Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 
Londres, 1 de marzo de 1851 

|Sábado, 1 de marzo de 1851. 
¡Querido Engels! 

Debes de tener caballos de posta de lo más singulares, ya que todas mis cartas llegan demasiado tarde. 

Sabes muy bien, si has leído como es debido las cartas recibidas, que todo cuanto aconsejas ya se ha hecho, con excepción de la bofetada a Landolphe, que no considero procedente. Si ha de injuriarse a alguien, que sea al pequeño escocés del hip, hip, hurra, George Julian Harney, y no a otro, y entonces Harney tendrá que batirse. 

Tenía ante mí tus dos cartas a Harney; he enviado la primera, porque a mi juicio estaba mejor redactada y era más oportuna que la segunda edición, corregida. 

Se ha amenazado lo bastante, tanto a Harney como a Landolphe, con un procedimiento judicial. Tu temor de que Landolphe testifique contra Schramm es infundado. Antes bien jurará que fue Schramm quien, antes del escándalo, recurrió a él, como miembro del comité, para mantener el orden en la pandilla. 

Puesto que, pues, la «amenaza» del procedimiento judicial ha sido vana, ¡qué hacer, sino encajar tranquilamente los golpes, y que el espía y Schapper Willich triunfen! 

Todos tus temores acerca del escándalo son acertados. Pero también se dispondrá, por nuestra parte, de un abogado astuto. Algo más o algo menos de mala fama a Schramm le puede ser del todo indiferente. Pero si deja que el asunto quede en nada, ahora que los franceses de Church Street se han entrometido, está perdido, a menos que obtenga satisfacción pública de los cartistas o lleve el asunto ante los tribunales. Una de dos. 

Jones, como te he escrito, no estuvo en la reunión del lunes. Había acordado con él un encuentro en mi casa, pero ya el martes corrí a la suya, no lo encontré, le dejé una esquela para que no dejara de venir el miércoles. No vino. El jueves fui; se me negó la entrada. Dejé una esquela invitándole. No vino. El jueves por la noche le escribí una carta detallada, en la que con calma, sencilla y claramente exponía toda la mierda desde el principio, mostrándole en perspectiva las asquerosas consecuencias, exigiéndole satisfacción pública e instándole, por último, a que viniera a verme para discutir el asunto. No viene, a pesar de que estaba en la ciudad, y tampoco hay carta de respuesta suya. Jones está, pues, evidentemente manipulado por el pequeño intrigante escocés, que teme dejarlo encontrarse a solas conmigo. Ves, pues, que de parte de los cartistas no hay perspectivas de una satisfacción pública. Sólo queda el procedimiento judicial. Ocurra lo que ocurra. Sólo es desagradable porque Pieper pierde con ello su puesto y quizá, más o menos, nos echemos encima a la chusma cartista. 

La introducción de la ley de extranjería sería el acontecimiento más grato para nosotros. ¿Qué son esos asnos sin la manifestación pública diaria? 

Sólo queda un medio para arreglar el asunto sin llevarlo al escándalo extremo, y es que vengas inmediatamente y sin demora. || Podrías alojarte en mi casa, ya que ahora he alquilado dos habitaciones más. Otro medio, te lo digo de manera definitiva, no lo hay. Las cartas confunden las cosas, las dilatan, no resuelven nada. 

Tuyo, 
K. M.