Querido Mohr,

Debes disculpar mi largo silencio. Hallábame en un estado harto desolado, del cual al fin tuve que salir a fuerza de trabajo. Intenté con las lenguas eslavas, pero la soledad me era insoportable. Hubeme de distraer violentamente. Dio resultado, y ahora soy de nuevo el viejo muchacho.

Los polacos son unos muchachos espléndidos. Si resisten hasta el 15 de marzo, la cosa estallará en toda Rusia. Al principio tuve un miedo infernal de que el asunto saliera mal. Pero ahora las probabilidades de victoria casi superan ya a las de derrota. No hay que olvidar que la joven emigración polaca posee una literatura militar propia, en la que todos los puntos están tratados con especial consideración a las condiciones polacas, y que en ella la idea de la guerra de guerrillas en Polonia desempeña un papel muy importante y está tratada con todo detalle. También es curioso que los dos únicos jefes mencionados hasta ahora sean un judío de Varsovia, Frankowski, y un teniente prusiano, Langiewicz. Los señores rusos, con su torpeza, han de padecer horriblemente en esta guerra de guerrillas.

¿Has visto que Bakunin y Mierosławski se insultan mutuamente de mentirosos y se agarran de los pelos a través de las fronteras ruso-polacas? He encargado el Kolokol, y pienso encontrar en él más detalles al respecto. Por lo demás, tendré que sudar como un buey antes de volver a meterme en faena.

Los prusianos se comportan, como siempre, de modo infame. El señor Bismarck sabe que le va el pellejo si Polonia y Rusia se revolucionan. Por lo demás, con la intervención prusiana no hay prisa alguna. Mientras no sea necesaria, los rusos no la permitirán, y cuando se vuelva necesaria, los prusianos se guardarán de acudir.

Si la cosa sale mal en Polonia, nos esperan probablemente un par de agudos años de reacción, pues entonces el zar ortodoxo volvería a erigirse en jefe de una Santa Alianza que haría aparecer de nuevo a Monsieur Bonaparte como el gran liberal y nacional ante los estúpidos Crapauds. ¡Qué cómico es, por cierto, que ahora toda la burguesía inglesa se lance sobre el Boustrapa, desde que Kinglake ha publicado una pequeña parte, a medio digerir y a medio oír, del chismorreo sobre él y su pandilla, que durante diez años no querían creernos! La literatura de revelaciones sobre la corte de París vuelve a ponerse de moda, y el señor Tom Taylor, en el Guardian, se da importancia con todas esas cosas sobre los Solms, Bonap., Wyse, el asunto Jecker, etc., que nosotros sabemos con mucha más precisión desde hace años. Solo una cosa es interesante: Jecker ya había proporcionado dinero para el complot de Estrasburgo o de Boulogne, para cuál de ellos, no lo sabe T. He ahí, pues, la conexión.

En Yankeeland la cosa tiene mal cariz. Cierto es que, con la ironía habitual de la historia universal, frente al filisteo, los demócratas se han convertido ahora en el partido de la guerra, y el poetastro en bancarrota Ch. Mackay ha vuelto a hacer el más espantoso ridículo. También oigo por fuentes privadas de Nueva York que los armamentos del Norte se prosiguen sobre un pie hasta ahora inaudito. Pero, por otra parte, los signos de relajación moral aumentan a diario, y la incapacidad para vencer se vuelve cada día mayor. ¿Dónde está el partido cuyo triunfo y advenimiento equivaldría a la prosecución de la guerra à outrance y con todos los medios? El pueblo está engañado, esa es la desgracia, y es una suerte que la paz sea una imposibilidad física, pues de lo contrario ya la habrían hecho hace tiempo, solo para poder vivir de nuevo para el todopoderoso dólar.

Un mayor confederado que participó en los combates de Richmond en el estado mayor de Lee me decía estos días que los rebels, según documentos que el propio Lee le mostró, ¡tenían al final de esos combates nada menos que 40 000 rezagados! Habló en particular de los regimientos occidentales de los federales con gran respeto, pero, por lo demás, es un asno.