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Segunda página del manuscrito

Marx a César De Paepe, no más tarde del 21 de noviembre 
1865 (Br. 344) 
Copia

Texto

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176

201

209

333

353

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511

Aparato

727

811
812

875
897
925
947
1073

1255
1255

1303
1303

1317

CARTAS 
DE Y A 
KARL MARX 
Y FRIEDRICH ENGELS 
OCTUBRE DE 1864 
A DICIEMBRE DE 1865

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30

1

Sophie von Hatzfeldt a Karl Marx 
en Londres 
Berlín, sábado, 1 de octubre de 1864

I Berlín
1° de octubre de 1864

Querido Marx, su carta fue para mí un verdadero consuelo. Sus palabras me llegaron al 
corazón porque evidentemente brotaban del suyo. Todavía no puedo escribir cartas largas; 
decir con qué espanto me ha alcanzado este golpe, cómo me ha aniquilado, sería, de todos 
modos, imposible. Para una pérdida así no existe el tiempo; para mí queda eternamente como 
acabada de sufrir. No me ha sido ahorrado nada de ello, tampoco en los detalles. No me queda 
sino un solo quehacer en este mundo: defenderle, elevar su memoria tan alto y tan sublimemente 
que ninguna calumnia alcance a tocarla. Pero también en ello encuentro por doquier obstáculos 
para la realización (p. ej., el folleto que hay que escribir: el cuadro entero se halla ante mí con 
toda claridad; cada palabra que él pronunció está grabada en mi cerebro), pero no soy capaz 
de escribir. El partido entero, que desde su muerte crece con ímpetu y está poseído –pues lo 
consideran el nuevo redentor– de la mayor furia vindicativa y del mayor entusiasmo por él, 
me exige tormentosamente un escrito de partido, una apoteosis suya. Él debe seguir actuando 
incluso desde la tumba. Tal es también mi propósito, mi idea; pero por todas partes surgen trabas 
para la realización: miramientos hacia enemigos, indiferentes, etc. Sensatez, petite morale. Junto
con mi profundo pesar, padezco aún mucho, y aquel que siempre lo supo, que podía contemplar 
grandiosamente todas las cosas, ya no está aquí, nadie me comprende ya, y estoy desvalida. 
Y sin embargo debo hacerlo, pues sólo para eso me ha dejado él aquí. Es muy natural que el 
malentendido que en los últimos tiempos reinó entre ustedes le sea ahora tan penoso. || Él 
lo quería a usted verdaderamente, y con tanto gusto le hacía plena justicia en cada ocasión, 
cómo el gozoso reconocimiento era, en general, un tono fundamental de su naturaleza grandemente 
dispuesta. Y usted ha sabido ciertamente también todo lo grande y bueno que en él había; ahora 
brilla con tanta más luz desde que la muerte le ha quitado las pequeñas manchas inseparables 
de la existencia terrenal. Liebknecht me dice que es probable que usted vaya pronto a Holanda; 
¿no se decidiría usted a venir entonces también a Berlín? Sería para mí un gran consuelo, pues 
usted es uno de sus más antiguos amigos.

Adiós, querido Marx, y tenga la seguridad de mi cordial amistad.

SvHatzfeldt. |