Friedrich Engels a Friedrich Graeber
Bremen, 9 de diciembre de 1839 – 5 de febrero de 1840

[I] El 9 de dic.

Queridísimo: acaba de llegar tu carta; es asombroso cuánto hay que esperar de vosotros. De Berlín no se ha sabido absolutamente nada desde la carta tuya y de Heuser desde Elberfeld. A uno le darían ganas de convertirse en el mismísimo diablo, si estuviera demostrada su existencia. Pero, al fin y al cabo, habéis llegado, y eso es bueno.

Siguiendo tu ejemplo, dejo la teología para el final, a fin de coronar dignamente la pirámide de mi carta. Estoy muy ocupado con trabajos literarios; habiendo recibido de Gutzkow la seguridad de que mis colaboraciones son bienvenidas, le he enviado un ensayo sobre K. Beck; además, compongo muchos versos, que, sin embargo, necesitan mucho pulimento, y escribo diversos textos en prosa para ejercitar el estilo. Anteayer escribí «Una historia de amor de Bremen»; ayer, «Los judíos en Bremen»; mañana pienso escribir «La joven literatura de Bremen», «El más joven» (a saber, el aprendiz de comercio), o alguna otra cosa por el estilo. En una quincena se pueden emborronar fácilmente cinco pliegos cuando se está de buen humor; luego se pule el estilo, se intercalan aquí y allá versos para variar, y se saca como «Veladas de Bremen». Mi presunto editor vino a verme ayer; le leí «Odysseus redivivus», que le deleitó sobremanera; quiere la primera novela que salga de mi fábrica, y ayer insistió absolutamente en tener un tomito de poesías. Pero, por desgracia, no hay bastantes listas… ¡y la censura! ¿Quién dejaría pasar el Odysseus? Por lo demás, no me dejo disuadir por la censura de escribir libremente; que tache luego todo lo que quiera, yo no cometeré infanticidio alguno con mis propios pensamientos. Semejantes tachaduras de censura son siempre desagradables, pero también honrosas; un autor que llega a los treinta años o escribe tres libros sin tachaduras de censura no vale nada; los guerreros llenos de cicatrices son los mejores. Hay que poder ver en un libro que procede de una lucha con el censor. Por lo demás, la censura de Hamburgo es liberal; en mi último ensayo telegráfico sobre los libros populares alemanes hay varios sarcasmos muy amargos contra la Dieta Federal y la censura prusiana, pero no se ha tachado ni una letra.

11 de dic. – ¡Oh, Fritz! Hace años que no estaba tan perezoso como en este instante. ¡Ah! Una luz me ilumina: ya sé qué me pasa: tengo que visitar el *tertium locum*.

12 de dic. ¡Qué bueyes –quería decir qué buenas gentes– son los de Bremen! Con el tiempo que hace, todas las calles están terriblemente resbaladizas, y han echado arena delante de la Ratskeller para que los borrachos no se caigan.

Este compañero de al lado padece *Weltschmerz*;
visitó a H. Heine en París y se contagió de él;
luego acudió a Theodor Mundt y aprendió ciertas
frases indispensables para el *weltschmerzing*.
Desde entonces ha enflaquecido visiblemente, y escribirá
un libro según el cual el *Weltschmerz* es el único remedio
seguro contra la obesidad.

20 de enero. No quería escribirte antes de que estuviera decidido si me quedaba o me iba. Por fin puedo decirte que de momento me quedo aquí.

21. Confieso que no tengo grandes deseos de continuar la disputa teológica. Uno se malentiende, y al contestar hace ya tiempo que ha olvidado sus *ipsissima verba*, sobre las cuales gira el asunto, y así no se llega a nada. Una discusión a fondo de las cosas exigiría mucho más espacio, y a menudo me sucede que, en la carta siguiente, ya no puedo suscribir cosas que dije en una carta anterior, porque pertenecían demasiado a la categoría de la representación, de la que entre tanto me he liberado. Ahora, mediante Strauss, he llegado al camino recto del hegelianismo. Por supuesto, no me convertiré en un hegeliano tan empedernido como Hinrichs, etc., pero ya tengo que asimilar bastantes cosas de este colosal sistema. La idea hegeliana de Dios ya se ha hecho mía, y así ingreso en las filas de los «panteístas modernos», como dicen Leo y Hengstenberg, sabiendo muy bien que la sola palabra panteísmo provoca una aversión colosal en los curas irreflexivos.

