Querido Engels,

Desde que te escribí, he tenido una temporada de lo más accidentada.  
El lunes vinieron los maniqueos, aunque no todos conforme a lo acordado.  
Repartí 151 libras entre ellos. Al más exigente le di una letra por 121 libras a 6 semanas vista (en realidad, como la daté a fin de este año, 7 semanas), confiándome al capítulo de los accidentes.

El miércoles partió mi mujer hacia París. Ayer por la noche regresó.  
Todo habría ido bien si, justo antes de su llegada, Abarbanel no hubiera sido paralizado por un ataque, de modo que, aunque con la cabeza en orden, yacía impotente en la cama. Por lo demás, la serie de desgracias por las que tuvo que pasar fue tragicómica. Primero, una gran tormenta en el mar; su barco escapó, otro cercano (viajaban vía Boulogne) se hundió. Abarbanel vive en las afueras de París. Mi mujer fue en ferrocarril hasta allí. Hubo un percance con la locomotora, de modo que el viaje se interrumpió durante 2 horas. Más tarde volcó un ómnibus en el que viajaba. Y ayer, en Londres, el cabriolé en el que iba sentada se enredó en las ruedas de otro. Ella se apeó y llegó a pie con dos muchachos que cargaban su baúl. Por lo demás, en París consiguió una cosa: vio a Massol, etc. Tan pronto como salga mi escrito, se publicará en francés.

Pero ahora la mayor desgracia. Marianne (la hermana de Lehnchen), a quien todos tenían por curada de un mal cardíaco desde hacía un año, comenzó a sentirse mal el día de la partida de mi mujer. El martes por la noche, 2 horas antes de la llegada de mi mujer, estaba muerta. Yo, junto con Lehnchen, me encargué de la asistencia a la enferma durante los siete días. Todos tuvieron malos presentimientos desde el primer día. El sábado a las 2 es el entierro, y entonces tendré que pagar al empresario de pompas fúnebres 7 libras y 21 chelines en el acto. Así que hay que procurarse ese dinero.

¡Vaya un bonito espectáculo navideño para los pobres niños!