en Londres 
Manchester, martes 9 de septiembre de 1862 

¡Manchester, 9 de septiembre de 1862
Querido Mohr

No tienes ni idea de lo que he tenido que meterle al trabajo en estos últimos tiempos. El maldito algodón ha subido a cinco veces su valor medio, y no puedes imaginarte el trabajo que ha dado mantener a toda la clientela al corriente de esas sucesivas subidas.

Espero que la Lassalliade con esa desdichada letra de cambio esté ya en orden y que estés en posesión del dinero. Por fin he llegado al punto de poder ir a Alemania el viernes, por quince días; en Londres, por desgracia, no puedo detenerme, el tiempo me viene demasiado justo, y la estúpida exposición me ha llegado a ser tan odiosa de oídas que me alegro de veras de no tener que verla. Pero escríbeme todavía un par de líneas sobre cómo ha ido lo de la letra y cómo está Jennychen, antes de que me vaya.

La teoría de la renta me ha resultado realmente demasiado abstracta en medio de esta cacería algodonera; tendré que meditar la cosa cuando tenga más sosiego. Y lo mismo digo del asunto del desgaste, respecto del cual casi me inclino a creer que has dado con una pista equivocada. Porque el tiempo de desgaste no es el mismo para todas las máquinas. Pero de esto hablaremos más cuando vuelva.

Algunos tipos de aquí han ganado un dineral durante esta subida. En casa no nos va a quedar nada, en parte porque el bueno de Gottfried es, a fin de cuentas, un cagón, y en parte porque el hilandero, en general, no gana nada en este período. Las comisionistas se lo han embolsado todo.

Lo de la segunda batalla de Bull Run ha sido una estupenda jugada de Stonewall Jackson, que es con mucho el mejor de los hombres de América. Si hubiese sido apoyado por un ataque frontal del ejército principal confederado y todo hubiese funcionado (aunque solo fuera a medias), es probable que el señor Pope se las hubiera tenido tiesas. Pero, tal como están las cosas, el asunto no ha conducido a nada, salvo a que los confederados hayan ganado una gran ventaja moral —respeto a su espíritu emprendedor y a Jackson— y unas cuantas millas cuadradas de terreno, mientras que, en cambio, han acelerado la unificación y concentración de todo el ejército federal ante Washington. Ahora seguramente sabremos por el próximo vapor otras noticias de nuevos combates, en los que los federales bien podrían resultar victoriosos si sus generales no fuesen tan rematadamente estúpidos. ¡Pero, qué se va a hacer con semejante chusma! Pope es el más piojoso de todos, no sabe más que darse pisto, revocar, mentir y ocultar sus fracasos. Verdaderamente, el listillo del Estado Mayor, McClellan, vuelve a aparecérsele a uno ahora casi como un hombre sensato. Y encima, la orden de que todos los futuros mayores generales tengan que aprobar el examen de alférez prusiano. Es demasiado lamentable, y los tipos del Sur, que al menos saben lo que quieren, me parecen héroes en comparación con la lánguida administración del Norte. ¿O acaso sigues creyendo que los señores del Norte aplastarán la “rebelión”?

Adiós, tuyo
F. E.