Estimada señora Marx:

El artículo lo haré, _tant bien que mal_, si de algún modo es posible. Hoy me encaja Siebel a un joven de Barmen para que me fastidie, de modo que no puedo hacer nada; mañana, sin embargo, creo que podré ponerme a ello. Es, por lo demás, inexcusable que el Moro no me responda ni siquiera a mis preguntas acerca de Siebel; ya llevo diez días aplazando mi carta a éste, y él podría al menos escribirme lo que debo decirle a S. Que no se haya hecho todavía nada respecto al editor es también un desatino; luego las negociaciones durarán quién sabe cuánto, después vendrá la consabida indolencia alemana en la impresión, y así llegaremos, _piano ma sano_, al año 1861, y nadie tiene la culpa sino el propio señor Moro con su minuciosidad y porque ni él mismo da pasos en lo del editor ni pone a Siebel en condiciones de darlos. Mientras tanto, el baile se desencadena en toda Europa, y el público pierde todo interés por saber quién fue en realidad la banda sulfurosa original, cómo surgió el volante «Zur Warnung» y qué es lo inventado en la carta de Techow y qué no. Hacemos siempre las cosas más estupendas, pero nos las arreglamos siempre para que nunca lleguen a tiempo, y así todas se van al agua.

Tres pliegos de respuesta inmediata a Vogt habrían valido, después de todo, mucho más que todo lo que se ha hecho desde entonces. Haga usted lo que pueda para que se haga algo con respecto al editor, pero ya mismo, y para que el folleto quede por fin terminado. De lo contrario, arruinamos todas las posibilidades y al final no conseguimos ningún editor.

Ahora bien, algo cómico, pero es un gran secreto y no debe salir del n.º 9 de Grafton Terrace. Imagínese usted: este ridículo Siebel llega a Barmen, se enamora hasta las orejas de una muchacha filistea, se promete con ella y piensa en breve casarse y establecerse en B. como un hombre hogareño. ¡Qué bisoño! Se avergüenza ante mí y no sabe que yo lo sé; se lo ha escrito a otro aquí bajo sello, etc. Será un matrimonio alegre, si la historia no vuelve a desbaratarse.

Salude usted cordialmente al Moro y a las _young ladies_.

Suyo,
F. Engels