Karl Marx a Friedrich Engels  
en Manchester  
Londres, 17 de marzo de 1851  

Londres, 17 de marzo de 1851  
¡Querido Engels!

No te he escrito en toda una semana. En primer lugar, yo mismo tuve la gripe como afinidad electiva. Y luego, acribillado de pequeñas miserias, que todas han venido a estallar en esta funesta semana.

Adjunto te envío las divertidas cartas del caballero von Willich.

En la inmunda hoja de Heinzen aparece una supuesta correspondencia de París, fabricada aquí en Londres, en la que, como es natural, en primer lugar somos atacados nosotros dos, luego Rudolph Schramm, el diputado, «porque dilapida sin miramientos el dinero de su mujer», luego los «semihombres Tausenau, Julius y Bucher», y finalmente, y con mucha saña, el gran Kinkel. Heinzen no le perdonará jamás la competencia en la mendicidad. Sólo se elogia al gran Ruge y a Struve. Ruge hace escribir en esa carta desde París que ha hecho una excursión de un día de Brighton a Londres. Este artículo chismográfico ha surgido porque Heinzen ha mezclado y editado chismes de una carta privada de Ruge y de una carta privada de Bamberger, es decir, acusaciones completamente opuestas.

En el gran banquete donde Ruge actuó como el «infinito tonto» —Wolff y Liebknecht fueron testigos de oídas— no se presentó ningún diputado berlinés ni francfortés. No quieren una hegemonía Ruge-Struve. La camarilla de R. Schramm, el conde Reichenbach (el de Fráncfort, no la barba del partido, y Oppenheim, Bucher), y finalmente Julius por su cuenta, todos intrigan de nuevo contra los dioses de la estupidez. Naturalmente, también por razones sublimes. Yo os digo: mierda, mierda pura, toda esa canalla.

Kinkel, que deja imprimir las infamias contra nosotros, pronunció en el banquete, a su manera de tafilete rojo, una palabra de melancólica reconciliación «desde el simple luchador por la constitución hasta el republicano rojo».

Todos esos asnos, mientras gemían por la república y Kinkel y hasta ocasionalmente por la república roja, se arrastraban servilísimamente hasta el culo de la Constitución inglesa, una contradicción sobre la que incluso el inocente Morning Chronicle se dignó llamarles la atención como falta de lógica.

De Landolphe, nada más. Lleva serenamente consigo la conciencia del griego desenmascarado, como «hombre de honor».

La comedia Blanqui aún no había terminado. El antiguo capitán Vidil envió una declaración a La Patrie, en la que cuenta que su sentido del honor y su instinto de verdad le arrancan la declaración de que L. Blanc, todos los demás y él mismo habían mentido en la declaración original. El comité había estado compuesto por 13 personas, no por 6. A todos ellos se les había presentado el brindis Blanqui, todos lo habían discutido. Él se había encontrado entre los seis. El noble Barthélémy, que no había leído esta carta, envía unos días después igualmente una declaración a La Patrie: él había recibido el brindis, no lo comunicó a los demás, constituyéndose así en triple mentiroso. La Patrie, al comunicar esta carta y declarar al final que no aceptará nada más de esos asnos, hace la siguiente observación preliminar:

«A menudo nos hemos preguntado —y la cuestión es difícil de resolver— qué predomina en los demagogos, ¿la fanfarronería o la estupidez? Una cuarta carta de Londres aumenta aún más nuestra perplejidad a este respecto. Son 14, no sabemos cuántos pobres diablos, atormentados hasta tal punto por el furor de escribir y de ver sus nombres citados en los periódicos reaccionarios, que no retroceden ni siquiera ante la perspectiva de una confusión y un desprestigio sin límites. Poco les importa la burla y la indignación públicas: Le Journal des Débats, L’Assemblée nationale y La Patrie insertarán su prosa; para conseguir esta dicha, nada cuesta a la Democracia cosmopolita, etc. Acogemos, pues, en nombre de la conmiseración literaria, la siguiente carta del ciudadano Barthélémy… Es una prueba nueva, y así lo esperamos, una última prueba en apoyo del demasiado célebre brindis Blanqui, que todos negaron al principio, y por cuya afirmación se agarran ahora de los pelos.»

¿No es esto magnífico?

He recibido tu giro postal. Si pagas tales intereses en tu comercio, o bien tus ganancias o bien tus pérdidas deben ser enormes.

No olvides escribir a Dronke. Galeer ha muerto. Así que mete la carta para Th. Schuster en Fráncfort.

Tuyo,  
K. Marx