Friedrich Engels a Karl Marx
en Londres
Mánchester, 13 de febrero de 1851

Querido Marx:

Esperaba esta historia con bastante seguridad por Harney. Encontré el anuncio de las reuniones de Berna en el Friend of the People, donde se decía que los alemanes, franceses, polacos y húngaros, así como los Fraternal Democrats, participarían en ellas, y que esto tenía que ser Great Windmill Street & Co. estaba claro. Olvidé llamarte antes la atención sobre este anuncio. Hoy no me es posible hacer nada más en el asunto. Pero mañana escribiré una carta a Harney, en la que le comunicaré que no debe imprimir el manuscrito que le envié, ya que no lo continuaré, y en la que a la vez le explicaré detalladamente todo el asunto. Si esta carta no sirve de nada, habrá que dejar caer toda la salsa, hasta que el señor Harney vuelva por sí mismo, lo que sucederá muy pronto. Sospecho muy fuertemente que vendrá aquí en breve, donde lo cogeré convenientemente entre manos. Debe darse cuenta por fin de que también con él se habla en serio. En todo caso, para ahorrar tiempo y no escribir dos veces, te enviaré la carta y, cuando la hayas leído, haz que le llegue lo más rápidamente posible.

Personalmente, esta tontería y falta de tacto de Harney me irrita más que cualquier otra cosa. En el fondo, tampoco importa nada.

Ahora tenemos por fin otra vez —por primera vez en mucho tiempo— la oportunidad de mostrar que no necesitamos ninguna popularidad, ningún apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición es totalmente independiente de semejantes pequeñeces. De ahora en adelante sólo somos responsables ante nosotros mismos y, cuando llegue el momento en que los señores nos necesiten, estaremos en condiciones de dictar nuestras propias condiciones. Hasta entonces al menos tenemos tranquilidad. Por supuesto también una cierta soledad —mon Dieu, la he disfrutado aquí en Mánchester desde hace ya 3 meses y me he acostumbrado a ella, y además como puro bachelor, lo que en todo caso aquí es muy aburrido. En el fondo, ni siquiera podemos quejarnos mucho de que los petits grands hommes nos rehúyan; ¿no hemos actuado durante tantos y cuantos años como si la chusma fuera nuestro partido, cuando no teníamos partido alguno, y cuando la gente que contábamos como perteneciente a nuestro partido, al menos oficialmente, sous réserve de les appeler des bêtes incorrigibles entre nous, no entendía ni siquiera los rudimentos de nuestras cosas? ¿Cómo encajamos gente como nosotros, que rehuimos los cargos oficiales como la peste, en un «partido»? ¿De qué nos sirve a nosotros, que escupimos sobre la popularidad, que empezamos a dudar de nosotros mismos cuando empezamos a hacernos populares, un «partido», es decir, una banda de burros que juran por nosotros porque nos toman por sus iguales? Verdaderamente no es ninguna pérdida si dejamos de ser considerados la «expresión correcta y adecuada» de los perros estrechos de miras con los que nos han arrojado juntos los últimos años.

Una revolución es un puro fenómeno natural, que se rige más por leyes físicas que por las reglas que determinan el desarrollo de la sociedad en tiempos ordinarios. O, mejor dicho, estas reglas adquieren en la revolución un carácter mucho más físico; la violencia material de la necesidad se manifiesta más impetuosamente. Y en cuanto uno se presenta como representante de un partido, se ve arrastrado a este torbellino de la necesidad natural incontenible. Sólo por mantenerse independiente, siendo en la causa más revolucionario que los demás, puede uno conservar al menos durante un tiempo su independencia frente a este torbellino, aunque al final, por supuesto, también se ve uno arrastrado.

Esta posición podemos y debemos adoptarla en la próxima historia. No sólo ningún cargo oficial del Estado, sino también, en la medida de lo posible, ninguna posición oficial de partido, ningún puesto en comités, etc., ninguna responsabilidad por burros, crítica despiadada para todos, y además aquella serenidad que todos los conspiradores de cabezas de chorlito no podrán quitarnos. Y eso podemos hacerlo. Podemos ser, en la causa, siempre más revolucionarios que los fraseólogos porque nosotros hemos aprendido algo y ellos no, porque sabemos lo que queremos y ellos no, y porque, después de lo que hemos visto en los últimos tres años, nos lo tomaremos con mucha, mucha más calma que cualquiera que tenga interés en el asunto.

Lo principal por el momento es: la posibilidad de llevar nuestras cosas a la imprenta; ya sea en una revista trimestral, donde ataquemos directamente y aseguremos nuestra posición frente a las personas; o en libros gruesos, donde hagamos lo mismo sin necesidad de mencionar siquiera a ninguna de estas arañas. Ambas cosas me parecen bien; a la larga y con la reacción en aumento, me parece que la posibilidad de lo primero va disminuyendo y lo segundo se va convirtiendo cada vez más en nuestro recurso, al que tendremos que lanzarnos. ¿Qué va a ser de todo el chismorreo y habladuría que toda la chusma de la emigración pueda urdir a tu costa, cuando tú les respondas con la economía?

Mañana la carta para Harney. En attendant salut.

Tuyo

13 de feb. de 51. (Jueves).