16 de junio de 1862.

Querido Lassalle:

Bucher me ha enviado ciertamente tres «Julian Schmidt», pero ninguna otra de las obras que mencionas. El «Señor Schmidt, señor Schmidt» (del que he remitido a Engels y a Wolff los ejemplares destinados a ellos) me resultó tanto más bienvenido cuanto que me encontró en un estado de ánimo en modo alguno alegre. Aparte de esto, aunque de Schmidt no he leído sino muy poco, apenas hojeado, el tipo siempre me fue profundamente antipático, como compendio del esnobismo de clase media, tan repugnante también literariamente. Das a entender con razón que tu ataque apunta indirectamente a la plebe culta de la clase media. Esta vez se dice: se golpea al asno y se apunta al saco. Puesto que por el momento no podemos «cortar» directamente las orejas a este saco, se hace cada vez más necesario que nosotros demos el golpe de gracia — con la pluma — a las cabezas de los más vociferantes y presuntuosos asnos de su cultura, aunque el pobre Meyen, en el *Freischütz*, encontrara este «juego literario de la guillotina» tan infantil como bárbaro. De todo, lo que más me ha divertido ha sido el *Schwabenspiegel* y los «siete» sabios, por poco digo los «siete suabos» de Grecia. De paso — ya que al hablar de Julian Schmidt, Julian el Grabowita (lo cual, sin embargo, es injusto, porque parece un golpe contra el Apóstata, al menos arroja some ridic sobre el otro Julian), se puede pasar del 100 al 1.000 — el logos en cuanto máscara característica (aquí, empero, la máscara en el buen sentido) de la filosofía griega me había ocupado ya mucho antes. En primer lugar, los siete suabos o sabios como precursores, los héroes mitológicos; luego, en el centro, Sócrates, y finalmente el sophos como ideal de los epicúreos, estoicos y escépticos. Además, me divirtió trazar una comparación entre este logos y su caricatura (en some respects), el «sage» francés del siglo XVIII. Luego, el sofista como una variación necesaria del sophos. Es característico para los modernos que la unión griega de carácter y saber, que reside en el sophos, se haya conservado en la conciencia popular solamente en los sofistas.

A propósito de Julian, no Julian el Grabowita, sino Julian el Apóstata, tuve hace poco una disputa con Engels, quien, como ya lo sabía yo al abrirse el *Krakehl*, esencialmente tenía razón. Pero tan específica es mi aversión al cristianismo, que siento predilección por el Apóstata y no lo he querido identificar ni con Federico Guillermo IV ni con cualquier otro reaccionario romántico, ni siquiera *mutatis mutandis*. ¿No te ocurre a ti lo mismo?

Tu amonestación acerca de Rodbertus y Roscher me recordó que aún he de tomar notas de ambos y sobre ambos. En lo que concierne a Rodbertus, en mi primera carta a ti no lo valoré con suficiente justicia. Verdaderamente hay en él muchas cosas buenas. Sólo su intento de una nueva teoría de la renta es casi infantil, cómico. Según él, en la agricultura no entra ninguna materia prima en el cálculo, porque — como R. asegura — el campesino alemán no se contabiliza a sí mismo como desembolso semillas, forraje, etc., || no mete estos costos de producción en la cuenta, ergo calcula mal. En Inglaterra, donde el *farmer* ya desde hace más de 150 años calcula correctamente, no podría existir, pues, renta de la tierra alguna. La conclusión no sería, por tanto, como R. la extrae, que el arrendatario paga una renta porque su tasa de ganancia sea más alta que en la manufactura, sino porque, a consecuencia de un cálculo falso, se contenta con una tasa de ganancia baja. Por lo demás, este ejemplo me muestra cómo el carácter parcialmente no desarrollado de las relaciones económicas alemanas ofusca necesariamente las cabezas. La teoría ricardiana de la renta de la tierra, en su versión actual, es incondicionalmente falsa, pero todo cuanto se ha aducido contra ella es o bien un malentendido o muestra, en el mejor de los casos, que ciertos fenómenos no concuerdan *prima facie* con la teoría de R. Esto último, a su vez, no habla en modo alguno en contra de una teoría. Las contra-teorías positivas en contra de Ric. son, por el contrario, 1.000 veces más falsas todavía. Por infantil que sea la solución positiva del señor Rodbertus, contiene sin embargo una tendencia correcta, cuya caracterización, empero, sería aquí demasiado prolija.

En lo que atañe a Roscher, no podré poner el libro a mi lado y hacerle algunas glosas marginales hasta dentro de algunas semanas. Me reservo a este sujeto para una nota. Al texto no se avienen tales discípulos profesional-profesorales. Roscher posee incondicionalmente mucha erudición literaria — a menudo completamente inútil —, aunque yo mismo vislumbro aquí al *alumnus* göttingués que hurga de manera poco libre en los tesoros literarios y, por así decirlo, sólo conoce la literatura «oficial»; respetable. Pero dejando eso de lado. ¿De qué me sirve un tipo que conociera toda la literatura matemática y no entendiese nada de matemáticas? ¡Semejante perro ecléctico, satisfecho de sí mismo, presuntuoso, moderadamente sesudo! Cuando un tal discípulo profesoril, que por naturaleza nunca ha ido más allá del aprender y del enseñar lo aprendido, que nunca llega al auto-esclarecimiento, cuando un tal Wagner fuera al menos honesto, escrupuloso, podría ser útil a sus discípulos. Si tan sólo no recurriera a falsos subterfugios y dijera abiertamente: aquí hay una contradicción; unos dicen esto, los otros aquello; yo, por la naturaleza de la cosa, no tengo criterio; ¡ahora vean cómo se abren paso ustedes mismos! De esta forma, los discípulos recibirían, de un lado, cierta materia y, del otro, serían guiados al trabajo autónomo. Pero, por supuesto, planteo aquí una exigencia que contradice la naturaleza del discípulo profesoril. Reside essentiallement en él el no entender las cuestiones mismas, y su eclecticismo, por consiguiente, no consiste, en realidad, más que en ir husmeando en torno a la cosecha de las respuestas dadas; pero ni siquiera aquí es honesto, sino always with an eye to the prejudices and the interests of his paymasters! Un picapedrero es respetable comparado con semejante canaille.

Ad vocem Toby. Si crees poder necesitar a Toby Meyen, utilízalo. Sólo no olvides que la compañía de un estúpido puede volverse muy comprometedora si no se toman grandes medidas de precaución.

En verdad somos pocos — y en ello reside nuestra fuerza.

A todos nos alegrará mucho verte aquí. Aparte de mí mismo, me sería muy querido por mi familia, ya que casi no ve nunca a un «hombre» desde que mis conocidos ingleses, alemanes y franceses residen fuera de Londres. A Mario no lo he visto. El amigo «Blind» le habrá prevenido sin duda de no acudir a un «hombre tan espantoso».

Salut
D
KM