en Zaltbommel  
Londres, lunes, 6 de mayo de 1861  

|6 de mayo de 1861.  
9, Grafton Terrace, Maitland Park,  
Haverstock Hill, Londres.  
Querido tío:  

Ante todo, he de expresarte mi más profundo agradecimiento por la gran amistad que me has demostrado una vez más, y por la afectuosa hospitalidad que encontré en tu casa. Para no incurrir en la sospecha de adulación, quiero tan solo indicar de pasada el extraordinario goce que me ha proporcionado el trato con un hombre de tu experiencia, que por una parte contempla el trajín del mundo con tanta humanidad, tan sin prejuicios y con tanta originalidad, y por otra ha conservado plenamente el fuego y el ímpetu de la juventud.  

Mi viaje ulterior desde Bommel transcurrió enteramente conforme al plan original. En Róterdam encontré a Jacques en el embarcadero; estuvimos charlando un par de horas, y luego me apresuré a ir a Ámsterdam el mismo día, donde mis asuntos quedaron rápidamente despachados al día siguiente. August y su familia —aumentada esta vez con la sobrina de su mujer, venida de Róterdam— estaban alegres y bien. August me encargó especialmente que, a mi regreso a Róterdam, reanimara un poco al señor Jacques, que sufre más o menos de «Weltschmerz» —una enfermedad que se explica sencillamente porque, a diferencia de la gran mayoría de los hombres, mantiene una actitud crítica hacia sí mismo y no ha logrado aún forjarse en política una posición firme que le satisfaga. En mi viaje de regreso desde Ámsterdam llegué a Róterdam a las nueve y media de la noche y tuve que tomar al día siguiente (domingo) otra vez a las siete de la mañana el vapor para Londres. En el poco tiempo que pasé con Jacques me fue naturalmente imposible contestar a todas las preguntas que me dirigió, y ni siquiera rozar siquiera los puntos que tocó. Por ello Jacques decidió, previa consulta con sus propietarios, proseguir la discusión en Londres. Llegué a la capital del mundo el lunes y encontré a toda la familia bien y animosa. Jacques nos sorprendió el pasado miércoles y nos dejó ayer por la mañana, con gran pesar de los míos, que con gusto lo habrían retenido aquí por más tiempo. Hemos convenido mantener entre nosotros una especie de correspondencia política.  

Recordarás, querido tío, cuánto bromeamos a menudo juntos acerca de que hoy en día la cría de hombres está tan atrasada en comparación con la cría de ganado. Ahora he visto a toda tu familia y, por lo tanto, debo declararte un virtuoso en la cría de hombres. Jamás en mi vida he conocido una familia mejor. Todos tus hijos son caracteres independientes, cada uno original, cada uno posee dotes espirituales especiales, y todos se distinguen por igual por su formación humana.  

Aquí en Londres reina gran consternación por la marcha de los asuntos en América. Los actos de violencia a que han recurrido no solo los estados secesionistas, sino también algunos de los estados centrales o fronterizos —y se teme que los ocho estados fronterizos, a saber: Virginia, Kentucky, Missouri, North Carolina, Tennessee, Arkansas, Maryland y Delaware, tomen partido en bloque por los secesionistas—, estos actos de violencia han hecho imposible todo compromiso. No cabe duda de que al comienzo de la lucha la balanza se inclinará a favor del Sur, donde la clase de los aventureros blancos desposeídos constituye una cantera inagotable para una milicia guerrera. A la larga, naturalmente, vencerá el Norte, ya que en caso de apuro puede jugar la última carta de una revolución de esclavos. La gran dificultad para el Norte es la cuestión de cómo hacer llegar sus fuerzas al Sur. Incluso una marcha sin oposición, en la actual estación, a 15 millas por día, sería una dura prueba; pero Charleston, el punto atacable más cercano, dista 544 millas de Washington, 681 de Filadelfia, 771 de Nueva York y 994 de Boston, y estas tres últimas ciudades son las principales bases de operaciones contra el Sur. Montgomery, sede del Congreso secesionista, dista de esos mismos puntos 910, 1050, 1130 y 1350 millas respectivamente. Una marcha por tierra parece, pues, totalmente fuera de cuestión. (El uso de los ferrocarriles por parte de los invasores del Norte solo conduciría a su destrucción.) Solo queda, por tanto, la vía marítima y la guerra naval, lo cual, sin embargo, podría fácilmente dar lugar a complicaciones con potencias extranjeras. Esta noche, en la Cámara de los Comunes, el ministerio inglés declarará qué actitud piensa adoptar ante semejante estado de cosas.  

Para mí personalmente, naturalmente, los acontecimientos americanos son bastante perjudiciales, ya que por el momento los lectores transatlánticos de periódicos solo tienen ojos y oídos para su propia historia. Sin embargo, he recibido ofertas ventajosas de la «Presse» de Viena, que estoy dispuesto a aceptar si se me aclaran algunos puntos todavía equívocos. Tendría que escribirle desde Londres. Mi mujer sigue especialmente opuesta a un traslado a Berlín, pues no desea introducir a nuestras hijas en el círculo de los Hatzfeldt, y por otra parte sería difícil mantenerlas completamente alejadas de él. Lassalle me ha escrito hoy una carta muy amistosa. No ha recibido aún ninguna noticia ulterior del presidente de la policía, von Zedlitz, acerca de mi renaturalización. El choque entre la policía y el público en Berlín ha entrado en este momento, según me escribe Lassalle, en una nueva fase.  

Con los mejores recuerdos para ti y los tuyos de mi parte y de toda la familia,  

tu fiel sobrino  

K. Marx