Karl Marx a Friedrich Engels  
en Manchester  
Londres, 25 de agosto de 1851  

125 August, 1851.  
28, Deanstreet, Soho.  
¡Querido Engels!

Ante todo, mis gracias por tu artículo. A pesar de todo el mal que de él dijiste, quedó magnífico y ha zarpado sin cambios rumbo a Nueva York. Has dado por completo con el tono adecuado para la *Tribune*. En cuanto recibamos su primer número, te lo enviaré, y de ahí en adelante con regularidad.

Pasemos ahora al envío de todo un cargamento de basura de la emigración, y si conoces a algún granjero de los alrededores que necesite el guano de estas limpias aves para abono, podrás hacer un negocio.

Es decir, como ya te es sabido, el viernes 8 de agosto tuvo lugar la primera asamblea oficial de la emigración fraternizada, en la que brillaron especialmente: el «Damm», que presidió; Schurz, secretario; Gögg, dos Sigl, Fickler, Tausenau, Frank (el filisteo austríaco), Willich, Borkheim, Schimmelpfennig, Johannes Ronge, Meyen, conde Reichenbach, Oppenheim, Bauer-Stolp, el Hahnebug Lüders, Haugh, A. Ruge, Techow, Schmölze (teniente bávaro), Petzler, Böhler, Gerke, Schärtner, Gôühringer, etc., sin olvidar, naturalmente, a Kinkel y Strodtmann. Así, pues, las principales cliques: 1) Ruge-Fickler, 2) Kinkel, 3) Tausenau. Los demás holgazanes literarios independientes y conciliadores entre medias. El verdadero nudo de esta gran acción de Estado y de aparato era el siguiente: Ruge-Fickler-Tausenau-Gögg-Sigl-Haugh, etc., querían la elección de un comité oficial, en parte para denunciar las fechorías de la reacción, en parte para representar a la emigración, en parte para la «action», agitación frente a Alemania. El idiota Ruge tenía, además, la pega de ser reconocido como apoderado ante Ledru-Mazzini y de poder poner realmente a su disposición, además de su nombre, el corpus de la chusma alemana emigrada como ejército. El señor Kinkel (con él, además de su salvador Schurz y su biógrafo Furz, especialmente Willich, Techow, Schmölze, Schimmelpfennig), por el contrario, no quería semejante institución pública, en parte para no poner en peligro su posición ante la burguesía aquí en Londres —pues los florines son determinantes—, en parte para no tener que reconocer a Ruge, más o menos, frente a Mazzini-Ledru. — Desde el principio, el clique Ruge-Fickler se indignó al ver la sala de la asamblea más que llena de lo debido. Se había acordado en sesión secreta convocar sólo a los notables. Pero el clique Kinkel había traído al *menu peuple* para asegurarse la mayoría de votos. — 

La sesión fue abierta con la lectura del artículo embadurnado de la Lithographischen Correspondenz por el general Haugh, quien al mismo tiempo declaró que debía de haber espías en la reunión, que el documento podía ser objeto de abuso, etc. Willich apoyó esto con un pathos aún intacto en aquel entonces y exigió a los criminales que se nombrasen. A esto se levantó Bauer-Stolp (a quien por lo demás tengo por un espía regular) y declaró que no comprendía el virtuoso horror de Willich, puesto que éste había presentado al señor Schnidler como redactor de la L.C. sin contradicción en la primera sesión preparatoria. — Zanjado este incidente, Tausenau, con muchos suspiros y carraspeos patético-sentimentales, creyéndose ante un público vienés, presentó su propuesta de nombramiento de la comisión. El señor Meyen le respondió que no quería actos, sino conferencias voluntarias. Inmediatamente, y de manera concertada, se ofrecieron Kinkel para América y su porvenir, Oppenheim para Inglaterra, Schurz para Francia, Meyen para Prusia. La propuesta de Tausenau fracasa con esplendor y él declara, conmovido, que, a pesar de su fracaso, sacrificará su justa cólera en el altar de la patria y permanecerá en el seno de los fraternizados. — Pero enseguida el clique Fickler-Ruge adoptó la actitud amenazadora y excitada de almas bellas estafadas.

Al final de la sesión, Kinkel se acerca a Schablitz (quien aquí actuó de principio a fin como agente nuestro, y muy útil, por cierto, ya que poseía la confianza de todos los buenos burgueses), lo declara un buen demócrata, declara el Basler Nationalzeitung un excelente periódico democrático y se informa, entre otras cosas, sobre sus finanzas. Schablitz: Mal. Kinkel: ¿Pero es que los obreros no hacen nada? Schablitz: Todo lo que les pedimos: leen el periódico. Kinkel: Los obreros deberían hacer más. Tampoco a nosotros nos apoyan como debieran. Y usted sabe que nosotros hacemos tanto por los obreros. Hacemos todo para volverlos «respectable», ya me entiende usted, para hacer de ellos «ciudadanos respetables». ¡Vaya una buena!

