en Londres  
Manchester, miércoles, 16 de noviembre de 1864  

Manchester, 16 de nov. de 1864.  
Querido Mohr:  

Me alegra que el carbunclo esté felizmente en vías de curación. Esperemos que sea el último. Pero toma arsénico.  

El acuse de recibo del amable secretario privado lo he recibido con agradecimiento.  

Adjunto unas líneas para el Schweitzer. Es muy bueno que volvamos a tener un órgano, y muy bueno que Liebknecht (con tal de que no se haga ilusiones) sea corredactor; eso ya da ciertas garantías. Sin embargo, hacemos mejor en no dejar ver nuestro celo, pues 1) L. no es diplomático y no se puede contar demasiado con su clarividencia, 2) la condesa querrá hacer prevalecer en el periódico, ante todo, por delante, por detrás y en el centro, la consabida “apoteosis”, y 3) primero tenemos que saber a quiénes más se han dirigido esas gentes. Tú quizá estés mejor informado que yo, pero en las cartas de L. que me has enviado no se ha hablado nunca ni del periódico ni de ese Schweitzer, así que estoy muy a oscuras. Por eso he pedido aclaración sobre en compañía de quiénes vamos a figurar. Podríamos tener al lado al señor Karl Grün o a gentuza semejante.  

¡Pero qué título más cochino: *Der Sozialdemokrat*! ¡Por qué esos tipos no llaman la cosa sencillamente *el Proletarier*!  

Los papeles adjuntos te los devuelvo con agradecimiento. ¿Por qué no mandas la prometida carta de Solingen?  

A propósito del disparate de Emma Herwegh se me ocurre la siguiente tentativa de hacer de Lassalle un semidiós: solo su naturaleza enorme lo mantuvo tanto tiempo con vida, cualquier otro habría reventado a las 2 horas de la herida — pregúntale de paso a Allen sobre la evolución de una peritonitis (*Bauchfellentzündung*) a consecuencia de una herida, y oirás decir que a las 2 horas la inflamación casi no ha aparecido aún y que casi nunca mata antes de 24 horas, por lo general más tarde. Ésa es la verdadera gente para divinizar.  

Schaaffhausen en Bonn ha pronunciado una bonita conferencia sobre el hombre y el mono, señalando que los antropoides asiáticos, al igual que los hombres de allí, son de cráneo redondo, mientras que los africanos son ambos de cráneo alargado, y observó al respecto que, en el estado actual de la ciencia, éste es el argumento más fuerte contra la unidad del género humano. ¡Eso lo hubiera dicho alguien en Inglaterra en una asamblea de naturalistas!  

Es muy hermoso cómo Müller y el cura Cappell han puesto en ridículo todavía en el patíbulo a la pandilla de Kinkel, Juch y Cía. Hacía mucho que no me encontraba con algo tan absurdo como el comportamiento de esos tipos. Pero Gottfried tiene suerte con las gentes por las que se presenta. Primero MacDonald, luego Müller. Esa presunción de los señores ha inducido también de inmediato a Koehl a cortar el cuello al otro mozo en el barco del Támesis. Estate atento: con este motivo también volverán a descubrir toda una sarta de nidos de yegua.  

Saludos cordiales a los tuyos.  
Tuyo  
F. E.