en Manchester  
Londres, martes, 27 de mayo de 1862  

127 Mai. 62  
Querido Frederick,  

Los niños y la whole family te dan las gracias encarecidamente por la cesta de licores.  

Por la carta adjunta de Eichhoff reconocerás, en carne y hueso, el tipo de polémica que le encanta al cura Kinkel. ¡Qué sería Gottfried sin su meón!  

El Dr. Klein, en Colonia, ha ganado 35 000 táleros en la lotería prusiana; creo que aún no te lo había escrito. Es probable que ahora se case con la señora Daniels, si se mantiene en sus viejas ideas.  

Bernard, siempre muy excéntrico, y que, además, ha trabajado en exceso estas últimas semanas, ha caído ciertamente en «alucinación». Lo injusto del asunto es simplemente que se aprovechó de inmediato la ocasión para encerrarlo, lo cual era del todo innecesario, pues la familia en la que daba clases en Dorking quería hacerse cargo de su cuidado y de la responsabilidad. Y lo mismo Allsop. Pero la presencia de este último —que dio el dinero para el atentado de Orsini— y su nuevo encuentro con Bernard habían alarmado ya desde hace tiempo a la policía bonapartista, por encargo de la cual la policía inglesa vigilaba desde hacía tiempo a Bernard.  

El sábado pasado recibí una intimación sumaria de mi compañía del gas para que le pague 11 chelines y 10 peniques antes del próximo sábado; en caso contrario (es la última advertencia) me «cortarán el suministro». Como ahora estoy sin blanca, me veo obligado a recurrir a ti en este asunto asqueroso.  

La voladura del Merrimac me parece una cobardía evidente por parte de los canallas confederados. Esos perros aún podían arriesgar algo. Es maravillosamente hermoso cómo el Times (que defendió con tanto ardor las leyes de coacción contra Irlanda) se lamenta de que «la libertad» haya de perderse si el Norte tiraniza al Sur. El «Economist» también está bien. En su último número declara que el éxito financiero de los yanquis —la no depreciación del papel moneda— le resulta incomprensible (aunque la cosa es de una simpleza palmaria). Hasta ahora había consolado a sus lectores, semana tras semana, con esa depreciación. Y aunque ahora confiesa que no entiende lo que es de su incumbencia, y que ha inducido a error a sus lectores al respecto, ahora los consuela con sombrías preocupaciones sobre las «operaciones militares», de las que oficialmente no entiende nada.  

Lo que facilitó extraordinariamente a los yanquis las operaciones con papel moneda (presupuesto el punto principal: la confianza en su causa y, por tanto, en su gobierno) fue, sin duda, la circunstancia de que, a consecuencia de la secesión, el Oeste quedó casi desprovisto por completo de papel moneda, es decir, de medio circulante en general. Todos los bancos cuyas principales garantías consistían en bonos de los estados esclavistas quebraron. Además, desaparecieron barridos millones en moneda que circulaba en el Oeste en billetes directos de los bancos del Sur. Luego, los yanquis, en parte por el arancel Morrill, en parte por la guerra misma, que puso fin en gran medida a las importaciones de lujo, tuvieron a su favor la balanza comercial, y por consiguiente el tipo de cambio, durante todo el tiempo frente a Europa. Un tipo de cambio desfavorable podría haber afectado gravemente a la confianza patriótica en el papel por parte de los filisteos.  

Por lo demás, ¡esta ridícula preocupación de John Bull por los intereses de la deuda pública que el tío Sam tendrá que pagar! ¡Como si fuera más que una bagatela comparada con la deuda pública de Bull, y como si, además, los Estados Unidos no fueran ahora, sin duda alguna, más ricos de lo que eran los Bulls en 1815 con sus mil millones de deuda!  

¡Vaya manera de meter Pam a Bonaparte en el avispero mexicano!  

Ahora —ya por pura desesperación— estoy cavando a fondo y escribo como un condenado, me refiero a la historia de la economía política. En la «Presse» sale un artículo por semana. Y solo envío eso, conforme a la carta del señor Friedländer.  

Salud  
Tuyo  
K. M.  

Recuerdos a la señora Bortman y a su hermana.