Friedrich Engels a Karl Marx
en Bruselas
París, hacia el 18 de octubre de 1846

Querido M.

Me he puesto por fin, tras larga resistencia, a leer la porquería de Feuerbach, y encuentro que no podemos entrar en ello en nuestra crítica. Verás por qué, después de que te haya comunicado el contenido principal.

*La esencia de la religión*. Epígonos, vol. I, pp. 117-178. – «El sentimiento de dependencia del hombre es el fundamento de la religión.» p. 117. Como el hombre depende ante todo de la naturaleza, «la naturaleza es el primer objeto originario de la religión». 118. («Naturaleza es sólo una palabra general para designar los seres, cosas, etc., que el hombre distingue de sí mismo y de sus productos.») Las primeras manifestaciones religiosas son fiestas en las que se representan procesos naturales, el cambio de las estaciones, etc. Las circunstancias y productos naturales particulares, en cuyo entorno vive una tribu o un pueblo, pasan a su religión. – El hombre fue auxiliado en su desarrollo por otros seres, que no eran seres de especie superior, ángeles, sino seres de especie inferior, animales. De ahí el culto a los animales. (Sigue una apología de los paganos contra los ataques de judíos y cristianos, trivial.) – La naturaleza sigue siendo constantemente, incluso entre los cristianos, el trasfondo oculto de la religión. Las propiedades que fundamentan la diferencia de Dios respecto al hombre son propiedades de la naturaleza (originariamente, según su base). Así, omnipotencia, eternidad, universalidad, etc. El contenido real de Dios no es sino la naturaleza; es decir, en la medida en que Dios es representado sólo como autor de la naturaleza, no como legislador político y moral. – Polémica contra la creación de la naturaleza por un ser racional, contra la creación de la nada, etc. – en su mayor parte materialismo vulgar «humanizado», es decir, traducido a un alemán sentimental, conmovedor para corazones burgueses. – En la religión natural, la naturaleza no es objeto como naturaleza, sino «como ser personal, vivo, sensible… como ser sentimental, es decir, sujetivo, humano», p. 138. Por eso se la adora, se intenta determinarla mediante motivos humanos, etc. Esto proviene principalmente de que la naturaleza es mudable. «El sentimiento de dependencia de la naturaleza, unido a la representación de la naturaleza

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como un ser personal que actúa arbitrariamente, es el fundamento del sacrificio, el acto más esencial de la religión natural.» p. 140. Pero como el fin del sacrificio es egoísta, el hombre es, sin embargo, la meta final de la religión, la divinidad del hombre su finalidad última. – Siguen glosas triviales y solemnes disquisiciones sobre el hecho de que el pueblo primitivo, que aún tiene religión natural, convierte también en dioses a cosas que le son desagradables, peste, fiebre, etc. «Así como el hombre, de ser meramente físico, se convierte en un ser político, en general en un ser que se distingue de la naturaleza y se concentra sobre sí mismo» (!!!), así su dios se convierte también en un ser político, distinto de la naturaleza. «De ahí» que «el hombre llegue a la distinción de su ser respecto a la naturaleza y, en consecuencia, a un dios distinto de la naturaleza, sólo en primer lugar mediante su unión con otros hombres en una comunidad, donde poderes distintos de la naturaleza, que existen sólo en el pensamiento o en la representación (!!!), el poder de la ley, de la opinión, del honor, de la virtud, se convierten en objeto de su sentimiento de dependencia…» (Esta frase, de un estilo espantoso, está en la p. 149.) El poder natural, el poder sobre la vida y la muerte, queda rebajado a atributo e instrumento del poder político y moral. Intermedio, p. 151, sobre el conservadurismo de los orientales y el progresismo de los occidentales. «En Oriente, el hombre no olvida la naturaleza por causa del hombre… El rey mismo no es para él un ser terreno, sino celestial, divino. Pero junto a un dios desaparece el hombre; sólo donde la tierra se desdiviniza… sólo allí tienen los hombres espacio y lugar para sí.» (¡Bonita explicación de por qué los orientales son estables! ¡A causa de las muchas imágenes de ídolos, que quitan el espacio.) «El oriental se comporta respecto al occidental como el campesino respecto al habitante de la ciudad; aquél depende de la naturaleza, éste del hombre», etc. «Sólo los ciudadanos hacen por eso historia» (aquí el único leve pero algo maloliente soplo de materialismo). «Sólo quien es capaz de sacrificar el poder de la naturaleza al poder de la opinión, su vida a su nombre, su existencia en el cuerpo a su existencia en la boca y en la memoria de la posteridad, sólo ése es capaz de hazañas históricas.» *Voilà*. Todo lo que no es naturaleza es representación, opinión, pamplinas. Por eso también «¡sólo la ‘vanidad’ humana es el principio de la historia»! – p. 152: «Así como el hombre adquiere conciencia de que… el vicio y la necedad traen desgracia, etc., y en cambio la virtud y la sabiduría traen felicidad, y que, por consiguiente, los poderes determinantes del destino de los hombres son el entendimiento y la voluntad… así también la naturaleza se le vuelve un ser dependiente del entendimiento y la voluntad.» (Transición al monoteísmo – F. comparte la ilusoria «conciencia» arriba citada del poder del entendimiento y la voluntad.) Con el dominio del entendimiento y la voluntad sobre el mundo

