Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 
Londres, 31 de agosto de 1851

31 de agosto de 1851. 
28, Deanstreet, Soho. 
¡Querido Engels!

Siempre se equivoca uno mucho al contar con crisis decisivas entre los héroes democráticos. Un escándalo como el de hace 14 días requiere varias semanas de reposo para estos actores. Y así, anteayer, viernes 29, no ocurrió nada digno de mención.

Ante todo. El lunes 25 de agosto, como ya te comuniqué, Willich y Schapper amenazaron con retirarse del comité de refugiados de Great Windmill. El martes siguiente lo hicieron efectivamente en sesión oficial, y el comité en pleno se disolvió en medio de la mayor armonía. Con tal motivo se produjeron palabras amargas. Willich moralizó y predicó costumbres, a lo cual se le echaron en cara sus vicios. Pero el principal punto de acusación contra él fue que esta vez, como ya en una ocasión anterior en que había que rendir cuentas sobre las veinte libras metidas en la fábrica de cepillos, se había procurado que el señor Lüssel, gerente responsable de la misma, se hubiera esfumado.

El viernes, el general Sigl se había presentado en la sesión general de los ávidos de conciliación. Había contado con la comparecencia de la «emigración baja», por la cual rompió algunas lanzas con Willich, que dio rienda suelta a su indignación contra la inmoral canalla, antes apoteosada por él frente a nosotros. Pero quien no compareció fue el lumpenproletariado. Los que se habían presentado ante las puertas del Areópago eran demasiado poco numerosos para poder contar con éxito, y por eso se retiraron. Sabes que son canallas cobardes, y cada uno de esos perros tiene la conciencia demasiado sucia para comparecer aisladamente como acusador público ante una asamblea más numerosa.

En el comité de refugiados de la «democracia integral» habían sido elegidos algunos rugeanos, como Ronge, 4 en total. Estos anunciaron su retirada. Con lo cual el comité quedó disuelto. Se eligió uno nuevo provisional, compuesto por los señores Kinkel, conde Reichenbach, Bucher y el sajón Semper.

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Marx a Engels · 31 de agosto de 1851

Ves por esto que se ha entrado en una nueva fase. Se han echado en brazos de los respetables «hommes d’état», desde el momento en que los «jefes» anteriores están comprometidos como bribones burgueses. Los «hommes d’état» —su núcleo— son los «valerosos hombres del pueblo» Bucher (conciliador berlinés), el conde Reichenbach (caballero del espíritu y diputado del compromiso del Reich de Francfort, no el Barba berlinesa del partido) y el importante tartamudo «Rudolph Schramm» (connu).

Lupus, que por vieja amistad con la condesa Reichenbach y con su hermano, también presente aquí, frecuenta de vez en cuando la casa de los Reichenbach, encontró ayer allí al señor Techow, a quien conoce de Suiza. Poco después apareció Willich en persona y en compañía del profundo Eduard Meyen. Lupus se marchó cuando estas eminencias tomaron posiciones.

He aquí todo lo que tengo que contar por el momento. Con las 160 libras americanas, Kinkel ha sabido, evidentemente en parte directamente, en parte a través de sus partidarios, procurar a los «respetables» y a los «hommes d’état» una poderosa opinión de su poder y de sus conexiones. Pero el noble Willich, al disolver el comité de Windmill, ha rasgado el vínculo más sólido que lo pegoteaba con la «canalla».

Ahora, en lo que a ti respecta, es positivo que Fischer te ha nombrado expresamente entre los padrinos de las 160 libras. El general Sigl y Gögg comunicaron esto supuestamente en secreto a su amigo Schablitz, pero en realidad, según creo, para hacerlo llegar a ti. A mi juicio, no tienes más que hacer sino escribir al señor Kinkel diciéndole que has recibido de New Orleans la noticia del envío de dinero y de que se te ha llamado a participar en su empleo. Pregúntale simplement qué se ha hecho o se pretende hacer con el dinero. La dirección de Kinkel es: «Dr. Phil, (así se escribe en sus tarjetas de visita) Kinkel. 1, Henstridge Villa’s, St. John’s Wood». Para divertirme, te enviaré una vez una de esas tarjetas de visita, que tienen todo el contenido y la forma de un anuncio londinense para la curación de callos y demás.

