Karl Marx a Friedrich Engels  
en Manchester  
Londres, 14 de agosto de 1851  

114 August 1851.  
28, Deanstreet, Soho.  

Querido Engels:  

Te enviaré en uno o dos días el Proudhon mismo, que me devolverás en cuanto lo hayas leído. Pues, por el dinero, quiero hacer imprimir 2-3 pliegos sobre el libro. Por eso, comunícame tus opiniones con más detalle de lo que sueles al escribir de prisa.  

La gracia proudhoniana —y el conjunto es ante todo una polémica contra el comunismo, por mucho que robe de él y por mucho que éste le aparezca en una transfiguración cabet-blancquista— se resume, a mi modo de ver, en el siguiente razonamiento:  

El verdadero enemigo que hay que combatir es el capital. La afirmación económica pura del capital es el interés. El llamado beneficio no es otra cosa que una forma especial del salario. Abolimos el interés convirtiéndolo en una *annuité*, es decir, en un pago anual a cuenta del capital. Así se asegura para siempre a la clase obrera —léase clase industrial— la preeminencia y se condena a la verdadera clase capitalista a una existencia siempre menguante. Las distintas formas del interés son el interés del dinero, la renta de alquiler y la renta de arrendamiento. De este modo se conserva la sociedad burguesa, se la justifica y sólo se la despoja de su *mauvaise tendance*.  

La *liquidation sociale* es únicamente el medio para poder volver a empezar desde el principio la «sana» sociedad burguesa. Rápida o lentamente, *peu nous importe*. Sobre las contradicciones, indecisiones y oscuridades de esta liquidación misma || quiero oír primero tu juicio. Pero el bálsamo verdaderamente curativo de la sociedad empezada de nuevo consiste en la abolición del interés, es decir, en la transformación perpetua del interés en una anualidad. Esto, establecido no como medio, sino como ley económica de la sociedad burguesa reformada, produce, naturalmente, dos cosas:  

1) Transformación de los pequeños capitalistas no industriales en capitalistas industriales.  
2) Perpetuación de la gran clase capitalista, pues *au fond*, si se toma la cosa por término medio, la sociedad en grande y en su conjunto —descontado el beneficio industrial— nunca paga otra cosa que la anualidad. Si fuera cierto lo contrario, el cálculo del interés compuesto del doctor Price sería una realidad y todo el globo no bastaría para pagar los intereses del más pequeño capital procedente de Cristo. Pero, en realidad, puede afirmarse con seguridad que, por ejemplo, en Inglaterra —es decir, en el país más tranquilamente burgués— el capital invertido en tierra o en cualquier otra cosa no ha devengado nunca interés —al menos en lo que al precio se refiere, que es de lo que aquí se trata— desde hace 50 o 100 años. Tómese, por ejemplo, la estimación más alta de la riqueza nacional de Inglaterra: pongamos 5 mil millones. Así, Inglaterra produce anualmente 500 millones. Por tanto, toda la riqueza de Inglaterra no es más que el trabajo anual de Inglaterra multiplicado por 10. De modo que no sólo el capital no devenga interés, sino que ni siquiera se reproduce en cuanto al valor. Y eso por la simple ley. |  

I El valor se determina originariamente por los costes de producción originarios, por el tiempo de trabajo originariamente necesario para producir la cosa. Pero, una vez producida, el precio del producto viene determinado por los costes necesarios para reproducirlo. Y los costes de reproducción disminuyen constantemente, y tanto más rápidamente cuanto más industrial es la época. De modo que es la ley de la desvalorización constante del valor del capital mismo la que frena la ley —que de otro modo llevaría al absurdo— de la renta y del interés. Ésa es también la explicación de la tesis que tú has establecido, de que ninguna fábrica cubre sus costes de producción. Proudhon no puede, pues, rehacer la sociedad mediante la introducción de una ley que, *au fond*, la sociedad sigue ahora sin su consejo.  

