Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 
Londres, 23 de febrero de 1851 

Londres, 23 de febrero. 
¡Querido Engels! 

Llevas una semana sin noticias mías, de una parte porque esperaba los documentos de Colonia y quería comunicártelos, y de otra porque debía aguardar detalles más precisos sobre nuestro «exfriend». Los primeros no han llegado aún. Sobre lo segundo estoy ahora más instruido. 

Harney ha recibido tu carta correctamente. 

Según me cuenta Tessier du Mothay, que ahora está aquí, la historia con Louis Blanc se relaciona originariamente de la siguiente manera: 

La sociedad de Church-street se presentaba como una sociedad filantrópica para el apoyo de los refugiados políticos franceses. Ledru Rollin, L. Blanc, Adam, en suma, todos participaban en ella bajo ese pretexto. La política estaba estatutariamente excluida. Entonces se acercó la perspectiva del 24 de febrero. Sabes que una ocasión como ésta para darse importancia es tratada por los franceses con tanta antelación y solemnidad como el inminente alumbramiento de una mujer embarazada. Aunque la sociedad fuera solo filantrópica, se dijo, sus miembros, en su calidad de franceses, debían celebrar el 24 de febrero. Se fijó una velada determinada para el debate de este gran asunto. Ledru y Blanc estaban ambos presentes esa velada. Este último pronunció un discurso largamente preparado, artificiosamente compuesto, jesuítico, en el que trataba de demostrar que un banquete político contradecía los estatutos de la sociedad, que a Francia solo le mostraría sus desavenencias, etc. Y en medio de muchos gemidos sobre la fraternité, la mandrágora corsa dio rienda suelta a su enfado porque Ledru y Mazzini no lo hubieran incluido en el gobierno provisional. Se le respondió. A pesar de su discurso, que él mismo fue el primero en admirar con mayor sinceridad, se decidió celebrar el banquete. 

¿Qué hace entonces la blanche Louise? Escribe que la sociedad se ha disuelto por esa decisión, devolviendo a cada cual su libertad individual, y que él hará uso de esa restitución de su «libre albedrío» y organizará un banquete, sin espíritu de fracción, pura fraternité y otras pequeñas lindezas semejantes. 

Puso sus ojos, naturalmente, en Barthélémy, porque sabía que alemanes, polacos, etc., formaban con este una masa compacta. Por otra parte, a Landolphe, le bel homme, se le encargó apoderarse del dear Harney. L. Blanc fue incluso tan generoso que invitó a almorzar a Harney, por quien ni él ni Landolphe habían movido un dedo en medio año. ¡Qué magnanimidad! 

Por otra parte, L. Blanc redactó un manifiesto que, como diría nuestro dear, es out and out. Lo habrás leído en el Friend of the People. Rechaza incluso la «aristocracia del espíritu», con lo que, de un lado, quiere motivar su condescendencia hacia los dii minorum gentium y, de otro, se abre a Schapper y Cía. la alegre perspectiva de una «aristocracia de la estupidez». Este manifiesto —frases absurdas, naturalmente—, L. B. lo tenía por «lo más sabio» a que la naturaleza humana pudiera remontarse en las most happy circumstances. No solo debía dejar estupefacta a toda Europa, sino que, muy especialmente, debía golpearle en la cara a Ledru Rollin y hacer surgir entre los blanquistas en Francia la apariencia de que el incorruptible hombrecillo, por puro heroísmo de principios, se había separado de la sociedad de Church-street. 