La sesión de los conciliadores del 15 fue poco concurrida y, como dicen los ingleses, indiferente.

Entre tanto habían ocurrido grandes cosas —el 17— y el verdadero curso de los acontecimientos se desarrolló, como diría nuestro gran A. Ruge, de la siguiente manera:

El señor Kinkel convocó a Willich, Techow, Gögg, Sigl y algunos otros a su casa y les reveló que había recibido 160 libras esterlinas de parte de Fischer, de Nueva Orleans, y que estaba encargado de emplear ese dinero con la participación de los hombres arriba mencionados y del señor «Fr. Engels». En lugar de este último, había invitado a Fickler, quien, sin embargo, declaró que nada quería tener que ver con los «lumpen». El señor Kinkel se vio obligado a mostrar la carta, y entonces resultó que ese dinero se encontraba ya desde hacía 3 semanas, anónimo e incógnito, en su domicilio, sin decidir aún si debían o no abrir su gran corazón al mundo profano. Aunque Kinkel habló con lenguas de ángel, de nada sirvió. El clique Fickler comprendió que el clique Kinkel estaba pescando tranquilamente en alta mar y que no haría sino utilizar la crisis general de chismes de la emigración para cebar a los peces de colores bajo mano. ¡Y así el gran Heinzen había coqueteado en vano, con tanto anhelo amoroso y tanta palabrería honrada, con las libras recolectadas en Nueva Orleans! Gögg y Sigl abandonaron el cónclave. Tuvo lugar una sesión separada del clique Fickler-Ruge-Tausenau. — Los alemanes del sur habían descubierto, en efecto, bajo mano, que A. Ruge es un imbécil. Lo necesitan porque es el canal hacia Ledru-Mazzini, y esta protección es muy importante para los sudalemanes. Al parecer, Tausenau les ha abierto los ojos, y ahora es, junto a Fickler, su verdadero líder. Tausenau es, en general, un intrigante dotado de una mezquina capacidad de cálculo judía, diplomático y muy pagado de su propia listeza, que cree en la inminencia de la revolución. De ahí que ahora esté en esta alianza. — Ruge, profundamente enfurecido por las 160 libras esterlinas perdidas, reveló entonces a sus amigos cómo, hacía más de 12 meses, Willich y Kinkel habían enviado a Schimmelpfennig a Mazzini, lo habían presentado como emisario y le habían pedido dinero para un viaje de agitación por Alemania. Mazzini le dio 1.000 francos en efectivo y 5.000 francos en sus pagarés italianos, con la condición de devolverle al cabo de 12 meses los 1.000 francos y la mitad de los pagarés italianos colocados. Con ello, Schimmelpfennig viajó por Francia y Alemania. Transcurridos los 12 meses, Kinkel-Schimmelpfennig no dieron más señales de vida, ni de los 1.000 francos ni de los pagarés italianos. Ahora, tras la llegada del dinero de Nueva Orleans, Kinkel había vuelto a enviar a sus emisarios a Mazzini, no para pagar, sino para darse importancia y entrar en alianza con él. Mazzini era demasiado delicado para recordarles su deuda, pero les explicó que ya tenía sus conexiones en Alemania y que, por tanto, no podía contraer otras nuevas. Los señores, siguió relatando A. Ruge, se habían dirigido también a Ledru-Rollin. Pero aquí Ruge se les había adelantado, y, como L. Rollin ya se considera presidente de la república francesa y está decidido a llevar inmediatamente la guerra al exterior, le presentó a Sigl como general en jefe del ejército revolucionario alemán, con quien L. Rollin entabló luego conversaciones estratégicas. Así que Kinkel-Willich salieron una vez más con las manos vacías. — Después de estas revelaciones de Ruge, la abyección del clique K.W. quedaba, pues, claramente expuesta ante los ojos de las hermosas almas seducidas. Ahora era preciso realizar un acto, y ¿qué otros actos conoce Ruge sino nuevas combinaciones y permutaciones de su enmohecido viejo comité central? Se acordó, pues, la formación de un club de agitación que no fuera de discusión, sino «esencialmente activo», que no suministrase palabras, sino obras, y que, sobre todo, exhortase a los correligionarios a entregar contribuciones en dinero. Composición: Fickler, Tausenau, Frank, Gögg, Sigl, Herdle, J. Ronge, Haugh, Ruge. Reconoces de inmediato la formación primitiva Ruge-Ronge-Haugh. Pero a una mirada más atenta se ve que el componente esencial del club son 1) los filisteos del sudoeste de Alemania: Fickler, Gögg, Sigl, Herdle, y 2) los del sudeste: Tausenau, Haugh y Frank; que el club, por tanto, se ha formado esencialmente como sudalemán frente a los «prusianos», y Ruge es sólo el cordón umbilical que mantiene la conexión con el comité central europeo. E incluso llaman ahora a la otra asociación, sin más, «los prusianos». Este club de agitación nombró a Tausenau su poder ejecutivo y, al mismo tiempo, su ministro de asuntos exteriores. Era, pues, una deposición completa del Ruge central. Pero para endulzarle la píldora, se le otorgó como golosina el reconocimiento de que se reconocía su posición en el comité central, su actividad hasta ahora y su representación del pueblo alemán en el sentido del pueblo alemán. Este *testimonium paupertatis* lo habrás leído impreso en la nota que, aparecida en casi todos los periódicos ingleses, anuncia con la mayor devoción su nacimiento al público europeo por parte de la asociación de agitación y pide buena clientela. Incluso esta golosina le fue amargada al desdichado Ruge, al poner los palurdos de Fickler la insoportable *conditio sine qua non* de que Ruge dejara de «escribir sus sandeces por el mundo».

