Gasthof v. Venedig. Trier. 15 de dic. de 1863. Miércoles

Querida y buena Jenny de mi corazón,

Hoy hace exactamente ocho días que llegué aquí. Mañana viajo a Fráncfort, a casa de la tía Esther (notabene: la señora que estuvo en Trier, antes en Argel, y que vive en casa de la tía, es también hermana de mi padre, también tía, se llama Babette, vulgo «Bäbchen», es rica). De Fráncfort iré a Bommel, como ayer le anuncié al tío, probablemente para su espanto.

Si no te escribo hasta tan tarde, no ha sido en modo alguno por olvido. Todo lo contrario. He peregrinado a diario hasta la vieja casa de los Westphal (en la Neustrasse), que me ha interesado más que todas las antigüedades romanas, porque me recuerda la época más feliz de mi juventud y guardó a mi mejor tesoro. Además, a diario me preguntan, a izquierda y derecha, por la otrora «muchacha más hermosa de Tréveris» y la «reina del baile». Es condenadamente agradable para un hombre que su mujer perviva así, en la imaginación de toda una ciudad, como «princesa encantada».

La razón de que no escribiera es que cada día quería escribir algo concreto, pero hasta este momento aún no sé nada concreto.

La cosa está así. Cuando llegué, lo encontré todo, naturalmente, bajo sellos, salvo los muebles de uso diario. La madre, con su acostumbrada «manía directorial», le había dicho a Conradi que no se preocupara de nada; que ella lo había dispuesto todo de modo que el tío «todo» lo arreglaría. Lo que ella le había entregado a Conradi era una copia notarial de una especie de testamento, que no contenía más que las siguientes disposiciones: 1) A Emilie le lega todos los muebles y la ropa blanca, a excepción de los objetos de plata y oro; 2) A su hijo Carl le condona los 1 100 etc. táleros; 3) A Sophie, el retrato del padre. Eso es todo el testamento. (Notabene: Sophie tiene al año 1 000 táleros, que le han sido dados en su mayor parte por los Philips. Ya ves que mis parientes son «gentes» decentes.)

Además de ese papelucho, mi madre había depositado judicialmente otro testamento (ahora inválido). Éste era de fecha anterior y fue revocado por el último testamento. Se redactó antes del matrimonio de Emilie. En él legaba a Emilie el usufructo de todo cuanto podía disponer. Allí nombraba además albaceas testamentarios a los tíos Martin y Philips. Ella —o, mejor dicho, el notario borrachín Zell (que en gloria esté)— olvidó repetir esta cláusula de los albaceas testamentarios en el papelucho ahora único vigente y arriba descrito, de modo que el tío es albacea únicamente en virtud de nuestra «bonne grâce» (yo tengo naturalmente «motivo» para ello). Sobre el verdadero estado del patrimonio aún no sé nada, porque todos los papeles están en el armario sellado. Aún no se ha procedido a levantar los sellos, debido a las dilaciones y rodeos que consumen tiempo y que es preciso agotar antes de que lleguen aquí los poderes holandeses (para Juta y Sophie). Esto me resulta demasiado largo. Por eso dejo un poder a Conradi. Además, aquí en Tréveris no queda nada (Grünberg se vendió hace tiempo) salvo 5 carretadas de vino de 1858, que mi madre no quiso vender en momento favorable, y algunos objetos de oro y plata. Esto se repartirá por partes iguales entre los herederos. Pero el patrimonio real está por entero en manos del tío.

Mi madre murió a las 4 de la tarde del 30 de noviembre, en el día y a la hora de su casamiento. Ella había predicho que moriría en esa fecha.

Hoy me ocupo de los asuntos del señor Demuth y de Lieschen. Te escribiré con más detalle desde Fráncfort o desde Bommel. Un cordial saludo a todos. Besa a todos de mi parte, y muy especialmente, miles y miles de veces al Chinese Successor.

Tu Karl

(Espero poder enviarte dinero con la próxima carta.)