Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  
Manchester, alrededor del 11 de agosto de 1851  

I Querido Marx  

Ayer fui interrumpido en mis glosas sobre Proudhon; hoy continúo. Hago abstracción, por el momento, de las numerosas lagunas de la receta, por ejemplo, de que no se ve de qué modo las fábricas han de pasar de manos de los fabricantes a las de las compagnies ouvrières, puesto que, ciertamente, se suprimen el interés y la renta de la tierra, pero no el beneficio (la competencia sigue existiendo); de lo que ha de ser de los grandes terratenientes que hacen explotar su tierra mediante jornaleros, y de otras deficiencias semejantes. Para poder juzgar el conjunto como un todo teórico, habría que tener aquí el propio libro. Solo puedo, por tanto, emitir una opinión en la medida en que examino las distintas medidas en su viabilidad práctica, llegado el caso, y al mismo tiempo investigo en qué medida son adecuadas para la centralización del conjunto de las fuerzas productivas. Y también para esto se necesitaría propiamente el libro mismo para ver todos los développements.  

Que el señor Proudhon haya llegado por fin a comprender la necesidad de la confiscación más o menos encubierta es, como ya se ha dicho, un progreso. Solo cabe preguntarse si su pretexto de confiscación es practicable, pues como en todos esos tipos limitados que se mienten a sí mismos pretendiendo que tales medidas violentas no son confiscación, precisamente ese pretexto es el pivote de todo. «El interés se reduce al 7, o 7, %». Cómo, de esto tus extractos solo dicen que el Estado, o el banco que, por debajo de mano y bajo otro nombre, se ha fundido con el Estado, ha de bombear 500 millones de francos al año sobre hipoteca a ese interés. Deduzco además que esa reducción ha de hacerse de forma gradual. Una vez que el interés sea tan bajo, la amortización anual de todas las deudas etc. al 5 ó 10 % anual resultaría naturalmente fácil. Pero el camino para llegar a ello, el señor Pr. no lo indica. A este propósito recuerdo nuestro reciente debate sobre la reducción del tipo de interés mediante tu plan de establecer un banco nacional exclusivamente privilegiado, con monopolio de la moneda de papel y exclusión del oro y de la plata de la circulación. Creo que todo intento de reducir el tipo de interés de forma rápida y continua ha de fracasar debido a la necesidad, que aumenta en toda revolución y paralización de los negocios, de la usura, del otorgamiento de crédito a personas momentáneamente apretadas, que se hallan en apuros, y que por tanto || momentáneamente no son sólidas. Aunque la parte del tipo de interés que vale como remuneración real del préstamo puede ser comprimida por la masa de capital, subsiste la parte que representa el seguro de reembolso y que sube enormemente precisamente en la crisis. En toda revolución, los comerciantes agradecen al gobierno que les bombee no al 7 o 7, %, sino al 5%. Cfr. 1848, cajas de préstamos, etc. Pero el Estado, y todo gran banco estatal centralizado, mientras no haya organizado sus sucursales hasta los más pequeños nidos y no haya dado a sus empleados una larga práctica comercial, solo puede bombear al gran comercio — bombearía de otro modo a ciegas. Y el pequeño comercio no puede pignorar sus mercancías ante él como el grande. Por tanto, el resultado de toda reducción del interés para los anticipos del gobierno = incremento del beneficio de los grandes comerciantes y elevación general de esta clase.  

El pequeño comercio se vería obligado, como antes, a acudir a intermediarios, a quienes el gobierno anticiparía al 1/2 % para que ellos pudieran prestar de nuevo al 5—10 %. Esto es inevitable: el pequeño comercio no ofrece garantía, no puede constituir una prenda. Así pues, también por este lado, elevación de la gran burguesía — instauración indirecta de una gran clase de usureros, banqueros de nivel subordinado.  

Todo el eterno machacar de los socialistas y de los proudhonianos sobre la reducción del interés es, a mi juicio, un deseo piadoso y transfigurado de la burguesía y de la pequeña burguesía. Mientras el interés y el beneficio se hallen en relación inversa, la reducción del interés solo podrá conducir al incremento del beneficio. Y mientras haya personas no sólidas, sin garantía y que, precisamente por eso, necesitan dinero todavía más, mientras tanto el bombeo estatal no puede abolir el bombeo privado, es decir, no puede reducir el tipo de interés para todas las transacciones. El Estado que bombee al 1% se hallaría exactamente ante el usurero al que provee de dinero en la misma situación que el gobierno francés de 1795, que recaudó 500 millones de impuestos en asignados y los volvió a emitir por 3 millones, y, solo para conservar su «crédito», que ya era ruinoso, aceptó los asignados en el pago de impuestos por su valor nominal, por 200 veces su valor real — tal como ese gobierno se hallaba frente a los especuladores de bienes y agiotistas de entonces.  

Proudhon es demasiado ingenuo. El crédit personnel trouve ou doit trouver son exercice dans les compagnies ouvrières. Es decir, el dilema: o la dirección y, finalmente, la administración y reglamentación de estas compañías por el Estado, cosa que Pr. no quiere, o la organización del más bello timo de las asociaciones, del timo del año 1825 y del 45, reproducido en el nivel del proletariado, del lumpenproletariado y de la pequeña burguesía.  

Querer hacer de la reducción gradual del tipo de interés mediante medidas comerciales y coactivas la cuestión principal, de modo que mediante la transformación del pago de intereses en reembolso se liquiden todas las deudas, etc., y toda la propiedad real se centralice en manos del Estado o de las comunas, me parece absolutamente impracticable: 1) por las razones aducidas; 2) porque dura demasiado tiempo; 3) porque el único resultado —supuesto un crédito continuado del papel del Estado— tendría que ser el endeudamiento del país frente a extranjeros, dado que todo el dinero reembolsado emigraría al extranjero; 4) porque, aun concedida en principio la posibilidad de la cosa, sería un desatino creer que Francia, la République, pudiera llevarlo a cabo contra Inglaterra y América; 5) porque la guerra exterior y la pressure of the moment en general hacen de tales medidas sistemáticas, lentas, distribuidas a lo largo de 20 a 30 años, y sobre todo de los pagos en dinero, algo pura y simplemente absurdo.  

Prácticamente, a mí me parece que esta historia solo tiene el significado de que, en un determinado momento del desarrollo revolucionario, con ayuda de un banco estatal monopolista, se puede ciertamente llegar a decretar: Art. 1. El interés queda suprimido o limitado al 1/4 %. Art. 2. Los plazos de interés se seguirán pagando como hasta ahora y se considerarán como reembolso. Art. 3. El Estado tiene el derecho de comprar todos los inmuebles, etc., al valor de tasación corriente y pagarlos al 5 % en 20 años. Algo semejante quizás pueda convertirse alguna vez en un precursor directo, último, de la confiscación abierta; pero eso es mera especulación ponerse a cavilar sobre cuándo, cómo y dónde.  

En todo caso, este libro de Pr., según parece, es mucho más terrenal que los anteriores; también la Constitution de la valeur adopta una figura más carnal: la del juste prix des boutiquiers. ¡Quatre francs, Monsieur, c'est le plus juste prix! No está claro qué tienen que ver la abolición de la aduana y la del interés entre sí. Que Pr. haya realizado desde 1847 tan plenamente el tránsito || de Hegel a Stirner es también un progreso. ¡Dile además que no entiende la filosofía alemana cuando recorre todas las fases de su descomposición hasta la última en su propio cadáver!  

Escríbeme pronto y dime qué opinas de lo anterior.  

Tuyo  
F. E.