Anoche empecé a escribirte una carta, pero no pasé de la tercera línea, y Anna la cortó para usar aún este papel. He recibido tus dos cartas, y también la de Bremen, que ha hecho un buen viaje. Fuera de eso, las cosas están bastante secas por aquí, a no ser que haya de vez en cuando una cena, con un poco de vino de mayo, una cervezada estudiantil, una ronda de tabernas o un tiempo lluvioso a cántaros. Lo mejor de todo el asunto es que fumo todo el día, lo cual es sin duda un placer elevado e inestimable. De Bremen recibí con mi baúl algunas labores muy bonitas: una pequeña cesta para cigarros, un cenicero, una borla para pipa, etc. Padre ha ido a Engelskirchen; estoy sentado en su sillón, con la pipa larga sobre su escabel y fumando una buena cantidad. Dentro de ocho o diez días probablemente saldremos hacia Milán, para lo cual sólo podemos desear buen tiempo. Hoy vuelve a llover a mares como loco. Siento curiosidad por saber cómo te habrás desarrollado en Mannheim, si aún eres la misma chica flaca y tonta de antaño o si has adquirido nuevas tonterías. También Anna tiene a veces una vena loca y entonces se entrega a las simplezas; su tercera palabra es: «¡Og, Drikes!». Hermann está desarrollando una brillante predisposición a la hipocondría; a menudo puede estar días enteros sentado con la cara más indiferente del mundo, dejando caer la boca y sin decir una palabra. Luego, si de pronto le da un ataque de locura, no sabe qué hacer consigo mismo de puro desenfreno. Emil sigue siendo grande en los malentendidos. Hedwig, aparte de cierta obstinación, desarrolla muy poco carácter. Rudolf es un tipo como lo era antes Hermann; se pasa medio día holgazaneando en ensoñaciones diurnas, y el resto del tiempo hace bromas estúpidas. Su mayor placer es cuando le doy un florete y se lo arranco del puño de un golpe. La pequeña Elise llegará a ser algo, pero por ahora es insignificante. Muestra gérmenes de amabilidad y al final os eclipsará a todos. ¿Y yo? Quizá podría parecer interesante si, en lugar de mi actual bigote juvenil, tuviera aún mi vieja barba de Bremen y mi pelo largo.

Ahora ya tienes suficiente por hoy; te escribiré desde Milán si allí tenemos tiempo lluvioso.

Tuyo
Friedrich