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vienen luego el supernaturalismo, la creación de la nada, y el monoteísmo, que se explica además especialmente por la «unidad de la conciencia humana». Que el Dios único jamás habría llegado a existir sin el rey único, que la unidad del dios que controla los múltiples fenómenos naturales, que mantiene unidas las fuerzas naturales en conflicto, no es más que la copia del déspota oriental único que mantiene unidos, real o aparentemente, a los individuos en conflicto, con intereses contrapuestos, F. lo ha considerado superfluo decirlo. – Largas peroratas contra la teleología, copia de los viejos materialistas. Con ello comete F., frente al mundo real, el mismo desatino que reprocha a los teólogos cometer contra la naturaleza. Hace chistes malos sobre el hecho de que los teólogos afirmen que sin Dios la naturaleza se disolvería en anarquía (es decir, que sin la fe en Dios se haría trizas), que la voluntad, el entendimiento, la opinión de Dios serían el vínculo del mundo; y él mismo cree, ciertamente, que la opinión, el temor de la opinión pública, de las leyes y de otras ideas mantienen actualmente unido al mundo. – En un argumento contra la teleología, F. se presenta por completo como *laudator temporis praesentis*: la enorme mortalidad de los niños en los primeros años de vida proviene de que «la naturaleza en su riqueza sacrifica sin reparo miles de los miembros individuales»; … «es una consecuencia de causas naturales el que… p. ej., en el primer año muera un niño de cada 3-4, en el quinto uno de 25, etc.».

Con excepción de las pocas frases aquí especificadas, nada hay que observar. Sobre el desarrollo histórico de las distintas religiones no se entera uno de nada. A lo sumo se aducen ejemplos para demostrar las trivialidades antedichas. La masa principal || del artículo consiste en polémica contra Dios y los cristianos, exactamente en el tono en que él lo ha hecho hasta ahora, salvo que ahora, cuando ya se ha agotado, la dependencia de los materialistas resalta mucho más desvergonzadamente, pese a todas las repeticiones de la vieja perorata. Si se quisiera decir algo sobre las trivialidades acerca de la religión natural, el politeísmo, el monoteísmo, habría que oponerles el desarrollo real de estas formas religiosas, para lo cual sería preciso primero estudiarlas. Pero eso nos atañe tan poco para nuestro trabajo como su explicación del cristianismo. Para el punto de vista filosófico-positivo de F. el artículo no aporta nada nuevo; las pocas frases criticables que he extractado arriba no hacen sino confirmar lo que ya hemos dicho. Mira, si el tipo te sigue interesando, procura que Kießling te preste, directa o indirectamente, el tomo I de sus obras completas; allí ha escrito además una especie de prólogo donde podría haber algo. He visto extractos en los que F. habla de «males de la cabeza» y de «males del estómago», una especie de débil apología de por qué él no se ocupa de los intereses reales. Exactamente como me escribió hace año y medio.

