Londres, miércoles, 26 de febrero de 1862  

I Londres, 26 de febrero de 1862.  
Querido Becker:

Sólo debe usted explicarse mi largo silencio por una razón: incapacidad para prestar ayuda. A consecuencia de la guerra civil americana perdí del todo mi principal fuente de ingresos durante un año. Más tarde (desde hace unos meses) volvió a abrirse ese «negocio», pero sobre una base muy «restringida». Pero en cuanto a conocidos, cuento con muy pocos que dispongan de algunos medios. Hace ya mucho tiempo, por ejemplo, que escribí a Siebel por asunto suyo, quien, sin embargo, según me dice Borkheim, no ha dado señales de vida. En Manchester, desgraciadamente, un par de «aventureros de la revolución, que viajaron a los Estados Unidos por la buena causa», se habían llevado todo lo disponible.

Por lo que respecta a la suscripción para su escrito, haré cuanto me sea posible, pero me prometo poco éxito. La chusma de las asociaciones — con excepción de la Asociación de Instrucción de los Obreros, que no tiene en absoluto bases sólidas — es toda ella constitucional, e incluso prusiano-nacional-liberal. Esos individuos darían antes dinero para suprimir un escrito como el de usted. Debe usted saber que esos alemanes, jóvenes y viejos, todos son hombres archi-sabios, sólidos, de perspicacia práctica, que tienen a personas como usted y yo por locos inmaduros que aún no se han curado de las fantasías revolucionarias. Y tan mala como esa chusma del extranjero lo es la del interior. Durante mi estancia en Berlín, etc., me convencí de que todo intento de influir literariamente sobre esa canalla es completamente vano. La estupidez autocomplaciente de esos muchachotes, que en su prensa, esa prensa lamentable, posee un elixir de vida extraordinario, supera todo lo creíble. A eso se añade la postración del ánimo. Los palos son el único medio de resurrección para el Miguel alemán, quien, desde que ha perdido sus ilusiones filosóficas y se ha entregado a hacer dinero, y a la «Pequeña Alemania» y el «constitucionalismo práctico», se ha convertido ya en un payaso chato y repulsivo. Alemania me pareció por completo una habitación de niños, pero una habitación de niños precozmente juiciosos y marchitos.

«Hermann» es propiedad del ex procurador real prusiano Heintzmann, «con Dios por el rey y la patria», «la unidad de la Pequeña Alemania» y moderación en la libertad. Un tocayo de usted, un Becker de Leipzig, que escribe en ese periódico, es buena persona, pero no tiene influencia suficiente como para sernos útil, por ejemplo, para una suscripción. Engels no ha regresado a Manchester hasta hace un par de días, tras una ausencia de muchos meses. Él y Wolff (el de Breslau) harán cuanto sea posible. Por lo demás, también en Manchester, con excepción de los mencionados y otras 3 o 4 personas, la muy numerosa colonia alemana se compone de los mismos compinches que aquí y en todas partes.

En cuanto a Vogt, haga usted con él lo que quiera. Se sobreentiende por completo que a mí sólo puede alegrarme que el panfleto, bastante silenciado por la prensa en Alemania, pueda servir al menos en Suiza para surtir algún efecto. Una traducción francesa — sin mi conocimiento previo — se preparaba en París, se hallaba ya en imprenta, pero desapareció por ukase imperialista de la más alta instancia. Así pues, de hecho no existe edición francesa alguna.

Le aseguro, caro amigo, que nada me es más doloroso que tener que asistir, impotente e inactivo, a las luchas de un hombre como usted. Admiro su perseverancia, su fogoso celo y su actividad. Los antiguos — creo que Esquines — dicen que ¡es menester procurarse bienes mundanos para poder ayudar a los amigos en la necesidad! ¡Qué profunda sabiduría humana encierra eso!

Le informaré a la mayor brevedad posible acerca del resultado de mis cartas a diversas personas sobre la suscripción.

Entretanto, quede usted con bien. Mi esposa le envía sus mejores saludos.

Suyo,  
K. M.