Karl Marx a Joseph Weydemeyer 
en Fráncfort del Meno 
Londres, 27 de junio de 1851 

27 de junio de 1851. 
¡Querido Hans! 
Ni siquiera sé si hago bien en enviarte una carta por medio de Fabricius. ¿Quién me garantiza que ese hombre no será arrestado en la frontera, ya que se hace cargar aquí con una verdadera petaca de cartas? 

Aunque el plan americano que te traes entre manos —Engels quizás te haya escrito ya al respecto— no es nada, no te quedará otra salida que venir aquí a reforzarnos. Tal vez surja algo que haga posible una actividad conjunta —burguesa, naturalmente, car il faut vivre. 

Ahora sé de fuente segura que la traición y la denuncia han intervenido en las detenciones de nuestros amigos. Estoy moralmente convencido de que los señores Willich y Schapper y su infame banda de canallas de lumpen participan directamente en esta perfidia. Comprendes cuán importante es para estos «grandes hombres» in partibus eliminar en Alemania a las personas que, según creen, se interponen directamente en su subida al trono. Los burros no comprenden que se les tiene por burros y que, a lo sumo, se les honra con el desprecio. 

Willich, pese a su honrada y noble hipocresía de costumbres a lo suboficial espartano, de sopa espartana, es un vulgar, grábatelo bien, un vulgar caballero de industria, parroquiano de taberna y —esto último no lo garantizo, aunque me lo ha comunicado un respetable filisteo— tahúr. El tipo se tumba el día entero en la taberna, por supuesto democrática, donde consume gratis y || en pago efectivo aporta clientes, entreteniéndolos con sus frases estereotipadas, siempre anhelantes de futuro revolucionario, en las que este caballero ya ni él mismo cree, de tanto que las ha repetido, en las circunstancias más contradictorias y siempre con el mismo éxito. El sujeto es un parásito de la más baja estofa —todo ello, naturalmente, bajo pretextos patrióticos. 

Todo el comunismo de este individuo se reduce a que está decidido a llevar una vida libre siempre a costa del público, en comunión con otros caballeros andantes. Toda la actividad de este hombre consiste en chismorrear y mentir sobre nosotros en las tabernas, y en alardear de conexiones en Alemania que no posee, pero en las que creen el payaso central A. Ruge, el farsante de convicción Heinzen y el coqueto y afectado literato teológico —Kinkel—, y con las que también se alardea ante los franceses. 

A propósito. Mientras este último Adonis clerical se desvive por los círculos burgueses, se hace alimentar y mimar por ellos, etc., etc., suele mantener en secreto trato prohibido con Schapper y Willich, para seguir así en contacto también con «el partido obrero». Este tipo quisiera ser todo para todos. Tiene en todos los aspectos el parecido más asombroso con Federico Guillermo IV, quien no es más que un Kinkel en el trono y de la misma elocuencia viscosa. 

Si me preguntas de qué vas a vivir tú aquí, te respondo: Sigue las huellas del bravo Willich. Él no siembra, no cosecha, y sin embargo el Padre celestial lo alimenta. 

Pero ahora au sérieux. Si tu estancia en Alemania corre peligro, es bueno que vengas. Si pudieras quedarte sin ser molestado en Alemania, naturalmente sería mejor, pues allí las fuerzas son más útiles que aquí. 

Tuyo 
K.M. 

A propósito. El comercio exterior de Inglaterra representa por lo menos ⅕ del comercio total, y desde la abolición de los impuestos sobre el grano, más. Por lo demás, todo el argumento del señor Christmann no vale nada. Ya Pinto explicó que, si ⁹⁄₁₀ son necesarios para una cosa, el último décimo es exactamente tan importante como los nueve décimos anteriores. Suponiendo que el comercio exterior de Inglaterra fuese solo ⅒ (lo que es falso), es seguro que sin él los otros ⁹⁄₁₀ no existirían, y menos aún los ⁹⁄₁₀ que son los que dan la cifra 1. 

Los demócratas están acostumbrados desde hace mucho tiempo a no dejar pasar ocasión sin comprometerse, ponerse en ridículo y llevar su pelleja al mercado. Pero nunca la impotencia de estos «infiniment petits» había alcanzado demostración tan contundente como en el periódico que los demócratas centrales de aquí —Ruge, Haug, Ronge, etc.— publican. Bajo el título chillón de «Der Kosmos» (Freiligrath lo llama acertadamente: «Das Kéouoc») aparece un semanario de una trivialidad tan desvergonzadamente vacua como la lengua alemana —y eso es decir mucho— quizá nunca ha producido. Ni el más pequeño papelucho parroquial de la democracia pequeñogermánica ha sacado a la luz vientos tan malolientes. 

Tal vez fuera bueno que aún reinara la calma unos años, para que toda esta democracia de 1848 tuviese tiempo de pudrirse. Por faltos de talento que estén nuestros gobiernos, son verdaderas lumina mundi frente a estos fanfarrones asnos normales. 

¡Adiós! 

Por lo general estoy de 9 de la mañana a 7 de la tarde en el Museo Británico. El material que elaboro es tan condenadamente ramificado que, a pesar de todos los esfuerzos, no lograré terminarlo antes de 6 a 8 semanas. A eso se suman constantes interrupciones prácticas, inevitables en las miserables circunstancias en que aquí se vegeta. A pesar de todo, el asunto se precipita hacia su conclusión. Hay que ponerle fin de una vez por la fuerza. Los democráticos «simplones» a quienes la iluminación les viene «de arriba» no necesitan naturalmente semejantes esfuerzos. ¿Para qué iban a fatigarse con material económico e histórico estos hijos del domingo? Todo es tan sencillo, solía decirme el bravo Willich. ¡Todo tan sencillo! ¡En estas cabezas confusas! ¡Tipos sencillísimos!