Antes de proseguir el relato, debo señalar que en la Asociación Democrática General estamos representados, sin que los demás lo sepan, por un obrero huido de Colonia, afiliado a nuestra Liga, de nombre Ulmer; un hombre que entre nosotros es muy tranquilo y silencioso, y de quien nunca hubiéramos creído que mantendría en jaque a la democracia general. Pero *indignatio facit poetam*, y el callado Ulmer tiene, según me dice, la «gracia» de que se enfurece con facilidad, tiembla de pies a cabeza y entonces se desata como un berserker. A pesar de su enclenque figura de sastre, posee además, como el mejor gimnasta de Maguncia, una notable conciencia de fuerza y destreza físicas. A todo ello se suma el orgullo comunista de la infalibilidad.

El 22 de agosto tuvo lugar, pues, la tercera sesión. La asamblea estuvo muy concurrida, a causa del gran escándalo en torno a la asociación de agitación altamente traicionera

era de esperar. Presidente: Meyen. Presentes también R. Schramm y Bucher. La camarilla de Kinkel presentó la moción de formar un comité de refugiados. Resulta que el señor Kinkel no quiere retirarse de la escena como hombre público. Tampoco quiere comprometerse ante los ciudadanos estético-liberales de Inglaterra. Un comité de refugiados es político-filantrópico, dispone además de medios dinerarios, reúne pues todas las condiciones deseables. Contra esto, un tal Hollinger y Ulmer presentaron la moción de que el comité de refugiados fuera elegido en una asamblea general de todos los refugiados, a lo que la camarilla de Kinkel replicó siempre aludiendo al peligro del escándalo que armarían, a espaldas de la asamblea, las gentes (es decir, nosotros, los anónimos). Pero también tenían enemigos al frente. Del club de agitación solo estaban presentes Gögg, Sigl y su hermano. Gögg fue elegido para el comité de refugiados. Esto dio ocasión 1) de declarar la salida de Tausenau, 2) de rechazar la declaración de la asociación de agitación, 3) finalmente, transcurrido el debate, de anunciar su salida en pleno. Gran tormenta. Techow y Schramm abroncaron terriblemente a A. Ruge. En general se insultó a más no poder. Gögg respondió a los otros con superioridad, atacó amargamente al equívoco Kinkel, quien solo dejaba contestar a sus satélites, se acariciaba la barba como Gran Mogol y, mediante Schurz, que lo adulaba sin cesar, escribía papeletas que hacía circular entre sus fieles, como los conciliadores en Berlín, y tras la circulación redactaba su voto final. Solo cuando Gögg dijo que la asociación de agitación publicaría su declaración en los periódicos ingleses, contestó Kinkel con majestuosidad que ya dominaba él toda la prensa americana y que ya se habían tomado las disposiciones para someter bajo su dominio también la prensa francesa en el plazo más breve. —
Aparte de este tema preñado de escándalo, corrieron otros que, en el seno mismo de los demócratas fraternizados, suscitaron la más tremenda tormenta, al punto de llegarse a amenazas a puño, furiosos bramidos y gritos, hasta que a las 2 de la medianoche el anfitrión, apagando las lámparas, sumió en noche impenetrable a los ávidos de conciliación. Los dos pivotes del escándalo: Schramm y Ulmer. Schramm, en efecto, en su diatriba contra Ruge, dio rienda suelta al mismo tiempo a su rabia contra los comunistas, lo que halló mucho eco; atacó a Willich del modo más odioso y declaró que los obreros eran cobardes. Ulmer le respondió; pero exigió por su parte, con Hollinger —amigo de Sigl—, la convocatoria de una asamblea general de refugiados para la elección de un comité de apoyo. Acusó a Willich, etc., directamente de ocultación y malversación de los fondos destinados a los refugiados. Tumulto indecible. El cucaracha Dieze se levanta de un salto, declara que él es cajero del comité de refugiados de Great Windmill Street y exige retractación. Ulmer declara que, si los señores lo exigen, aportará pruebas. No se retracta de nada. Willich, en su conocida manera, intenta apaciguarlo y lo invita a una discusión privada en su cuarto. Pero el Catón Ulmer permanece impertérrito y no habló sin eco. Dicho sea de paso, Schimmelpfennig, sentado detrás de Ulmer, había gruñido y armado ruido sin cesar durante el discurso de Gögg, cuando de pronto Ulmer, poseído por su «genio», se vuelve con el puño extendido y le ruge a Sch.: Si usted, miserable roñoso, no cierra el pico de una vez, lo arrojo por la ventana. Sch. palideció como la tiza, pero, siguiendo el consejo de su coraje de oficial prusiano, se alejó al rincón más extremo.

