Querido Engels,

Muchas gracias por las 50 libras y por la rapidez con que vino la ayuda.

Me ha divertido mucho la parte de tu carta que trata de la «obra de arte» to be. Pero me has entendido mal. El único punto en cuestión es si pasar a limpio una parte del manuscrito y enviarla al librero, o terminar de escribir primero el conjunto. Yo me he decidido por esto último, por muchas razones. Con ello no se ha perdido tiempo en lo que atañe al propio trabajo; sí, en cambio, algún tiempo para la impresión, que, por otra parte, una vez comenzada, ya no podría interrumpirse de ningún modo ahora. Por lo demás, teniendo en cuenta el termómetro, la cosa ha avanzado tan deprisa como hubiera sido posible para cualquiera, incluso sin miramientos artísticos. Como, además, tengo un límite máximo de 60 pliegos de imprenta, me es absolutamente necesario tener todo el conjunto ante mí para saber cuánto hay que condensar y suprimir, a fin de que las distintas partes guarden una proporción equilibrada dentro de los límites prescritos. Por lo demás, puedes estar seguro de que se hace todo lo posible para terminar cuanto antes, pues esta cosa me pesa como una pesadilla. No sólo me impide hacer cualquier otra cosa, sino que también es condenadamente molesto, cuando al público se le entretiene más o menos con laureles futuros (si bien no por mí, sí por Liebknecht y otros). Y sé, además, que el tiempo no permanecerá siempre tan tranquilo como lo está justamente ahora.

Eichhoff me ha escrito unas líneas, pero no vino a casa por sus ocupaciones. En su carta anunciaba una visita de Dronke (que estuvo aquí ayer), pero de un modo tan confuso que no había manera de sacar nada en claro del escrito. El «informe» se pega a nuestro pobre Eichhoff como su propia piel, y no habrá operación que lo separe de él.

¿Qué dices de las producciones patriótico-liberal-poéticas de Siebeis? Todo eso parece escrito en la más tétrica resaca. Es puro disparate y supera a todo lo que nuestro amigo ha producido antes.

El intento de los «socialdemócratas» de pasarse al lado burgués es signo del más completo fiasco, aunque comparto contigo la opinión de que las primeras convocatorias en Berlín no se produjeron sin incitación de parte ministerial. Por lo demás, la otra secta de los lassalleanos, que a consecuencia de nuestra declaración dieron media vuelta contra el Soc.-Democ., es también una gentuza de lo más miserable. Estos sujetos no sólo se pelean con B. Becker y consortes sobre quién posee la verdadera fe en Lassalle, sino que diversas comunidades de ellos han hecho imprimir la frase, inspirada por la vieja Hatzfeldt y directamente acuñada contra nosotros, de que será declarado traidor al «pueblo» todo aquel que ose derribar o cambiar siquiera una tilde de las verdades reveladas por Lassalle.

A Liebknecht no le he respondido desde hace mucho tiempo, a pesar de varios billetes que me ha enviado, pero lo haré ahora. Él está por ahora en Hannover, su mujer aún en Berlín. Mi silencio se debió en parte a que he estado muy ocupado y, además, ya tenía bastante con mis propias tribulaciones. Por otra parte, estaba realmente furioso con él por los disparates que había soltado sobre mí en la Liga Lassalleana de Berlín, y que pueden leerse en el panfleto de mala muerte, publicado por la vieja marrana a través de un tal Schilling (Farthing sería el nombre más apropiado), sobre la expulsión de B. Becker de dicha liga. Con su habitual talento para, por pereza, ignorar los hechos, el tipo suelta las mayores estupideces sobre el manuscrito de Bangya, mi mediación a favor de Becker con respecto al «Beobachter» de Viena, etc. Y, además, toda la manera en que se presenta como mi «patrón» y me «disculpa» ante esos mequetrefes berlineses por el hecho de que no conozcan mis trabajos; en suma, hace como si yo no hubiera hecho hasta ahora nada en el mundo activo. Dejé, pues, pasar algún tiempo para no decirle groserías y para calmarme pensando que Liebknecht tiene que funcionar como Liebknecht y que sus intenciones son «buenas». Los 30.000 miembros del «Altgesellenverein» de Berlín, así como la asociación de impresores de allí, le organizaron una especie de ovación con motivo de su expulsión. Con su optimismo habitual, el pequeño Wilhelm ve «al proletariado berlinés a mis (es decir, sus) pies y a los nuestros (tú y yo)». Sin embargo, no ha logrado formar para la Asociación Internacional ni una sola sección de 6 hombres en Alemania, aunque este sanguíneo debiera comprender que no puedo hacer pasar sus ilusiones por moneda contante entre los ingleses. También me escribía constantemente a propósito de mi «libro». Pero cuantas veces le envié «libros» (primero, todo el resto de «Vogt», luego todo el resto de los «Procesos de los comunistas»), a petición suya la más sanguínea, y tan pronto como los recibía, nunca volví a oír ni una palabra al respecto. El señor Groote, diputado progresista por Düsseldorf, le ha escrito que su actuación en Berlín ha sido más útil que la de 100 diputados progresistas.

Edgar se ha pescado un resfriado últimamente, que se le ha subido a la nariz, la cual presenta, a consecuencia de este accidente, un aspecto digno de Bardolfo.

Durante el tiempo caluroso he estado trabajando constantemente día y noche con la ventana abierta. Consecuencia: un reumatismo en el brazo derecho, especialmente en el omóplato, muy doloroso y que me dificulta escribir y, sobre todo, cualquier movimiento de elevación. Lo desagradable que es la cosa lo ves por el hecho de que instintivamente grito cuando, por descuido, levanto el brazo en la cama por la noche. ¿Sabe Gumpert algún remedio para esto?

Sabrás que el digno Gottfried Kinkel, en la fiesta de gimnastas de París, rechazó la corona de laurel que le ofrecía un judío que presidía, con estas palabras: «No quiero corona alguna, tampoco corona de laurel», añadiendo al mismo tiempo, en términos bastante crudos, que de ningún modo había renunciado a sus aspiraciones a la presidencia de la república alemana, el «cargo» que le corresponde. El «Nordstern» se burló de él muy bien, tanto por lo melodramático de la escena como por todo su discurso, que fue de una ordinariez rastrera. La fiesta empezó con un brindis por Badinguet.

¿Dónde está Strohn?

No olvides, tan pronto como tengas ganas y tiempo, enviarme algo «continental» para el «Miner».

Muchos recuerdos para ti de toda la familia y míos para Mrs. Lizzy.

Tuyo,

K. Marx