Para que no olvide el gran acontecimiento. En el número del 13 de agosto, el desdichado Heinzen anuncia que Otto ha retirado sus capitales y que él se queda solo con su capital espiritual. Con lo cual, en la industrial América, un periódico no puede marchar. Escribe, pues, una elegía sobre la caída de Héctor antes de tiempo. Y en el mismo número, Hoff y Kapp exhortan a suscribir acciones para un nuevo periódico que sustituya a la «Schnellpost». Y como el destino tiene caprichos extraños, al mismo tiempo la «Staatszeitung» le entabla al noble Heinzen —desvelando muchas de sus bajezas monetarias— un proceso por difamación que lo llevará, según él prevé, a una «casa de corrección moral». Le pauvre Heinzen! Además, este gran hombre está ahora moralmente indignado contra América y los «yankees de ánimo pobre» y los «alemanoamericanos» que les imitan, en lugar de trabajar en la «humanización de la sociedad» y entusiasmarse por las grandes revelaciones político-sociales de A. Ruge.

Así se dice, por ejemplo, en dicho número:

«Aquel espíritu alemán libre que ha de llenar el mundo… aquel manantial que fluye desde hace casi dos milenios, y cada vez más rico en espíritu, por los continentes.»

«¿Para qué hay, pues, alemanes en el mundo? ¿Para qué un corazón alemán, para qué la lengua alemana? ¿Para qué, por ejemplo, ese medio que el alemán Gutenberg inventó para formar y esclarecer el espíritu? Todo eso existe, y hasta el suelo sobre el que acontece, o debería acontecer, esta América, fue descubierto por un alemán.»

«Las comunidades libres, la sana y vigorosa filosofía alemana, la brillante literatura alemana, trasplantadas aquí y puestas en interacción espiritual con lo que el país y sus habitantes poseen de excelente y sólido —de tales factores ha de surgir una americanidad de significación histórico-universal, una magnitud omnímoda, humana, espiritual y moral, cuyo corazón será la germanidad que influye sin cesar, cuya cabeza la yanquidad ennoblecida, y cuyo brazo moverán ambas en unión.»

«En efecto, yo afirmo que el pueblo teutón está más maduro para una república democrática que el americano… Verdaderamente, si Alemania estuviera libre de sus sanguijuelas y de sus cadenas, tendría madera para “fijar”, como dicen los americanos, y llevar a cabo una república puramente democrática con más éxito que los yankees, pues así como incluso la parte políticamente más cultivada de los americanos está todavía tan presa en la superstición, es tan poco libre en el aspecto espiritual y tan alejada de toda cultura humana, ¿cómo puede realizarse el fin último de la democracia, la verdadera humanidad, la formación armónica de la humanidad en lo político, social y moral o espiritual?»

Esto escribe el gallito teutón, o se hace escribir, justo en el momento en que los americanos han realizado felizmente el camino a través del istmo.

El patán se hace escribir en el mismo número:

«Usted fustiga las condiciones americanas de manera tan acertada, en particular la americanidad alemana, que toda persona con juicio e imparcial ha de darle la razón. Sería realmente una obra loable si usted pudiera ayudar a asegurar, mediante su periódico, el ennoblecimiento y la formación de los alemanes en América, y aun cuando su voz se perdiera para la masa tosca, ya se ha hecho bastante si libera a algunos alemanes de la simiesca y funesta manía de imitar a los americanos.»

Y detrás de eso brama luego el muy palurdo sus sucias y lastimeras jeremiadas de organillo, propias de la miseria del dinero.

Seguramente hace tiempo que has visto en los periódicos que Girardin se ha aliado con Ledru-Rollin. Éste ya creía ser el futuro Gran Mogol francés. Pero ahora se ha formado en París un contracomité Lamenais-Michel (de Bourges)-Schölcher, que quiere llevar a cabo los «Estados Unidos de Europa» mediante los «pueblos románicos —franceses, españoles, italianos—», en torno a los cuales se cristalizarían luego los alemanes, etc. ¡Así que los españoles! ¡han de civilizarnos! ¡Mon dieu!, eso supera todavía a K. Heinzen, que quiere introducir a Feuerbach y A. Ruge entre los yankees para la «humanización». El «Proscrit» de Ledru atacó con amargura a ese comité rival. Le respondieron con la misma moneda. Pero lo aún más amargo para el Gran Mogol in partibus es: En París tuvo lugar un cónclave de toda la prensa. El «Proscrit» estaba también representado por un diputado. Objetivo: unificación sobre un presidente común. El «Proscrit» fracasó con todas sus propuestas y se dijo claramente que los señores de Londres charlaban muy bien; que lo necesario para Francia debía hacerse desde la misma Francia, y que Ledru se equivocaba mucho si se tenía por «la persona importante» por la que lo hace pasar Mazzini.

Por lo demás, el cónclave se disolvió entre escándalos y sin resultado. La democracia ávida de unidad se asemeja en todas partes como un huevo a otro.

Adiós
Tuyo
K.M.