Así pues, el buen Harney se ha convertido en herramienta de una vulgar intriga, y precisamente una intriga contra Ledru Rollin, a quien al mismo tiempo acude y a cuyo banquete también honrará mañana con su presencia. Para hacer subir aún más la mostaza a la nariz a este plebeyo tan impresionable —impressionable sobre todo ante nombres conocidos, por cuya sombra se siente honrado y conmovido— pese a sus qualités très aimables y respetables, y para mostrar al mismo tiempo a Ledru y Mazzini que no se contraria impunemente al Napoleón del socialismo, el pequeño se hace felicitar por los obreros de París. Esos «obreros de París», cuyo atisbo en perspectiva tenía que hacer subir la sangre a la cabeza a nuestro dear, no son naturalmente otros que los renombrados 25 délégués del Luxemburgo, que jamás fueron delegados por nadie y que en todo París son objeto, en parte, del odio y, en parte, de la burla de los demás obreros; tipos que tienen la misma importancia que los miembros del Parlamento Preliminar y de la Comisión de los Cincuenta en Alemania. Ellos sienten la necesidad de un petit bon dieu cualquiera, un fetiche, y el pequeño tiene algo de monstruoso en su figura, que desde siempre ha sido apto para convertirse en objeto de culto. Él, por su parte, les asegura que son los hombres más grandes y los socialistas más verdaderos del mundo. ¿Y acaso no los había ya constituido en pares de la futura república obrera? Así, cada vez que él hace una señal con el dedo, ellos felicitan, y cada vez que felicitan, él les expresa públicamente su conmovido agradecimiento. Y esta vez ha hecho una señal con el dedo. Harney ve naturalmente en estos felicitadores de oficio a París, todo París. 

Antes de separarme de la mandrágora, aún dos noticias que he sabido por Tessier y que ambas son muy características para esta fausse pleureuse. 

Louise no habla nunca improvisando. Escribe sus discursos palabra por palabra y los aprende de memoria ante el espejo. Ledru, por su parte, improvisa siempre, y en los casos importantes solo se hace algunas notas de matter of fact. Prescindiendo totalmente de la diferencia en la apariencia externa, Louise es por ello absolutamente incapaz de producir el más mínimo efecto al lado de Ledru. ¡Así que ningún pretexto le resultaba más bienvenido que aquel que le permitía sustraerse a la comparación con este rival peligroso! 

En lo que se refiere a sus trabajos históricos, los hace como A. Dumas hace sus folletines. Solo estudia el material para el capítulo inmediato. De esta manera salen libros como la histoire des dix ans. De un lado, eso da a sus exposiciones una cierta frescura, pues lo que comunica es, al menos, tan nuevo para él como para el lector, y de otro lado, el conjunto es débil. 

Basta por hoy de L. Blanc. ¡Ahora a nuestro dear! 

No se ha contentado en modo alguno con participar en el mitin de esa gente. No. Ha convertido su banquete del 24 de febrero, que sin él se habría ido completamente al garete, en un acontecimiento londinense. Ya se han vendido mil tarjetas para el banquete, que se celebra en la City. Harney ha distribuido la mayor parte de las tarjetas, como me dijo Jones anteayer. O'Connor, Reynolds, cientos de cartistas participan. Harney los ha reunido a todos. Está todo el día en route, cumpliendo las órdenes de L. Blanc, como también me dijo Jones. 

Incluso ha cometido una pequeña perfidia contra Jones, al hacerle traducir el manifiesto de L. Blanc y Cía. y preguntarle luego si tenía algo en contra de que se le nombrara como traductor. Esto fue el miércoles. Así que ya había recibido tu carta, de la que no dijo una palabra a Jones. Jones, en su pregunta, no vio pues más que un llamamiento a su propia convicción «socialista», y respondió naturalmente que nada tenía en contra. 

Jones me declaró, a raíz de mis explicaciones, que probablemente —no podía decirlo con certeza— se abstendría de acudir al banquete. Lo que hizo vacilar su decisión es muy racional. Si no va, pierde popularidad, ya que, gracias al dear, este banquete se ha convertido en un asunto cartista. Al mismo tiempo teme que Reynolds pueda intrigar a sus espaldas. 

Jones desaprueba la conducta del dear, a quien no he «vuelto a ver». Intentó disculparlo diciendo que a los cartistas, si no participaban en ninguno de los dos banquetes, se les acusaría de apatía política o de antipatía hacia los revolucionarios extranjeros. Le he respondido: en ese caso, Harney y los suyos deberían haber celebrado un mitin cartista para festejar el cochambroso 24 de febrero, en lugar de convertirse en pedestal para un enano y para media docena de camellos; un enano que nunca ha calificado a Harney sino de «brave garçon» y que, si mañana estalla un movimiento en Londres, o dentro de un año o de veinte, probará documentalmente que ha arrojado a estos pauvres Anglais dans la route du progrès, y esto entre 1688 y el 24 de febrero de 1851, cuando Louis Blanc oía a todo Londres clamar por él, igual que entonces cuando 50.000 obreros clamaban en el patio de la Reforme, que no admite 50 hombres. ¡Y cuántas lágrimas falsas verterá sobre el papel acerca de este acontecimiento sin precedentes! 