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Engels a Marx : hacia el 18 de octubre de 1846

Acabo de recibir tu carta, que debido a mi cambio de domicilio permaneció un par de días en el antiguo. Haré las tentativas con los libreros suizos. Pero dudo mucho que lo consiga. Todos esos tipos carecen de dinero para imprimir 50 pliegos. Opino que no conseguiremos imprimir nada si no separamos las cosas y buscamos colocar los tomos por separado, primero la historia filosófica, que es lo que más urge, y luego lo demás. 50 pliegos de una vez es algo tan peligrosamente grande que muchos libreros no lo aceptan ya por eso, porque no pueden. – Estaba también aquel Kühtmann de Bremen, o como se llamara, a quien Moses y Weitling nos quitaron; el tipo quería imprimir libros que merecieran ser prohibidos, pero no pagar mucho; podemos dirigirnos a él con este manuscrito, muy bien. ¿Qué te parecería si se dividiera la historia, y se le ofreciera a uno el tomo 1 y a otro el 2? Vogler sabe la dirección de K. en Bremen. List está casi listo.

He visto las historias en el *Volkstribun*, hace unas 3 semanas. Jamás me había topado con algo tan ridículamente estúpido. La infamia del hermano Weitling alcanza su cima en esta carta a Kriege. En lo que toca al detalle, ya no lo recuerdo lo suficiente como para poder decir algo al respecto. Pero soy también de la opinión de que hay que replicar tanto a la proclama de Kriege como a la de los Straubinger, restregarles por las narices cómo niegan haber dicho lo que les reprochamos, mientras al mismo tiempo vuelven a proclamar en su respuesta las mismas estupideces negadas; y que especialmente Kriege, con su *pathos* altamente moral y su indignación por nuestra burla, reciba una buena réplica. Como los números están circulando ahora mismo entre los Straubinger de aquí, no puedo conseguirlos sin tener que esperar 4-5 días.

Los Straubinger de aquí ladran terriblemente contra mí. Sobre todo 3-4 obreros «cultos» a quienes E[werbec]k y Grün han iniciado en los secretos de la verdadera humanidad. Pero yo, a fuerza de algo de paciencia y de cierto terrorismo, me he impuesto; la gran masa está conmigo. Grün ha renegado del comunismo, y estos «cultos» tenían muchas ganas de seguirlo. Entonces he repartido golpes a diestro y siniestro, he intimidado al viejo Eisermann de tal modo que ya no viene, y he dejado que se discuta de manera contradictoria sobre comunismo o no comunismo. Esta noche se votará si la asamblea es comunista o, como dicen los cultos, «por el bien de la humanidad». La mayoría me es segura. He declarado que si no fueran comunistas me importarían un comino, y no volvería más. Esta noche serán derrocados definitivamente los discípulos de Grün, y entonces tendré que empezar completamente desde cero. –

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Engels a Marx - hacia el 18 de octubre de 1846

De las exigencias que estos cultos Straubinger me planteaban no tienes ni idea. «Mansedumbre», «dulzura», «cálida fraternidad». Pero yo les he dado una buena reprimenda, cada noche hacía callar a toda su oposición de 5, 6, 7 tipos (pues al principio tenía a toda la boutique en contra). Pronto más sobre toda esta historia, que arroja toda clase de luces sobre el señor Grün.

Se dice que Proudhon vendrá dentro de 14 días. Eso será divertido.

Aquí se está tramando algo así como una revista. El hombrecillo de los cigarros Maurer afirma poder conseguir dinero para ello. Pero yo no le creo al tipo hasta que el dinero esté ahí. Si se hace algo, ya está todo dispuesto de modo que el asunto caiga enteramente en nuestras manos. A Maurer, el redactor ostensible, le he dejado el derecho de imprimir en ella sus propias tonterías; no había otro modo. Todo lo demás pasa por mis manos, tengo veto absoluto. Lo que yo escriba, naturalmente con seudónimo o anónimo. En todo caso, si la cosa llega a realizarse, no caerá en manos de Hess, ni de Grün, ni de ninguna otra tendencia desatinada. Estaría muy bien para desbrozar algo. Pero no hables con nadie de ello antes de que esté en marcha; ha de decidirse todavía esta semana. Adiós y escribe pronto.

