en Londres

Mánchester, lunes 1 de octubre de 1860

Querido Mohr:

¿Adónde ha ido de viaje tu familia, ya que felizmente ha vuelto? No sé nada. ¿A la costa o al campo? Espero que les haya sentado bien.

Lo de la marina me viene ahora muy inoportuno. Estoy metido hasta el cuello en líos con los abogados por los asuntos de negocios – ¡qué dilaciones hay aquí, de eso no se tiene idea en Alemania! –, y ahora, justamente para esta semana, los tipos han de caerme encima con un montón de expedientes, etc. Entretanto haré lo que pueda, pero no podrá ni será cosa de ir muy de prisa, pues no estoy en absoluto al corriente.

En cuanto a Vogt: he de decir que tu título no me gusta nada. Si quieres darle un apodo, ha de ser uno que se entienda sin haber leído el libro, o bien ha de aparecer en el libro mismo solamente después del pasaje que lo explique. Creo que cuanto más sencillo y menos rebuscado sea el título, tanto mejor; sólo que, además de Vogt, en él ha de figurar, a ser posible, Bonaparte o por lo menos Plonplon. Si te molesta «Carl» Vogt, llámalo señor Vogt, aunque no veo por qué no pueda estar «Carl» delante de «Karl»; no habrá nadie que te haga un chiste por eso.

Impresión en Londres: no tengo confianza alguna en una editorial para la que tengamos que adelantar todo o la mitad del dinero. La carta adjunta de Siebel te demuestra que él ni mucho menos daba la cosa por perdida, al contrario, y que sólo ha esperado instrucciones para actuar (devuélvemela, aún no la he contestado). He visto ya demasiadas veces eso de la impresión en el extranjero, y me temo que esta vez vuelva a ocurrir exactamente lo mismo. Si Vogt constituye una excepción (¡y con todo lo suyo se imprimió en Fráncfort!) fue porque la prensa lo empujó, cosa que a nosotros seguro que no nos sucede. Además, como el señor Petsch ha de pagar los anuncios, etc., no andará muy solícito en anunciar demasiado. Tu verras. En cualquier caso, en Alemania hace tiempo que habrías podido encontrar sin falta un editor si hubieses puesto en movimiento como es debido a Siebel, y yo sigo considerándolo mejor; además, la pequeña imprenta de Hirschfeld no imprimirá con demasiada rapidez. Con todo, la cosa está en marcha y ahora hemos de ver cómo sale. En el anuncio, creo que lo mejor será que al título no añadas más que los encabezamientos de los capítulos, con eso bastará de sobra. Y ante todo, date prisa en que se acabe el asunto.

Cuando tengas impresos 3 ó 4 pliegos, podrías enviarme una prueba de ellos.

A propósito, ¿cuánto son en Dana 5 ó 10 páginas? No tengo ni idea.

Lamoricière ha sido cobardemente atacado por los piamonteses. Por ese lado no estaba en absoluto preparado; se cubría solamente contra Garibaldi y guarnecía las malas ciudadelas de las ciudades con pequeñas guarniciones apenas suficientes contra las sublevaciones. De ahí la serie de capitulaciones; los piamonteses eran en todas partes 6 contra 1. En Castelfidardo los austríacos se batieron muy bien, igual que en Ancona —que no es fortaleza alguna— por el lado de tierra; pero en conjunto el ejército papal muestra lo poco que se puede hacer con tropas en parte buenas, pero heterogéneas y mandadas por toda clase de oficiales extranjeros. Ciertamente los piamonteses eran 3 a 1.

A Garibaldi, militarmente, parece faltarle el aliento. Ha distribuido de tal modo sus buenas tropas entre los batallones sicilianos y napolitanos que ya no tiene nada organizado, y en cuanto llega a una línea fluvial medianamente defendida, con una fortaleza no dominada como Capua, se ve detenido. Por el momento eso no es grave, porque los 30.000 napolitanos no pueden vivir en la pequeña franja de terreno y en 14 días tendrán que disolverse o avanzar, cosa que no les saldrá bien. Pero al Quirinal difícilmente llegará Garibaldi tan pronto sin azares muy especiales. Ahora, encima, los gritos de los cavourianos; esos miserables burgueses son capaces de hacer insostenible su posición en poco tiempo, de modo que, como último recurso, tendrá que atacar antes de estar en condiciones de vencer. Por lo demás, sería importante acabar con los napolitanos lo más rápidamente posible, y luego hacer que los piamonteses fraternicen, antes de que Víctor Manuel se les una, pues entonces será demasiado tarde y le permanecerán fieles. Pero es de la máxima importancia que Garibaldi haya colocado públicamente a los franceses en Roma en la misma categoría que a los austríacos en Venecia; el que esto se lleve ahora mismo a efecto y se los expulse o no, es menos importante.

En Austria la cosa tiene un aspecto estupendo. Un filisteo del Nationalverein, renano-prusiano que vive en Baviera (Franconia), cuenta que los muniqueses que fueron hace poco a Viena a la fiesta del ferrocarril, confiados en los informes de la «A.A.Z.» sobre la situación austríaca, han regresado completamente corridos, pues lo han encontrado todo muy distinto. Los austríacos les han explicado que todo eso es un engaño y que la situación allí ya no se puede soportar por más tiempo. También los burgueses austríacos tienen ya su específico contra los enredos financieros: en Austria el 20% de toda la propiedad territorial pertenece a los curas, y éstos tendrían que ser confiscados. ¿Cabe imaginar una situación revolucionaria más estupenda? ¿Dónde queda, frente a un programa semejante, toda la pedantería prusiana con su Nationalverein?

Por los escritos del príncipe Federico Carlos y del señor Waldersee me he convencido ahora definitivamente de que los prusianos han organizado y adiestrado su ejército de un modo tan estupendo que necesariamente han de ser derrotados. Para superar los inconvenientes de la falta de experiencia bélica durante 45 años, se han creado en las maniobras una guerra artificial y convencional, en la que todo es distinto de la guerra real, y en la que a los soldados y oficiales expresamente se les inculca el retirarse a cada pretexto, metiéndoles así en la cabeza ideas y cosas completamente falsas. Por ejemplo, en unas maniobras los soldados, naturalmente, no pueden penetrar en las casas y ocuparlas; se simula, pues, que las casas están ocupadas colocando a los soldados en torno, por fuera. Un capitán prusiano recibió en Schleswig la orden de ocupar una granja durante el combate, y, ¡efectivamente, colocó a sus hombres por fuera, alrededor de la empalizada, como en las maniobras! Esto lo ha visto el propio Waldersee. Por lo demás, el príncipe Federico Carlos, como soldado, no es ningún mal tipo y odia profundamente la disciplina cuartelera prusiana. Pero si vale algo como comandante, no puede decirse.

Tuyo  
F. E.