Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  
Manchester, 17 de julio de 1851  

Manchester, 17 de julio del 51.  

Querido Marx:  

A Klose se le escribirá hoy mismo — es bueno que adjuntes su dirección, pues yo no la tenía. — Que estás metido en un buen aprieto lo creo de sobra, y tanto más me fastidia no poder disponer de un céntimo hasta principios del mes próximo. Si no puedes esperar hasta entonces, ¿no podría arreglarse que Weerth te prestara entretanto algo? Yo puedo devolver el 1 de agosto £5.— y el 1 de septiembre otras £5.—, y eso es tan seguro como el dinero en efectivo.  

Las suscripciones a los periódicos están aquí por fin otra vez en orden, y así he podido ver por fin nuestro viejo documento en la Gaceta de Colonia. La de Augsburgo cuenta, por lo demás, en un artículo sobre Dresde que en apariencia está bien informado, que al fin han ablandado a Nothjung mediante interrogatorios vejatorios y que éste ha hecho las confesiones más exhaustivas. Yo desde luego considero perfectamente posible que inquisidores hábiles puedan arrinconarlo pronto y enredarlo en las contradicciones más disparatadas. Se dice que ha ido allí un funcionario prusiano para sacarle todavía más. El rey de Hannover al parecer se ha negado a llevar a cabo las persecuciones en sus Estados, al menos de la manera cruda como se hace en Prusia, Hamburgo, etc. La carta de Miquel parece confirmarlo. Que Martens ha sido detenido en Hamburgo ya lo sabes. La estupidez de los prusianos, por lo demás, en nada se pone más de manifiesto que en el registro domiciliario en casa de «Carlos a orillas del Rin», a quien también se sospechaba que pertenecía a la Liga comunista, ¡y en su casa sólo encontraron cartas de Raveaux!  

El viejo documento sólo puede perjudicar a los detenidos por el pasaje sobre los «excesos»; todos los demás pasajes van contra los demócratas y sólo complicarían su posición en el caso de que comparecieran ante un jurado semidemocrático; pero, según parece, se les hará comparecer ante un jurado especial exquisito || o federal, si es que se les lleva a juicio. E incluso esos asuntos ya estaban reelaborados en gran parte en el documento de Bürgers, que se redactó al principio mismo. En cambio, bajo cualquier otro aspecto es de enorme ventaja que la cosa se haya publicado y corrido por todos los periódicos. Las pequeñas y calladas camarillas de comunistas en ciernes, a las que no se conoce y que según la experiencia acumulada han de estar diseminadas por toda Alemania, encontrarán en ello un punto de apoyo fabuloso, e incluso se le nota al artículo de la de Augsburgo que la cosa les ha afectado de un modo muy distinto a como lo hicieron los primeros descubrimientos. Su resumen del contenido muestra que han comprendido la «locura» demasiado bien — en effet il n’y avait pas moyen de s’y méprendre.  

Entretanto, la reacción feudal galopa hacia adelante de modo tan furioso y ciego que el escarmiento general no surte el menor efecto en la burguesía. Es de ver, para partirse de risa, cómo la Gaceta de Colonia predica ahora a diario el il faut passer par la mer rouge, y confiesa todos los errores de los constitucionales del 48. Pero, ¡claro, cuando a uno le ponen a un Kleist-Retzow como alto presidente en Coblenza y cuando la desvergonzada Kreuzzeitung se vuelve cada vez más injuriosa en sus chabacanas farsas y versos ramplones, qué va a hacer una oposición constitucional culta y sensata! Es una lástima que no tengamos aquí la Kreuzzeitung. Veo toda clase de extractos de ella. De esta manera, perra-ordinaria, golfa-callejera, apestosamente-estúpido-prusiana con que el periodicucho se arroja ahora sobre los respetables, acomodados y honorables próceres constitucionales, no se tiene idea. Si se pudiera atribuir un poco de dignidad y capacidad de resistencia a tipos como Beckerath y consortes, tendrían que preferir los maltratos e injurias de un Père Duchesne en estilo jurado-renano y todo el terror rojo a un trato como el que ahora tienen que disfrutar a diario de parte de los junkers y la Kreuzzeitung.  

«Y siguió hablando el asno:  
Ahí está también el concejo municipal de Wesel.  
Si yo no fuera un borriquillo,  
¡bien quisiera ser concejo municipal de Wesel!»  
—con estas agudezas rimadas va orinándose ahora la Kreuzzeitung || una tras otra sobre todas las lumbreras constitucionales, y esos tipos se lo dejan hacer sin rechistar. Pero a los perros, que tildaron de «vulgares insultos» los mejores artículos de la N. Rh. Z., les está bien empleado que ahora se les fustigue en sus propias y cobardes espaldas la diferencia. Añorarán las infinitamente más áticas burlas de la N. Rh. Z., comparadas con esto.  

La historia con Willich es un consuelo en las horas sombrías. El «hombre más popular» ha llegado, pues, también él a la meta de su popularidad, y puede ahora, como salvador de la humanidad incomprendido, consolarse de la ingratitud del mundo con un tarro de cerveza y la amistad de Schapper. Me imagino su aflicción, ahora que el ejército del futuro, el «núcleo» en torno al cual habría de agruparse toda Europa, está aniquilado. ¡Dónde encontrará el noble caballero nuevos «hombres de principios»!  

No acabo de entender el asunto con Fickler. ¿Por qué Lupus se fue corriendo en seguida a ver a Fickler y no dejó que Liebknecht sondeara primero, puisque celui-ci n’aurait compromis que lui-même? Da la impresión de que se quiso reclutar a Fickler. Y luego, después de haber estado allí, la carta de Lupus fue demasiado grosera. O Fickler no merecía en absoluto la pena, o —puesto que en la conversación misma Fickler y Gögg habían presentado a Rüge como una especie de lumbrera— bastaba con romper con él, sin romper directa y groseramente. Fue una mala pasada de Fickler, c’est clair, pero ¿acaso no había que presuponer de antemano algo semejante de los bonachones sudalemanes? Además, él no había hecho ningún secreto de su respeto por Rüge. La impertinencia de Rüge es ciertamente inaudita. Pero justamente estas variaciones siempre nuevas son prueba suficiente de que ninguna prende ni en lo más mínimo, y de que el «comité allemand» al que Mazzini escribe sus cartas romanas sigue existiendo únicamente en la cabeza de Rüge.  

Asegúrate de que Weerth venga para acá, y vuelve a escribir pronto. Tuyo  

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