E.
23, rue de Lille,
Fbg. S’Germain.]

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Friedrich Engels
al Comité de Correspondencia Comunista
en Bruselas
París, 23 de octubre de 1846

(Carta al comité (núm. 3). –

Sobre las historias de los Straubinger de aquí hay poco que decir. Lo principal es que los diversos puntos de conflicto que hasta ahora tenía que ventilar con los muchachos están ya decididos: el principal partidario y discípulo de Grün, el papa Eisermann, ha sido echado fuera, los demás han sido completamente derrocados en su influencia sobre la masa, y yo he impuesto un acuerdo unánime contra ellos.

El breve desarrollo es el siguiente:

Sobre el plan de asociación de Proudhon se discutió durante 3 veladas. Al principio tenía casi a toda la pandilla en contra; al final, sólo a Eis. y los otros 3 grünianos. Lo principal era rechazar la necesidad de la revolución violenta y, en general, demostrar que el verdadero socialismo de Grün, que había encontrado nuevas fuerzas vitales en la panacea proudhoniana, es antiproletario, pequeñoburgués, straubingeriano. Al final me puse furioso ante la eterna repetición de los mismos argumentos por parte de mis adversarios y ataqué directamente a los Straubinger, lo que provocó gran indignación entre los grünianos, pero con ello arranqué al noble Eiserm. un ataque abierto contra el comunismo. Acto seguido, le contesté con tanta dureza y sin miramientos que no volvió nunca más.

Entonces aproveché el asidero que me había dado Eis. – el ataque contra el comunismo –, tanto más cuanto que Grün no cesaba de intrigar, iba corriendo por los talleres, citaba a la gente los domingos, etc., y el domingo siguiente a la sesión arriba mencionada cometió la estupidez sin límites de atacar el comunismo ante 8-10 Straubinger. Así pues, declaré que, antes de entrar en ulteriores discusiones, había que votar si nos reuníamos aquí en calidad de comunistas o no. En el primer caso, debía ponerse cuidado en que no volvieran a producirse ataques contra el comunismo como los de Eis.; en el segundo caso, si no eran más que individuos cualesquiera que discutían aquí sobre esto y lo de más allá, me importaban un comino y no volvería más. Esto provocó gran horror entre los grünianos; ellos estaban reunidos «por el bien de la humanidad», para ilustrarse, hombres del progreso, y no unilaterales, cazadores de sistemas, etc., y a semejantes probos varones no se les podía llamar en modo alguno «gentes cualesquiera». Por lo demás, primero tenían que saber qué era propiamente el comunismo (¡esos perros, que se han llamado comunistas desde hace años y que sólo por miedo a Grün y a Eiserm. se han dejado apartar, después que éstos se habían infiltrado entre ellos bajo el pretexto del comunismo!). Naturalmente, no me dejé atrapar por su cariñosa súplica de explicarles a ellos, los ignorantes, en 2 o 3 palabras, lo que es el comunismo. Les di || una definición sumamente simple, que abarcaba justo los puntos litigiosos en cuestión, excluyendo, mediante la afirmación de la comunidad de bienes, la pacificidad, la ternura y miramientos para con la burguesía o, respectivamente, el Straubingertum y, por último, la sociedad por acciones proudhoniana, con mantenimiento de la propiedad individual y lo que a ello se engancha, y por lo demás no contenía nada que pudiera dar pie a divagaciones o a eludir la votación propuesta. Así pues, definí las intenciones de los comunistas en estos términos: 1) imponer los intereses de los proletarios en contraposición a los de la burguesía; 2) hacer esto mediante la abolición de la propiedad privada y su sustitución por la comunidad de bienes; 3) no reconocer otro medio para llevar a cabo estas intenciones que la revolución violenta y democrática. – Sobre esto se discutió dos veladas. En la segunda, el mejor de los 3 grünianos, notando el estado de ánimo de la mayoría, se pasó completamente a mi lado. Los otros dos se contradecían constantemente uno al otro sin darse cuenta. Varios individuos que nunca habían hablado abrieron de pronto la boca y se declararon decididamente a mi favor. Hasta ahora esto sólo lo habían hecho los jóvenes. Algunos de estos *homines novi* hablaron, aunque temblando de miedo mortal a quedarse atascados, bastante bien, y parecen tener en general un entendimiento perfectamente sano. En breve, al pasar a la votación, la asamblea fue declarada comunista en el sentido de

