Karl Marx a Joseph Weydemeyer  
en Zúrich  
Londres, 2 de agosto de 1851

12 de agosto de 1851.  
28, Deanstreet, Soho.

Querido Weydemeyer:

Acabo de recibir tu carta desde Engels y me apresuro a responderte. Naturalmente, habría deseado mucho —ya que fue imposible retenerte aquí— verte y hablarte al menos antes de tu partida.

Pero si una vez te marchas a América, no puedes hacerlo en un momento más oportuno, tanto para encontrar allí fuentes de subsistencia como para ser útil a nuestro partido.

Es, en efecto, casi seguro que encontrarás un puesto de redactor en la *Newyorker Staatszeitung*. Anteriormente se lo ofrecieron a Lupus. Él te adjunta aquí una carta para Reichhelm, copropietario del periódico. Esto en cuanto a lo industrial. Pero no debes perder tiempo.

Por otra parte: el señor Heinzen, con el digno Rüge, toca semanalmente la trompeta en la *Newyorker Schnellpost* contra los comunistas, especialmente contra mí, Engels, etc. Toda la chusma democrática de aquí tiene allí la fosa donde deposita su guano, que ciertamente no produce semillas ni frutos, pero sí hace florecer la mala hierba con exuberancia. En fin: Heinzen azuza a la *Staatszeitung* y ésta no está a la altura de semejante adversario.

Sea cual fuere la política americana de la *Staatszeitung*, en la europea tendrás *la voix libre*. Heinzen se pavonea allí, por lo demás, como gran escritor. La prensa americana se alegrará de que llegue alguien que le dé un golpe en los dedos a ese fanfarrón bocazas.

Si llegas a ser redactor, te prestaremos todo el apoyo para tu departamento. Por desgracia, el canalla y asno de Seiler es el corresponsal londinense de la *St[aats]ztg*. También al miembro del gobierno europeo, Rüge, hay que taparle la boca con una tabla.

Tu artículo contra Christ es bueno. No le encuentro nada que cambiar; sólo observo de paso que, en efecto, los obreros de los distritos fabriles se casan para sacar dinero de los hijos. El hecho es triste, pero exacto.

Puedes figurarte que mi situación es muy sombría. Mi mujer se hunde si esto dura mucho más. Las preocupaciones constantes, la lucha burguesa más mezquina la consumen. Y a ello se suman las infamias de mis adversarios, que ni siquiera han intentado atacarme objetivamente, y que buscan vengar su impotencia haciéndome sospechoso en el terreno burgués y difundiendo sobre mí las infamias más indecibles. Willich, Schapper, Rüge y una multitud de otra canalla democrática hacen de esto su negocio. Apenas llega alguien del continente, lo agarran y lo trabajan para que a su vez emprenda el mismo oficio.

Hace unos días, el “célebre” referendario Schramm se encuentra con un conocido en la calle y enseguida le susurra: Sea cual fuere el resultado de la revolución, en esto están todos de acuerdo, Marx está perdido. Rodbertus, que tiene las mayores perspectivas, lo hará fusilar de inmediato… y así todos. Naturalmente, yo me río de toda esta porquería; no dejo que me perturbe en mis trabajos ni por un instante, pero comprenderás que mi mujer, que está enferma, metida en el más desagradable apuro burgués de la mañana a la noche y con el sistema nervioso atacado, no se reconforte cuando todos los días estúpidos chismosos le traen las emanaciones de la cloaca pestilente democrática. La falta de tacto de ciertas personas es a menudo colosal en esto.

Por lo demás, aquí no se habla de partidos. Los grandes hombres, a pesar de sus supuestas diferencias de opinión, no hacen aquí sino garantizarse mutuamente su importancia. Jamás una revolución ha arrojado a la superficie gentuza más hueca.

Cuando estés en Nueva York, ve a ver a A. Dana, de la *New York Tribune*, y salúdalo de mi parte y de Freiligrath. Tal vez pueda serte útil. En cuanto llegues, escríbeme enseguida, pero siempre bajo la dirección de Engels, ya que es quien mejor puede sufragar el franqueo de todos nosotros. En todo caso, espero aún unas líneas tuyas antes de que te hagas realmente a la mar. Cuando venga tu mujer, dale muchos saludos de mi parte y de mi mujer.

Si puedes quedarte en Nueva York, no estarás lejos de Europa, y con la total supresión de la prensa en Alemania, sólo allí se puede librar la lucha de prensa.

Tuyo  
K Marx

P. D. Ahora mismo me entero de que los grandes hombres Rüge y Klike, Kinkel y Klike, Schapper, Willich y Klike y los mediadores de estas grandezas, Fickler, Gogg y Klike, se están juntando en un hongo. Conoces la historia del campesino que vendía cada docena de fanegas por debajo del precio de costo. Pero, decía, la masa lo ha de hacer. Y así dicen también estos enclenques: la masa lo hará. Por lo demás, el cemento que amasa este estanque es el odio contra la “camarilla de la *N.Rh.Z.*”, especialmente contra mí. Una docena juntos, son los verdaderos tipos.

Si no llegaras a ser dueño del periódico obrero en Nueva York —lo que sin duda sería lo mejor— y tuvieras, pues, que negociar con la *Staatszeitung*, ten cuidado allí con tu amigo Kapp, que entra y sale. Tenemos pruebas en la mano de que este sujeto —no sé por qué motivo— es uno de los principales intrigantes contra nosotros. *Adieu mon cher*.