en Manchester  
Londres, sábado, 10 de diciembre de 1864  

10 de diciembre de 1864.  
Querido Fred,  

Mi cumplido a la señora Lizy.  

Tú ya me habías dado antes tu dirección particular, pero no la «firma» bajo la cual escribir. Me alegra tenerla ahora, pues a veces es conveniente mandarte unas líneas los sábados.  

Las 51 libras para Wilhelm van hoy a Berlín.  

No me has devuelto a Becker. La carta del «Rojo», por muy astutamente que crea siempre haber salido del asunto, es un documento que una buena mañana puede encontrarse con que se vuelve contra él para fines imprevistos. La vieja Hatzfeldt, por lo demás, se encargará de que la declaración llegue a su destino.  

¿Qué hay de la expedición de Sherman?  

A propósito. Se dice que vuestro Poor House Purdy, durante la hambruna del algodón, publicó un documento sumamente infame en el que, apoyándose en la supuesta mejora de la salud de los obreros del algodón, recomendaba reducir el auxilio al mínimo, a consecuencia de lo cual, según parece, estallaron enfermedades del hambre en el este de Lancashire. (Esto en los primeros compases de la hambruna del algodón.) ¿Sabes algo al respecto? Y, en general, ¿podrías procurarme los papeles oficiales (del comité, etc.) referentes a la hambruna del algodón que haya en Manchester?  

Lothario Bucher, a quien Lassalle nombró su albacea testamentario y dejó una renta anual de ciento cincuenta libras esterlinas, se ha pasado, como probablemente ya sabrás, al campo de Bismarck. El barón Itzig mismo quizás habría hecho lo propio como «ministro del Trabajo», marqués de Posa del Felipe II uckermärkés, pero no al pequeño modo de Lothario, con quien la Hatzfeldt está enemistada y que ahora puede estrechar la mano de Edgar Bauer y del cónsul prusiano en Milán, el señor R. Schramm. Los prusianos buscaban para el p. p. S. un puesto «donde no se necesite ningún examen». El señor Rodbertus también me parece que lleva en su escudo «Beses», pues quiere que «la cuestión social esté completamente separada de la política», indicio seguro de veleidades ministeriales. ¡Gentúaza, toda esa chusma de Berlín, la Marca y Pomerania!  

A mí me parece que hay un entendimiento secreto entre Prusia, Rusia y Francia para la guerra contra Austria la próxima primavera. Venecia, naturalmente, dará el grito de guerra. Los austríacos se comportan con una cobardía y una estupidez sin fondo. Esto viene de que Francisco José se mete personalmente en la política austríaca. Buol-Schauenstein, etc., todos los hombres de Estado razonables tienen que callarse el pico, y los agentes rusos, semejantes sujetos notorios, como el actual ministro de Asuntos Exteriores austríaco, llevan la voz cantante. Con todo ello, el comportamiento de Austria sería inexplicable si esos tipos no confiasen en pérfidas promesas prusianas o no estuviesen decididos a aceptar la compensación, prometida desde hace tiempo, en Turquía.  

¿Qué dices de los profundos descubrimientos de Collet —de la mano de Urquhart— sobre Nabucodonosor y la ascendencia de los rusos de los asirios, y el ulterior descubrimiento que se cita como de «Urquhart»: que en Italia el Papa es lo único real?  

El número de hoy de «The Miner and Workman’s Advocate» —el Moniteur de los mineros de Inglaterra y Gales— trae mi alocución completa. Los «Bricklayers» de Londres (más de tres mil hombres) han declarado su adhesión a la Asociación Internacional, unos tipos que hasta ahora nunca se habían sumado a movimiento alguno.  

El martes pasado hubo sesión del subcomité, en la que el señor Peter Fox (su verdadero nombre es P. Fox André) nos presentó su alocución sobre Polonia. (Estos asuntos se ventilan siempre antes en el subcomité, antes de pasar al Comité General.) La cosa no está mal escrita, y F. se ha esforzado por aplicar la reducción a «clases», que por lo demás le es ajena, al menos a modo de tinte. Su especialidad propia es la política exterior, y solo como propagandista ateo ha tenido que ver con las clases trabajadoras en cuanto tales.  

Pero así de fácil como resulta imponer lo racional entre los obreros ingleses, otro tanto hay que estar en guardia en cuanto literatos, burgueses o semiliteratos participan en el movimiento. Fox, al igual que su amigo Beesly (profesor de economía política en la Universidad de Londres, que presidió la reunión fundacional en St. Martin’s Hall) y otros «demócratas», tienen, en contraposición a lo que llaman no sin razón la tradición aristocrática inglesa, y como continuación de lo que denominan la tradición democrática inglesa de 1791 y siguientes, un fanático «amor» por Francia, que extienden, en lo tocante a la política exterior, no solo a Napoleón I, sino incluso a Boustrapa. ¡Bien! El señor Fox, no contento con decir en su alocución (que, por lo demás, no debe aparecer como alocución de la Asociación General, sino como alocución de la parte inglesa sobre la cuestión polaca, con la sanción del Comité General) a los polacos lo que es verdad: que el pueblo francés tiene mejores tradiciones respecto a ellos que los ingleses, remata su alocución consolando principalmente a los polacos con la pasión de amistad que han abrazado las clases trabajadoras inglesas por los demócratas franceses. A esto me opuse y desplegué un cuadro históricamente irrefutable de la constante traición de los franceses a Polonia, desde Luis XV hasta Bonaparte III. Al mismo tiempo, señalé lo completamente inadecuado de que como «núcleo» de la Asociación Internacional se presentase la alianza anglo-francesa, solo que en edición democrática. En resumidas cuentas, la alocución de Fox fue aceptada por el subcomité con la condición de que modificase el final según mis propuestas. Jung, el secretario suizo (de la Suiza francesa), declaró que, como minoría en el Consejo General, pediría el rechazo de la alocución por considerarla enteramente «burguesa».  

Nuestro mayor Wolff ha sido encerrado por los piamonteses en la fortaleza de Alejandría, por lo pronto.  

Louis Blanc ha escrito al secretario general Kremer diciendo que aprueba la alocución, que lamenta no haber podido asistir a la reunión de St. Martin’s Hall, etc. En conjunto, su carta no persigue otro fin que ser invitado como miembro honorario. Presintiendo que se harían intentos de esa índole, yo, sin embargo, ya había hecho aprobar felizmente el estatuto de que nadie (salvo las sociedades obreras) pueda ser invitado y de que ninguna persona pueda ser miembro honorario.  

Salut  
D  
KM  

Gumpert recibirá la fotografía en cuanto me envíe la de su mujer, prometida desde hace tiempo.