de ingresos. En lugar de apelar al pecho pleno de los hombres, se apelaba
ahora a sus piernas danzarinas y, en general, a sus lados + no comunistas,
y se descubrió con asombro que mediante bailes, excursiones campestres, etc.,
se podía reunir el dinero necesario por completo, y que también la
maldad de los hombres podía ser explotada para el comunismo.
Ahora estaban —decían— completamente saneados pecuniariamente. Entre los
«obstáculos» que tuvieron que superar, el valiente tecklemburgués enumera
también las calumnias y sospechas de todas partes que tuvieron que soportar, entre otras,
«por último, incluso de parte de los filósofos “comunistas” de Bruselas».
Por lo demás, parlotea algunas trivialidades contra las colonias,
recomienda a éstas (es decir, a sus más acérrimos enemigos) al «hermano
Weitling», pero se mantiene en general bastante terreno, aunque un tanto
untoso, y sólo de cuando en cuando deja escapar algo así como gemidos de fraternidad, etc.

¿Tenéis ahí la Réforme? Si no la leéis, escribídmelo, os
informaré entonces cuando haya algo especial en ella. Desde hace 4 días anda
montada sobre el National a causa de su negativa a dar su adhesión incondicional a una petición
que circula aquí por la reforma electoral. Esto
ocurre, afirma ella, por mera inclinación hacia Thiers. Hace algún tiempo
circuló aquí que Bastide y Thomas habían salido del National, que Marrast
se había quedado solo y que éste había hecho alianza con Thiers. El National
lo desmintió. Ciertamente se han producido cambios en su redacción.
No sé nada más preciso; que desde hace un año es particularmente favorable a
Thiers es cosa sabida; la Réf. le va demostrando ahora cuánto se ha
desacreditado por esa inclinación. — Por lo demás, el Nat.,
por mera oposición a la Réforme, ha hecho últimamente algunas
necedades, como negar por pura malicia la contrarrevolución portuguesa,
narrada primero por la Réf., hasta que ya no pudo más, etc. La
Réf. se esfuerza ahora en llevar una polémica tan brillante como la del Nat.,

pero no le sale. —

Después de haber escrito hasta aquí, fui aún a casa de los straubinger,
donde resultó lo siguiente: Grün, demasiado impotente para causarme
daño alguno, me hace ahora denunciar en la Barrière. Eis.
ataca en la asamblea pública de la Barrière, frecuentada por soplones,
el comunismo, donde naturalmente nadie puede responderle
sin exponerse al peligro de ser detenido; el Joven le ha
respondido con gran furia, pero ayer fue amonestado por nosotros. A esto,
Eis. declaró que el J. era el portavoz de un tercero (que naturalmente soy yo),
quien de repente, como una bomba, se habría abalanzado sobre la gente, y que él sabía
bien cómo se adoctrinaba a la gente para las discusiones de la Barrière, etc.
En resumen, se puso a desembuchar cosas allí que equivalen a una denuncia completa ante
la policía; pues el tabernero en cuyo local se desarrolló la historia,

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Engels al Comité de Correspondencia Comunista en Bruselas - 23 de octubre de 1846

dijo aún hace 4 semanas il y a toujours des mouchards parmi vous ["siempre hay soplones entre vosotros"], y el
comisario de policía también estuvo una vez por aquel entonces. Atacó directamente al J.
tildándolo de «revolucionario». El señor Grün estuvo presente durante todo el tiempo
e iba apuntándole a Eis. lo que tenía que decir. — Esta infamia sobrepasa
con todo cualquier cosa. Por lo que conozco los asuntos, Grün es para mí plenamente responsable
de todo lo que dice Eis. Contra eso no hay absolutamente nada
que hacer. Al cabeza de chorlito de Eis. no se le puede atacar en la Barrière,
porque allí se denunciaría otra vez la asamblea semanal; Grün
es demasiado cobarde para hacer algo por su cuenta en nombre propio. Lo único que se puede
hacer es dejar que en la Barrière la gente declare que no discute sobre comunismo
porque eso podría poner en peligro a toda la asamblea ante la policía.
Escribid por fin de una vez.
Vuestro

París, 23 de octubre de 1846.1

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