en Manchester  
Londres, viernes, 10 de mayo de 1861  

I 10 mayo 1861.

Lieber Frederick,

Adjunto, d’abord, una fotografía. Lupus y Gumpert recibirán cada uno otra igual en cuanto tenga más copias. Hice hacer estos trastos, en parte para mi primo de Rotterdam, en parte a exchange por fotografías recibidas en Alemania y Holanda. En segundo lugar, un recorte sobre «Herr Vogt» de un periódico de Düsseldorf. Por último, te incluyo un ejemplar de la Free Press, aunque ya viejo, porque quizá tú y Lupus no hayáis seguido tan de cerca el debate parlamentario sobre el asunto de Afganistán. Fue el mayor revés que Pam ha sufrido desde 1848.

Lo que dices sobre el proyecto de periódico berlinés es absolutamente mi opinión, y ya le había insinuado los puntos principales, mutatis mutandis, a Lázaro. Me había —puesto que en Berlín ya le había declarado positivamente que no emprendería nada semejante sin ti y sin Lupus— obligado, no obstante, de manera positiva a presentaros el asunto «seria y objetivamente», y con eso salvavi animam meam.

A propos. Lassalle = Lázaro. Lepsius ha demostrado en su gran obra sobre Egipto que la salida de los judíos de Egipto no es otra cosa que la historia, narrada por Manetón, de la expulsión «del pueblo de los leprosos» de Egipto, a cuya cabeza se puso un sacerdote egipcio de nombre Moisés. Lázaro, el leproso, es, pues, el prototipo del judío, y Lázaro = Lassalle. Sólo que a nuestro Lázaro la lepra se le ha subido al cerebro. Su enfermedad era originariamente una sífilis secundaria mal curada. De ahí se desarrolló una caries ósea en una de sus piernas, y de esto ha quedado algo, como dice su médico Frerich (no sé cómo se escribe el nombre de este célebre profesor), una neuralgia o something of the sort en una de sus piernas. Para su propio perjuicio corporal, nuestro Lázaro vive ahora tan lujosamente como su contrafigura, el hombre rico, y esto lo considero un obstáculo principal para su cura. En general, se ha vuelto demasiado distinguido y consideraría un robo, por ejemplo, entrar en una taberna. Curiosamente, me ha preguntado al menos cuatro veces a quién me refiero con Jacob Wiesenriesler en el «Vogt». Pero, con su vanidad, que se ha vuelto realmente «objetiva», eso no era más que usus natura. Su nueva obra jurídica primordial (Dharma) nos la enviará a todos nosotros.

En Berlín visité también a Friedrich Koppen. Lo encontré completamente el mismo de antes. Sólo que se ha vuelto más grueso y «horripilante». Las dos veces que estuve de parranda a solas con él fueron un verdadero beneficio para mí. Me ha regalado sus dos tomos sobre Buda, un escrito importante. De él supe también cómo el piojoso Zabel y compañía se apoderaron de la National-Zeitung. En un principio, ese periódico fue fundado en 1848 sobre acciones desembolsadas por completo (pero sin contrato propiamente dicho, a la buena de Dios). Mügge, Koppen y otros anduvieron de un lado a otro con ese propósito. Rutenberg ingresó como redactor jefe, con y debajo de él Zabel, y finalmente el judío Wolff como gerente. El periódico prosperó pronto gracias a su moderación de filisteo cervecero y a su servilismo hacia la izquierda parlamentaria. Rutenberg fue echado a empujones por sus socios bajo el pretexto, verdadero o falso, de que adoptaba una orientación demasiado conservadora y recibía propinas de Hansemann. Zabel metió a un faiseur que escribía para él, mientras que Zabel, mediante conversaciones con los filisteos cerveceros en diversas tabernas, velaba por el aumento de su popularidad. El golpe de Estado (de Manteuffel) y las diversas violencias contra la prensa, que en su forma más brutal perduraron hasta fines de 1850, proporcionaron un pretexto bienvenido para no convocar ninguna sociedad por acciones. Entretanto, el periódico, que sólo con la completa represión de la prensa revolucionaria y con el advenimiento del régimen Hinckeldey-Stieber había encontrado sus verdaderas condiciones de existencia, progresó ante el filisteo. Se convirtió en un negocio, y hacia 1852 una parte de los accionistas se puso impertinente y exigió rendición de cuentas, asamblea general, etc. Los más recalcitrantes fueron entonces tomados aparte por el judío Wolff y el cand. teol. Zabel. Se les confió en secreto que, para no arruinar el periódico, era necesario guardar un silencio sepulcral y religiosísimo sobre sus finanzas, pues en realidad estaba en bancarrota. (En realidad, la acción, originalmente de 25 táleros, ya valía entonces 100.) Así pues, que no se sacara, de una manera u otra, de su tímido escondite financiero. No obstante, por una consideración especial, se les quería (a saber, a los accionistas más malintencionados) reembolsar excepcionalmente su aporte a cambio de sus acciones. Así fueron liquidados los más peligrosos. La farsa se repitió varias veces. La mayoría de los así comprados en confianza recibió, sin embargo —según el grado de su resistencia pasiva— sólo de un 40 hasta un 5% del aporte originario. Una parte muy considerable de los calzonazos liberales no ha recibido hasta este momento ni un penique y tampoco ha podido obtener una rendición de cuentas. Por miedo a la Kreuzzeitung callan. Así pues, mediante esta escroquerie, el judío Wolff y el cand. teol. Zabel se han convertido en altos dignatarios del liberalismo vulgar, poseedores de «dinero superfluo». ¡Lástima que no conociera esta historia antes!

