en Manchester  
Londres, jueves, 19 de diciembre de 1861

19 Dic. 1861.  
Querido Engels,

Sabes cómo vino lo de Dronke. No le escribí a propósito de la letra, sino que le escribí para meterle prisa. Naturalmente, tuve que aprovechar la ocasión para ponerle al corriente de la crisis en que me encontraba, la cual, a consecuencia del asunto americano, él, como cualquier otro, tenía forzosamente que encontrar y encontró. Como resultado de esta comunicación vino a verme, y así se produjo el arreglo en el que ni siquiera habría pensado de no haberse dicho expresamente en tu carta que aceptarías las letras si yo lograba descontarlas por medio de Freiligrath «o de cualquier otro». Esto, para quitarme de encima la apariencia de indiscreción.

Con F. no hay nada, como ya sabía yo de antemano. Sólo tenía al sastre, y a ése ya lo había perdido en la época del asunto con la Tribune, porque dos de sus dependientes, por recomendación suya, recibieron prendas de vestir por valor de 701 y se fugaron sin pagarlas. Además, mis relaciones con F. estaban tan cambiadas que ya no le gustaba dejarme redescontar las letras sobre la Tribune en Bischofsheim. Pero, independientemente de la voluntad, no puede, tanto menos cuanto que la bancarrota latente de su banco corre por las calles de Londres.

Al mismo tiempo que esta carta a ti, he informado a Dronke de que, por un malentendido, entré en las transacciones con él y le ruego, por consiguiente, que las considere como no realizadas. Al mismo tiempo le he escrito que, si puede descontar las letras sobre mi persona, sin intervención alguna de otras personas, la cosa me sería grata. Tenía que escribirle esto, porque no veo salida alguna y, en efecto, me encuentro en el más alto peligro.

Su dirección, para cartas particulares, es: 49, Oldhall Street, Liverpool. Según lo que dijo Dronke (aunque creo que está en Newcastle y todavía no en Liverpool) trataría de arreglar el asunto únicamente con su propio banquero.

Desgraciadamente no pude evitar poner a mi mujer al corriente del contenido de tu carta, en lo que se refiere a la transacción de letras. Y tales noticias provocan cada vez una especie de paroxismo.

Por lo que respecta a la guerra con América, posiblemente Pam logre provocarla, pero no fácilmente. Necesita un pretexto, y no me parece que Lincoln vaya a dárselo. Una parte del gabinete, Milner Gibson, Gladstone, más o menos Lewis, no puede ser tan engatusada como John Russell.

Considerada en sí misma, desde el punto de vista del derecho marítimo inglés vigente entre ellos, los americanos no han cometido falta ni material ni formal. En cuanto al derecho material, los propios abogados de la Corona inglesa han decidido en este sentido. Se han basado, pues, como Pam quería un pretexto, en un error in forma, una tecnicidad, una sutileza legal. Pero también esto es falso. Según el derecho marítimo inglés hay que distinguir dos cosas. Si un buque neutral transporta mercancías y personas beligerantes, o contrabando de guerra, consista este último en cosas o en personas. En el último caso, el buque con su carga y las personas han de ser apresados y conducidos a puerto para adjudicación. En el primer caso —si no hay duda de que las mercancías (lo que en personas es de suyo imposible) no han pasado a posesión del neutral—, las mercancías o personas beligerantes son confiscables en alta mar, mientras el buque, etcétera, sale libre. Esta jurisprudencia —prescindiendo de las autoridades— la ha hecho valer Inglaterra continuamente, como me he convencido revisando el Cobbett’s Register sobre todo el alboroto con los neutrales desde 1793.

Por otra parte, dado que los abogados de la Corona inglesa han limitado la cuestión a un error in forma, concediendo así a los yanquis el derecho de confiscar todo buque inglés que transporte beligerantes y arrastrarlo a un puerto para adjudicación, los yanquis pueden muy fácilmente —y a mi juicio lo harán— declarar que quedan satisfechos con esta concesión, que en lo sucesivo no violarán la forma en la confiscación, etc., y entregar por ahora a Mason y Slidell.

Si Pam quiere absolutamente la guerra, naturalmente puede provocarla. En mi opinión, no es ese su propósito. Si los americanos actúan de la manera que supongo, Pam habrá suministrado al estúpido John Bull la nueva prueba de que él es «the truly English minister». Entonces el tipo podrá permitírselo todo. Aprovechará la oportunidad para

1) imponer a los yanquis el reconocimiento de la Declaración de París sobre los derechos de los neutrales, etc.;  
2) bajo este pretexto, lo que hasta ahora no se ha atrevido a hacer, instar y decidir al Parlamento inglés para que sancione la renuncia al viejo derecho marítimo inglés, suscrita por Clarendon, por encargo suyo (de Pam), a espaldas de la Corona y sin conocimiento previo del Parlamento.

Pam es viejo y los rusos, desde Catalina II, han intentado hacer aprobar la declaración emitida en París. Les faltan aún dos cosas: la sanción del Parlamento inglés, la adhesión de los Estados Unidos. Ambas se obtendrán con esta ocasión. El espectáculo bélico me parece solo un accesorio teatral para presentar al estúpido John Bull la renuncia definitiva a sus propias leyes marítimas a favor de Rusia como una victoria obtenida sobre los yanquis gracias al arrojo del «truly English Minister».

Razones secundarias para el espectáculo bélico serían: desviar la atención de Polonia (pues hasta tipos como Conningham de Brighton exigen en mítines públicos la suspensión de los pagos ulteriores del empréstito holandés-ruso) y desviarla de Dinamarca, donde Rusia está ocupada en este momento en hacer a un lado al heredero presunto, nombrado por ella misma, el Glücksburg.

Por supuesto, es posible que los yanquis no cedan, y entonces Pam se verá forzado a la guerra por sus preparativos y bravatas. Sin embargo, apostaría 100 contra 1 a que no.

Salut  
Tuyo,  
K. M.