Friedrich Engels a Karl Marx 
en Londres 
Manchester, 25 de enero de 1851 

I Querido Marx 

Me parece gracioso que me digas que soy taciturno como la muerte; quiero, sin embargo, abstenerme de devolver el golpe. 

La torpe perfidia del pomerano Ruge raya realmente en lo ceniciento. Lo más sencillo sería que redactaras una declaración que firmáramos juntos. Algunas observaciones personales, si acaso fuesen necesarias, podrían añadirse en forma de notas y ser firmadas separadamente por cada uno de nosotros. No sé si es necesario que yo añada aún algo en privado, a no ser el hecho de que en mi posición comercial he conservado toda mi independencia y estoy en tal situación que no me dejo ordenar la firma de conmovedores llamamientos al bon dieu por mis «principales», como el Sr. Ruge por su superior Mazzini, pese a todas sus anteriores fanfarronadas ateas; y que he emprendido esta línea para no caer en la necesidad en la que otros, los honrados filisteos que el Sr. R. ha sacado a relucir contra nosotros, se encuentran tan a gusto, a saber, vivir de la mendicidad democrática — o algo por el estilo. Dime si crees que eso es necesario. 

El artículo, con su indignación moral y sus colosales mentiras, ofrece, por lo demás, un excelente material para la burla. Conduce, al mismo tiempo, a la pista de las intrigas de Ruge. Que el Sr. R. y el Comité Europeo de Mazz. tuvieran que subírsele mucho a las narices al buen reverendo Dülon y que entre estos demócratas llorones del norte de Germania, de la Baja Sajonia, con su salsa literaria aguanosa a lo bremense, pudiera encontrarse el único terreno propicio para los sublimes manifiestos de Mazzini en Alemania, es de lo más natural. La amistad de la luz de estos señores tenía que encontrar agradables aliados en Ronge-Mazzini y en el Ruge vuelto a Dios, y el honor de sostener correspondencia oficial con los más grandes hombres de la honrada democracia europea en calidad de «comité alemán» tenía, naturalmente, que hacer al blando clérigo Dülon receptivo a tolerar las mayores infamias contra la gente «frívola» e impía de la N.Rh.Z. R[uge] tampoco ha tenido valor hasta que se ha figurado que la Revue ha muerto. Pero creo que se equivoca, y en breve vivirá una hermosa tormenta sobre su divertida cabeza. 

¿No sería bueno — ya que es imposible que armemos gran ruido a causa de este artículo y que no podemos responder más que en la crónica diaria — que, bajo cuerda, hiciéramos trabajar al susodicho Dülon por medio de su amigo, el rojo Becker? Después de estas infamias, de lo contrario, ni siquiera estamos seguros de que se acepte nuestra respuesta. 

Pero que la tonta manera de Schramm y sus irreflexivas fanfarronadas, que, a juzgar por este artículo, ha hecho ante el Sr. Bruder, hayan sido precisamente las que hayan dado valor a estos asnos para estallar contra nosotros, los «solitarios, abandonados por todos», de un modo tan vulgar, está más claro que el sol. Este hombre verá ahora de qué infamia se ha convertido en instrumento, y también tendrá que ver que con su estupidez se perjudica más a sí mismo que a otros. El gran R. ni siquiera lo corteja, cosa que sí hace, a medias, con Tellering. «¡K. Sehr, no hay que confundir!» ¿Qué hace ahora ese tipo? Cette affaire est de peu d'importance. Chismes inventados y malinterpretados, insinuaciones torpes e incomprensibles y pavoneo moral — nous avons soutenu, Dieu merci, de bien autres charges! Lo único desagradable es que la cosa va a alterar mucho a tu mujer, y eso, en la situación actual, no es deseable. 

Al Comité Europeo lo voy a someter debidamente la semana próxima en el Friend of the People; ya se lo he anunciado a H[arney]. Ahora tengo que cerrar, es la hora de cierre del despacho, y poco después la hora del correo. En breve más. 

Tu F. E. 
Sábado.