Rutenberg ha sido traspasado por Manteuffel a Schwerin como pieza de inventario expresamente garantizada. Ahora recorta con tijeras la «Staatszeitung», un periódico que ya nadie lee. Una especie de London Gazette. Bruno, a quien al parecer le ha ido condenadamente mal, se ofreció de balde al actual ministerio —a saber, para proseguir su colaboración en la oficiosa «Preussische Zeitung». Ahora es colaborador principal del Staatslexicon del Kreuzzeitungs-Wagener. Por lo demás, granjero en Rixdorf o como se llame ese poblacho.

Asistí una vez a una sesión de la segunda cámara desde la tribuna de periodistas. Lo mismo había hecho en el verano de 1848 en una sesión de los conciliadores prusianos. ¡Quantum mutatum ab illis! ¡Aunque aquellos tampoco eran ningún titán, por cierto! Una sala de sesiones estrecha. Tribunas para el público escasas. Los tipos se sientan en bancos (los «señores», en cambio, en sillones), una mezcla singular de oficina burocrática y aula escolar. En comparación, una cámara belga resulta imponente. Simson o Samson, como se llama el presidente, se desquita de las patadas que recibió de Manteuffel, disciplinando ahora a los filisteos agazapados abajo —con toda la grotesca y brutal magistralidad de un huissier ministerial— con sus quijadas de asno. En cualquier otra asamblea, esa || inefable especie de insolencia servil personificada ya habría recibido bofetadas. Por muy repugnante que sea por lo demás en Berlín, sobre todo en los teatros, el predominio del uniforme (a propósito: para insultar a la familia real, la Hatzfeld me llevó en los primeros días a un palco pegado al del «bello Guillermo» y consortes) (3 horas de ballet, la única función de esa noche. También una región berlinesa), tanto más se alegra uno al descubrir, entre esa juventud escolar burocrática y cabizbaja, aquí y allá a un tipo de uniforme que, por lo menos, mantiene erguida la cabeza y se sienta tieso. Vincke hablaba precisamente, cosa que nunca deja de hacer en sesión alguna. Yo todavía había idealizado a ese tipo. Si lo hubiera oído hablar antes, el retrato habría resultado completamente distinto. En una mala comedia de Freytag que vi en Berlín, titulada Los periodistas, aparece un filisteo grueso de Hamburgo, comerciante de vinos, llamado Piepenbrink. Vincke es el calco de ese Piepenbrink. Repugnantísima jerga hamburguesa-westfaliana, palabras mascadas rápidamente una tras otra, ninguna frase correctamente construida o del todo acabada. ¡Y este es el Mirabeau de Hasenheide! Las únicas figuras con un aspecto al menos decente en este establo de pigmeos son, por un lado, Waldeck, y por otro, Wagener y Don Quijote von Blankenburg.

En Elberfeld visité a Siebel. Cené con él en Barmen. Una joven esposa hermosa, canta bien, admira a su Karl, me gustó en cierta medida. Siebel, el mismo de siempre. Su trato principal: un periodista liberal (antiguo corresponsal en Münster de la N.Rh.Z.), poetas, músicos y pintores. El mejor de todos me pareció Seel. Siebel me llevó a la «California» de Barmen, muchachos insulsos. Me ofrecieron un brindis. Hice que Siebel explicara que estaba ronco, de modo que él respondió por mí con unas bromas insulsas que, sin embargo, estaban en el lugar adecuado. Siebel dice que su padre lo imita en todo, en hacer versos y en beber, de manera que se dice: el tronco no cae lejos de la manzana.

En Colonia visité a Schneider II y al Dr. Klein. Sin cambios; antes bien, aún más desarrollados. Estuve de parranda unas horas con ellos. En una taberna vi también, de incógnito, a Stuhlgang Königswinter (Wolfgang Müller). Visité a la señora Daniels. No al necio y miembro de la Asociación Nacional Bürgers. Pero de esto trataré más adelante. Me he puesto a charlar tan prolijamente que todavía no he llegado a lo principal. Así que, en la próxima.

Totus tuus  
KMI