Harney se ha metido en este lío, en primer lugar, por el afán de admiración hacia grandes hombres oficiales, del que ya antes nos hemos reído a menudo. Luego, le encantan los efectismos teatrales. Es incondicionalmente amigo de agradar, no quiero decir vaniteux. Se halla incluso, sin duda, profundamente dominado por la frase y desprende copiosísimos gases patéticos. Está metido en la mierda democrática más hondo de lo que él quisiera admitir. Tiene un doble spirit, uno que le ha hecho F. Engels y otro que le es siervo. El primero es una especie de camisa de fuerza para él. El segundo es él mismo in puris naturalibus. Pero se le añade un tercero, un spiritus familiaris, y esa es su digna esposa. Tiene gran predilección por los gants jaunes à la Landolphe y Louis Blanc. Me odia, por ejemplo, a mí, considerándome un frívolo que podría resultar peligroso para su «property to be watched upon». Tengo pruebas inequívocas de que esta mujer ha metido sus dos largas manos plebeyas en este juego. Hasta qué punto Harney está poseído por este espíritu familiar, y cuán astuta y pequeñoburguesa es ella en sus intrigas, puedes verlo por lo siguiente: recordarás cómo en nochevieja insultó a la Macfarlane en presencia de mi mujer. Más tarde contó a mi mujer, con boca sonriente, que Harney no había visto a la M. en toda aquella velada. Después le contó que ella había rechazado su trato porque toda la sociedad, y muy especialmente mi mujer, se había horrorizado y reído a costa del dragón partido. Y Harney fue lo bastante burro y cobarde como para no dar a la Macfarlane revancha por el insulto y romper así, de la manera más indigna, con el único colaborador de su periodicucho que realmente tenía ideas. Rara avis en su periodicucho. 

Lo que da un peso especial a este mitin es la agitación que reina en Londres a consecuencia de la retirada del little Johnny y del avènement de Stanley-D'Israeli. 

Los franceses no temen nada más que una amnistía general. Despojaría de su nimbo a todos los héroes de tablas aquí presentes. 

A. Ruge ha intentado poner en pie, con Struve, Kinkel, Schramm, Bucher, etc., un «Volksfreund» o, como quería nuestro Gustav, un «Deutscher Zuschauer». Se ha ido al garete. En parte, los otros no querían el protectorado de Winkelried; en parte, como el «sensible» Kinkel, exigían pago al contado, ce qui ne fait pas le compte de M. Ruge. Su propósito principal era, ya la conoces, sacarle dinero a la sociedad de lectura. Julius lo ha impedido a sus espaldas, ya que también quiere editar aquí un periódico. 

K. Heinzen es redactor jefe del quebrado Schnellpost de Nueva York y ha iniciado una espantosa polémica con Weitling.

Harás muy bien en escribir una vez, y pronto, al Roth Becker en Nueva York e instruirle sur l'état actuel des choses.

Adjunto va una carta de Dronke. Devuélvemela sin demora; si tú mismo quieres escribir algo al respecto, tant mieux.

Con tu envío me has hecho un gran servicio, pues me era imposible deberle un solo farthing más al bel homme.

Algo sobre la literatura francesa de 1830-48 en mi próxima carta.

Escríbeme también si mi cálculo es correcto.

Tuyo
K. Marx

Por lo demás, ahora que el Dear intentará volver en cuanto haya despachado la Haupt- und Staatsaktion, hay que tratarle con mucho desdén y hacerle sentir que “ha perdido”.

À propos. Harney se ha hecho elegir para una diputación cartista con destino a Church-street, donde hará primero su entrée, para luego trasladarse a la City, donde se instalará como en su propia casa.

Que, por lo demás, no lo ha hecho por ingenuidad se desprende ya del hecho de que lo tramó todo a mis espaldas con el “bei” homme y a ti tampoco te comunicó nada.