estupidez que me ha llegado en mucho tiempo. Pero ya me esperaba algo así, y también creo que no pasará de sus promesas de dinero. No se puede pedir a los asnos democráticos que nos envíen dinero cuando sus propios hombres les mendigan personalmente, y a lo sumo a lo que se les puede llevar es, como dice el propio F., a que quieran darnos voz en el uso de los fondos si nosotros accediéramos a sentarnos con semejante gentuza en un cónclave, y además en minoría. El plan de empréstito a la Mazzini con garantía imperial (¡el Reich alemán garantiza la república!) no está del todo mal, y en todo caso ha precisado para su engendramiento la actividad conjunta de todos los mendigos modelo. Desde que se ha llevado a cabo este invento, a nuestro partido no le quedaría otra cosa que retirarse por completo del mercado monetario democrático. This impudence beats us hollow. Los dineros que hemos recibido de los demócratas para fines políticos nos han llegado, de todos modos, únicamente por abuso, y desde que los grandes hombres mismos han aparecido en el mercado como sociedad por acciones, esta ilusión cesa por completo. Todas nuestras peticiones no nos acarrearían más que rechazos y bochornos, a no ser que Weydemeyer logre organizar algo en Nueva York, y aun eso sería únicamente entre los obreros.  

Weerth te escribirá uno de estos días. Está muy indeciso sobre qué emprender. Tiene ofertas magníficas, pero ninguna le conviene realmente.  

El señor Kossuth es como el apóstol Pablo, todo para todos. En Marsella grita Vive la République, en Southampton God save the Queen. ¡Qué extraña y hiperconstitucional moderación está desfilando ahora el tipo! Pero a los señores Pettie y a la camarilla de Harney les está bien que no quiera asistir a su banquete. Incluso el señor Mazzini sería recibido muy fríamente — al menos ante el público. Otro en quien uno no se ha equivocado. Por lo demás, ¿cuánto durará esto? Si el año que viene no hay sacudidas, el señor Kossuth también descenderá a la ordinaria demagogia bramadora de Mazzini.  

Mañana o pasado mañana lo de Proudhon. Si es posible, enviaré a Fischer la Revue, pero sólo tengo varios ejemplares del último fascículo. ¿Puedes conseguirme todavía los núms. 1-4?  

Tuyo