Willich, en esta memorable sesión, fue agarrado de modo tan rudo en varias ocasiones y por todos los lados, por Gögg, Schramm, Hollinger, Ulmer, etc., que declaró 6 veces que tendría que retirarse si no se dejaba a su digna personalidad fuera de juego.

Pero he aquí ahora un nuevo elemento de escándalo, preparado adrede por nosotros. Resulta que los señores, los «altos refugiados», como se autodenominan, habían dejado completamente a un lado a la «baja emigración». A esta «baja emigración», a la que le va muy mal, hicimos saber, mediante Ulmer, Rumpf, Liebknecht, con excitante preparación, el factum de que el comité de refugiados de Great Windmill Street había recibido 800 florines de Wurtemberg y de que se los estaba estafando de lo lindo. Ayer, pues, en la sesión del comité de Great Windmill Street, praesidio Schapper, escena de escándalo. Los refugiados exigen ver las cartas, las cuentas, etc. Willich, que de nuestra parte había hecho saber a estos asnos sus derechos, les declara con aspereza que él y Cía. solo son responsables ante la sociedad obrera. A un refugiado que se le acerca demasiado le dice que se mantenga alejado, || para que no le contagie los piojos. Este lo llama «cabeza de paja hueca». A Schapper se le pide que justifique su panza de hipopótamo y se le apostrofa llamándolo «Schnapper». Willich llama al anfitrión y quiere hacer echar a uno de los refugiados. Este dice que se irá si se llama a un policeman. Que los señores son todos unos bribones. La cosa queda así. Willich y Schapper declaran que, en estas circunstancias, dimitirán.

A esta «baja emigración» le han explicado ahora Rumpf y Ulmer que el próximo viernes se ventilarán sus intereses en la asociación general de emigrados. Todos ellos se dirigirán allí, armados con garrotes, para hacer valer sus reclamaciones. Yo les he hecho saber ahora, mediante Ulmer, que Kinkel ha recibido 160 libras esterlinas para ellos, que las ha ocultado durante semanas y que ahora planea repartirlas con Willich. En suma, se los utilizaba —et c'est vrai— únicamente como firma, para poner a flote las finanzas de estos estadistas. Ulmer será el orador y, como Schramm, etc., no saben nada de esta ovation-carga, el escándalo resultará edificante por todos los lados.

No debes escribir la carta —luego necesaria— a Kinkel hasta que yo te informe sobre la sesión del viernes. Pero lo que sí has de hacer de inmediato es escribir a Fischer, a Nueva Orleans, aclararle toda la porquería y hacerle saber que solo bajo la firma de «Freiligrath», que goza de total popularidad, seguirá recaudando dinero. Nuestro partido lo necesita con urgencia. Es el único activo, el único que está en lucha directa con la Dieta Federal, con Dios y con el diablo, y nos falta todo dinero para la agitación. Por otra parte, hay que procurar dinero para nuestros encarcelados, que en gran parte están completamente sin medios. Estos dos puntos de vista me parecen fáciles de aclarar al hombre. Si puede, que mantenga secretas, por lo demás, las colectas, ya que nuestra efectividad solo se ve perturbada por todo chismorreo periodístico. Vale faveque.

Tuyo
K. Marx
/25 de agosto.

/Aún he de anotar que el ortodoxo toro de Schapper no se mete con los «infieles»; más bien le ha declarado a Willich que antes podrían arrancarle la cabeza que ir Él a «donde los perros». Si a veces mis cartas tardan ahora un par de días, ocurre para informar de manera más completa. /