Hoy a mediodía he disfrutado enormemente de un largo sermón de la *Evangelische Kirchen-Zeitung* contra el pietismo de Märklin. La buena *Kirchen-Zeitung* no sólo encuentra de lo más extraño que se la cuente entre los pietistas, sino que descubre también otras cosas curiosas. El panteísmo moderno, es decir, Hegel, dejando aparte el hecho de que ya se encuentra entre los chinos y los parsis, está plenamente desarrollado en la secta de los libertinos atacada por Calvino. Este descubrimiento es realmente demasiado original. Pero la ejecución lo es aún más. Ya es muy difícil reconocer a Hegel en lo que la *Kirchen-Zeitung* presenta como su opinión, y ésta, a su vez, guarda un parecido traído por los pelos con una afirmación muy vagamente expresada por Calvino acerca de los libertinos. La prueba fue enormemente divertida. El *Bremer Kirchenbote* sabe expresarlo todavía mejor, y dice que ¡Hegel niega la verdad de la historia! Es enorme la insensatez que a veces se desprende cuando la gente se afana en presentar como anticristiana una filosofía que le estorba y que ya no puede sortear. Personas que conocen a Hegel sólo de nombre, y que de los *Hegelingen* de Leo no han leído más que las notas, quieren derribar un sistema que, fundido en una sola pieza, no necesita puntal alguno para sostenerse.

Una conspicua estrella de mal agüero se cierne sobre esta carta. Sabe Dios que cada vez que me siento a escribirla se desencadena el diablo. No dejan de encargarme trabajo de oficina.

Estos dos son dos muñecos que, contra mi voluntad, han salido tan rígidos. De lo contrario, serían seres humanos.

¿Has leído *Charakteristiken und Kritiken*, de Strauss? Procura hacerte con él; los ensayos que contiene son todos excelentes. El dedicado a Schleiermacher y Daub es una obra maestra. De los ensayos sobre los endemoniados de Württemberg se puede aprender una cantidad enorme de psicología. Los otros ensayos teológicos y estéticos son igualmente interesantes. – Aparte de eso, estoy estudiando la *Filosofía de la Historia*, de Hegel, una obra enorme; leo en ella todas las tardes con aplicación; los pensamientos formidables me sobrecogen de manera espantosa. – Hace poco, la vieja hoja de chismorreo de Tholuck, el *Literarischer Anzeiger*, en su fatuidad, planteó la cuestión: ¿por qué el «panteísmo moderno» no tiene poesía lírica, mientras que el antiguo persa, etc., sí la tiene? Que espere el *Literarischer Anzeiger* a que yo y algunos otros hayamos penetrado a fondo este panteísmo; la poesía lírica ya llegará. Por lo demás, es muy bonito que el *Literarischer Anzeiger* reconozca a Daub y condene la filosofía especulativa. ¡Como si Daub no hubiera sostenido también el principio hegeliano de que humanidad y divinidad son idénticas en esencia! Ésa es la espantosa superficialidad: si Strauss y Daub están de acuerdo en sus principios fundamentales, eso les importa poco; pero si Strauss no cree en las bodas de Caná mientras Daub sí, en consecuencia uno es transferido al cielo y el otro designado como candidato al infierno. Oswald Marbach, el editor de libros populares, es el más confuso de todos los hombres, sobre todo para ser hegeliano. Cómo un hijo de Hegel puede decir:

El cielo también está en la tierra,
siento claramente que Dios se hace hombre dentro de mí,

es para mí del todo incomprensible, puesto que Hegel distingue muy tajantemente la totalidad del individuo imperfecto. – Nada ha perjudicado más a Hegel que sus discípulos; sólo unos pocos, como Gans, Rosenkranz, Ruge, etc., fueron dignos de él. Pero un Oswald Marbach es, desde luego, el *non plus ultra* de todos los hombres que malentienden. ¡Un sujeto tan divino! – El señor pastor Mallet ha declarado en el *Bremer Kirchenbote* que el sistema de Hegel es un «discurso suelto». Mal negocio sería ése, porque si los bloques, esos pensamientos de granito, llegaran a desmoronarse, un solo fragmento de este edificio ciclópeo podría aplastar no sólo al señor pastor Mallet, sino a todo Bremen. Si, por ejemplo, el pensamiento de que la historia universal es el desarrollo del concepto de libertad cayera con todas sus fuerzas sobre el cuello de un clérigo de Bremen… ¡cómo suspiraría éste!

1 de febrero. Mas hoy la carta tiene que salir, pase lo que pase.

Los rusos empiezan a ponerse ingenuos;
afirman que la guerra contra los circasianos
aún no ha costado tantas vidas humanas como
una de las batallas menores de Napoleón.
Semejante ingenuidad no la habría esperado
de un bárbaro como Nicolás.