El medio con el que Proudhon lo hace todo es el banco. *Il y a ici un qui pro quo*. El negocio bancario se puede descomponer en dos partes: 1) La realización en dinero del capital. Aquí no hago más que dar dinero por capital, y eso puede hacerse, ciertamente, por los meros costes de producción, es decir, al 1 o al ½ %. 2) Adelanto de capital en forma de dinero, y aquí el interés se regirá por la cantidad del capital. Lo único que el crédito puede hacer aquí es transformar la riqueza existente, pero improductiva, mediante concentración, etc., etc., en capital realmente activo. Proudhon considera el n.º 2 tan fácil como el n.º 1, y, *au bout du compte*, descubrirá que, al asignar una masa ilusoria de capital en forma de dinero, en el mejor de los casos no habrá hecho sino reducir el interés del capital para elevar su precio en la misma proporción. Con lo cual no se habrá ganado más que el descrédito de su papel. |  

|Te dejo a ti que saborees en el original la conexión entre la aduana y el interés. La cosa era demasiado deliciosa para estropearla mutilándola. El señor P. no explica con precisión ni cómo se comporta la participación de la comuna en casas y tierra —y precisamente eso tendría que haber hecho frente a los comunistas— ni cómo los obreros llegan a la posesión de las fábricas. En todo caso quiere «poderosas compañías obreras», pero siente tanto miedo ante esos «gremios» industriales que se reserva el derecho —no al Estado, sino a la *société*— de disolverlas. Como buen francés, limita la asociación a la fábrica, porque no conoce ni a un Moses and Son ni a un granjero de Midlothian. El campesino francés, el zapatero, el sastre, el comerciante franceses le parecen *données éternelles et qu’il faut accepter*. Pero cuanto más me ocupo de esta porquería, tanto más me convenzo de que la reforma de la agricultura, y por tanto también de la mierda de propiedad que en ella se basa, es el alfa y omega de la revolución venidera. Sin eso, el padre Malthus tiene razón.  

Frente a Louis Blanc, etc., el escrito es valioso, sobre todo por las desvergonzadas efusiones sobre Rousseau, Robespierre, Dios, la fraternidad y demás palabrería por el estilo.  

En cuanto a la *New-York Tribune*, ahora que tengo las manos llenas con la economía, tienes que ayudarme. Escribe una serie de artículos sobre Alemania, a partir de 1848. Ingeniosos y sin miramientos. Estos señores son muy insolentes en el departamento del extranjero.  

Dentro de un par de días te enviaré dos volúmenes de tema romano. A saber, *Économie politique des Romains. Par Dureau de la Malle*. He hecho traer de París el libro (eruditísimo). Allí se te encenderán luces también sobre la emboscada económica de la dirección de la guerra romana, que no era otra cosa que el — catastro. ¿Cómo te envío esto de la manera más barata? Los dos volúmenes son gruesos. — El artículo de la *Lithographische Correspondenz* tienes que fusilarlo o procurar conseguirlo en copia. En cuanto Weydemeyer esté allí, hay que hacer correr baquetas a esos asnos en Nueva York. Para ello hacen falta todas las actas. Faucher es corresponsal de la *N[eue] Preußische Z[eitung]*. Siegel aún no se ha dejado ver. Willich, naturalmente, es miembro unificador de la Hermandad de la Emigración. || El viernes tuvieron su primera asamblea general. Allí teníamos un espía. Se abrió la sesión con la lectura (a cargo del general Haugh) del artículo contra nosotros en la *Lithographische Correspondenz*. Pues por nosotros viven, tejen y son. Luego se acordaron toda clase de malhadadas conferencias de riñas de gatos. Se anunciaron para Prusia el señor Meyen, para Inglaterra Oppenheim, para Francia Ruge, Kinkel para América — y el Futuro. |  

|Por lo demás, me alegro mucho de escuchar tu juicio sobre el conjunto. |