Karl Marx a Friedrich Engels  
en Manchester  
Londres, 3 de mayo de 1851  

3 de mayo de 1851.  

¡Querido Engels!  

Lupus ha recibido de Colonia, según él mismo me escribe, un pasaporte inglés y dinero para el viaje para él y para Dronke. Dronke ha enviado también a los de Colonia un artículo sobre la revolución italiana.  

Pero lo curioso es que la firma de Dronke aparece positivamente — impresa en Louis Blanc — bajo la alocución dirigida al entonces comité para celebrar la Revolución de Febrero. Le pediremos explicaciones sobre este extraño hecho. En el mejor de los casos, no es una ocurrencia ingeniosa por parte de ese gnomo.  

Becker ha trasladado su taller de composición e imprenta a Verviers, y no parece que las persecuciones del gobierno le perjudiquen. Un cuaderno de mi porquería ha llegado hasta aquí, pero sólo un ejemplar.  

El comité central democrático alemán aquí se ha disuelto en el mismo momento en que el gran Karl Heinzen le anuncia “obediencia militar”. El dulce Kinkel, a causa de sus lecturas dramáticas para respetables gentes de la city —12 lecturas por 1 guinea: el dulce envía estos boletos por medio de un comité (en el que está Oppenheim de Berlín) a Dios y al mundo; tiene unos 300 oyentes — no puede, naturalmente, comprometerse y se ha retirado. Igualmente Haug se ha enemistado. Rüge, cuyas finanzas parecen muy desarregladas, pensaba comprar un establecimiento de daguerrotipia y recorrer el país como daguerrotipista.  

Weerth me escribe hoy sumamente malcontento: las largas narices y la carne ahumada le fastidian. Además, dice, le amenaza “una situación brillante” — ¿matrimonio? Pero dice que es demasiado viejo para volverse filisteo; tú conoces a nuestro amigo Weerth. Se aburre rápidamente, y con la mayor rapidez cuando se encuentra en una situación burguesamente cómoda. Su amigo Campe le dijo, señalando con fastidio el papel de desecho: “Todo tira, pero nada pega.” Y ése sería el estado general en Teutschland.  

Aquí pulula gente de toda clase. No creo que vaya a molestarme en modo alguno. Pues lo que hay de liberal, radical o simplemente curioso entre los industriales es atrapado con gran atención en casa de Göhringer o por la camarilla de Kinkel, y luego inmediatamente alimentado con escándalo sobre nosotros dos. ¡Tant mieux pour nous!  

Toda esta semana la biblioteca ha estado cerrada. Del loco rojo ya no se sabe nada.  

Daniels me escribe que en ninguna parte están mejor representados que en Berlín y que allí tienen a su disposición dos “talentos” y “gentlemen” muy activos.  

Tupman padece una gonorrea muy fuerte. Tras una violenta escena con Madame la baronesa, el asunto ha quedado a medias arreglado, pero su posición se ha vuelto más subalterna a causa de su ligereza.  

El experimento de Foucault con el péndulo se muestra aquí en el Instituto Politécnico.  

La carta mencionada a Daniels la despacharé mañana. Schramm, mirabile dictu, ha conseguido un pase de temporada.  

Heinzen, en su inmunda hoja, me ha arrojado de nuevo su porquería “nativa”, el desdichado. El tipo es tan tonto que Schramm, por dinero contante y sonante, le escribe bajo el nombre de “Müller” y le introduce de contrabando en su fárrago periodístico toda clase de necedades fuera de lugar, como el brindis de Blanqui, etc.  

Willich se encontró hace unos días con Bamberger, a quien había visto una vez antes. Se le acercó. Le estrechó la mano: “He estado tres semanas muy enfermo. No podía salir de casa. La Revolución marcha estupendamente. Sobre todo aquí en Londres estamos muy activos. Se han fundado dos nuevas asociaciones filiales. Schapper despliega una actividad enorme.”  

En otra ocasión, más. La semana próxima me pondré a buscar seriamente en la biblioteca tus fuentes para L. Blanc.  

Tuyo,  
K.M.  

Mi mujer te envía saludos. Estaba furiosa de que el Pileper se nos echara encima con tanta impertinencia apenas llegado.  

/Por lo demás, le regalas siempre un sello a Correos. Uno será suficiente./