Los de Berlín, según oigo, están terriblemente furiosos conmigo. Les he vapuleado un poco a Tholuck y a Neander, y no he puesto a Ranke entre los *Superi*, y eso los ha enfurecido. Además, le he escrito a Heuser cosas divinamente alocadas sobre Beethoven. – He leído una comedia muy bonita, *¡Ay del que miente!*, de Grillparzer en Viena, que está muy por encima de la rutina chapucera actual de la comedia. Aquí y allí brilla también un espíritu noble y libre para quien la censura austríaca es una carga insoportable. Se ve el trabajo que le cuesta pintar a un noble aristócrata de tal modo que el noble censor no encuentre motivo de objeción.

¡Oh Tempores, oh moria, truenos y Doria! Hoy es cinco de febrero; es vergonzoso que sea tan perezoso, pero no puedo remediarlo; Dios sabe que ahora no estoy haciendo nada. Tengo varios ensayos entre manos, pero no avanzan, y cuando quiero escribir versos por la noche, siempre he comido tanto que no puedo librarme del sueño. – Me gustaría mucho hacer un viaje este verano, por territorio danés, Holstein, Jutlandia, Selandia, Rügen. Tengo que conseguir que mi viejo me envíe a mi hermano; le arrastraré conmigo. Tengo un ansia inmensa de ver el mar, y qué interesante relato de viaje se podría hacer; luego se podría sacar junto con algunos poemas. El tiempo es ahora tan divino y no puedo salir; me gustaría muchísimo; es una maldita contrariedad.

Éste es un gordo corredor de azúcar que sale ahora de casa,
cuya frase ritual es: «según mi opinión a». Cuando ha hablado
con alguien en la Bolsa y se despide, dice regularmente:
«¡Que usted viva bien!» Se llama Joh. H. Bergmann.

Hay gentes conmovedoras aquí. Así que te esbozaré en seguida otro cuadro de la vida:

Este viejo está borracho todas las mañanas, y entonces
se planta delante de su puerta y grita, golpeándose el pecho:
¡Ick bin Borger! es decir: ¡Te doy gracias, Dios, por no ser
como ésos, hannoverianos, oldenburgueses o incluso franceses,
sino un Bremer Borger, un hijo nativo de Bremen!

La expresión facial de las viejas de aquí, de todas las clases, es verdaderamente repulsiva.

Especialmente la de la derecha con la nariz chata es una bremera cabal.

El discurso del obispo Eylert en la Fiesta de la Orden tiene un mérito esencial; ahora se sabe a qué atenerse con el rey, y su perjurio es oficial. El mismo rey que, en el año 1815, cuando se asustó, prometió a sus súbditos mediante una orden de gabinete que, si le sacaban del aprieto, recibirían una constitución, el mismo roñoso, perro vil, rey abandonado de Dios hace proclamar ahora por Eylert que nadie recibirá de él una constitución, porque «Todos para uno y uno para todos es el principio prusiano de gobierno», y «Nadie remienda un trapo viejo sobre un vestido nuevo». ¿Sabes por qué está prohibido en Prusia el cuarto tomo de Rotteck? Porque dice que nuestro majestático mocoso de Berlín reconoció la Constitución española de 1812 en 1814, y sin embargo en 1823 envió a los franceses a España para destruir esta constitución y devolver a los españoles el noble presente de la Inquisición y la tortura. En 1826, Ripoll fue quemado en Valencia por orden de la Inquisición, y su sangre y la sangre de veintitrés mil nobles españoles, que languidecieron en la cárcel a causa de sus opiniones liberales y heréticas, pesan sobre la conciencia de Federico Guillermo III, «el Justo».

Lo odio, y, además de a él, quizá sólo odio a otros dos o tres; lo odio a muerte; y si no tuviera que despreciarlo tanto, este mierda, lo odiaría aún más. Napoleón era un ángel comparado con él; el rey de Hannover es un dios comparado con nuestro rey, si es que éste es un ser humano. No hay época tan rica en crímenes reales como el período de 1816 a 1830; casi todos los príncipes que reinaron entonces merecían la pena de muerte. El piadoso Carlos X, el traicionero Fernando VII de España, Francisco de Austria, esa máquina que no sirve para nada más que para firmar sentencias de muerte y soñar con carbonarios, Dom Miguel, que es un canalla más grande que todos los héroes de la Revolución Francesa juntos, y a quien Prusia, Rusia y Austria reconocieron alegremente cuando se bañaba en la sangre de los mejores portugueses, y el parricida Alejandro de Rusia, así como su digno hermano Nicolás, de cuyas abominables acciones sería superfluo malgastar una palabra más — ¡oh, podría contaros historias deliciosas de lo mucho que los príncipes aman a sus súbditos! — sólo espero algo bueno de aquel príncipe contra quien los bofetones de su pueblo zumban en torno a sus oídos, y cuyas ventanas del palacio son destrozadas por las pedradas de la revolución.

Adiós.
Tuyo,
Friedrich Engels.