en Aachen  
Londres, martes 29 de marzo de 1864  

I 1, Modena Villas, Maitland Park,  
Haverstock Hill N.W., Londres.  

Querido tío,  

Supongo que usted ya está o todavía está en Aachen, y por eso dirijo estas líneas allí. Si hubiera usted querido esperar a que hiciera buen tiempo, habría tenido que quedarse en Bommel hasta ahora. Aquí, al menos, el mes de marzo fue bastante abominable, salvo uno o dos días buenos: frío, húmedo y cambiante a cada momento. Quizá sea ésta la razón por la que no he podido librarme hasta ahora del embrutecimiento que me causan los furúnculos. Maldigo por ello, pero a escondidas.  

La pequeña Eleanor lleva dos días con una tos algo fuerte, y eso le impide escribirte. Sin embargo, me encarga que te mande muchos saludos y, con respecto a la cuestión danesa, me ruega que te diga que «a ella no le importa nada de eso, y que considera a una de las partes en la disputa tan mala como a la otra, y quizá peor».  

La dificultad de entender la política prusiana surge únicamente del prejuicio de la gente que le atribuye fines y planes serios y de largo alcance. De esa misma manera, por ejemplo, la Biblia de los mormones es también muy difícil de entender, pues no contiene ni una chispa de entendimiento. En primer lugar, Prusia se proponía hacer popular al ejército, fin al que ya en 1848 tuvieron que servir las campañas de Schleswig-Holstein. En segundo lugar, se trataba de cerrar el terreno a los cuerpos francos alemanes, a los demócratas y a los pequeños Estados. Por último, se supone que Prusia y Austria, mediante la presión desde fuera, han de capacitar al rey de los daneses —que está jugando con ellos bajo el mismo gorro— a obligar a los daneses a hacer ciertas concesiones en el exterior y en el interior. Naturalmente, Austria no podía dejarle a Prusia el juego de roles, y aprovechó a la vez la ocasión para formalizar con ella una alianza más estrecha ante otras peripecias.  

El 12 de abril se reúne en Londres la conferencia. En el caso más extremo, decidirá la unión personal de Schleswig y Holstein con Dinamarca, quizá incluso menos, pero en ningún caso más.  

Lo poco seria que es toda esta historia, a pesar de la pólvora, el plomo y las sangrías, lo ves ya en que ni Prusia y Austria han declarado la guerra a Dinamarca, ni Dinamarca a Prusia y Austria, hasta este mismo momento. No hay mejor medio para echar arena a los ojos que hacer marchar ejércitos, piafar caballos y tronar cañones.  

A pesar de todo, conflictos graves pueden ser inminentes. Bonaparte se ve casi obligado a hacer que sus tropas emprendan de nuevo un negocio de exportación de «libertad», a consecuencia del gran descontento que no solo existe en París, sino que se manifiesta provocativamente en las elecciones. Y los perros de Prusia le han allanado el camino esta vez.  

El viaje de Garibaldi a Inglaterra y las grandes ovaciones que aquí recibirá de todos lados son meramente, o al menos pretenden ser, la obertura de un nuevo levantamiento contra Austria. Esta última, como aliada de los prusianos en Holstein-Schleswig, y aliada de los rusos mediante el estado de sitio en Galitzia, ha facilitado mucho el juego a sus enemigos. Una nueva Santa Alianza, con las condiciones actuales en Polonia, Hungría, Italia, el estado de ánimo popular en Alemania y la posición completamente alterada de Inglaterra, capacitaría incluso a Napoleón el Pequeño para hacer el papel de grande. La prolongación de la paz sería lo mejor en este momento, pues toda guerra aplaza la revolución en Francia.  

¡Dios me maldiga! ¡Si hay algo más estúpido que este tablero de ajedrez político!  

En realidad, tenía la intención de escribirte aún sobre dos cosas: la división romana y la oscuridad en el espacio exterior. Pero como se hace de noche, el papel se acaba y el correo está a punto de cerrarse, tengo que terminar por esta vez con los mejores saludos de toda la familia.  
Lo mismo para Karl y su esposa, Jean, etc.  

Tu fiel sobrino  
K. Marx  

¡No olvide usted, señor, que me prometió su fotograma!