en Berlín  
Londres, viernes 1 o sábado 2 de junio de 1860  

Querido Lassalle:

Padezco desde hace unas tres semanas de una enfermedad hepática que me ha impedido trabajar de cualquier clase y que aún no está del todo superada. Estas circunstancias me vuelven muy remiso a escribir.

Antes de responder a tu carta, quiero comunicarte lo siguiente con carácter previo. El corresponsal berlinés del *Daily Telegraph* se llama Abel. ¿Puedes procurarme algunas noticias sobre ese sujeto?

El fiscal jefe Schwarck ha desestimado también en segunda instancia la querella criminal contra la *National-Zeitung*, alegando que no existe «interés público». La demanda civil se verá pronto.

Paso, pues, a tu carta.

No iré a Berlín. No estuve presente en Colonia y lo que sé del juramento que Stieber prestó allí lo sé únicamente por las noticias de la *Kölnische Zeitung*. En esas noticias se basa mi crítica en las *Enthüllungen*. Como testigo en este asunto no podría, pues, servir de nada. Si se me quiere interrogar sobre uno u otro punto, estoy dispuesto a prestar declaración (como, según se dice, ha ocurrido a menudo con otros refugiados) en la legación prusiana en Londres.

Cuando el proceso Eichhoff se hallaba aún en sus primeras fases, Juch, el editor del *Hermann*, se dirigió a mí en este asunto. Le entregué las *Enthüllungen*, le aconsejé que citase como testigo a Schneider II de Colonia, y señalé la necesidad de tomar declaración a Hirsch, que está preso en Hamburgo. Este último interrogatorio parece haberse planteado de manera muy torpe. Por lo demás, sería absolutamente necesario hacer comparecer personalmente a Hirsch como testigo en Berlín. Sólo en ese caso, mediante un *cross-examination* en regla, se podría desvelar públicamente toda la vergonzosa maniobra, pues Hirsch estaba iniciado en todos los misterios de Stieber-Goldheim-Greif-Fleury.

Otro testigo necesario sería Cherval (Joseph Crämer), ahora en París. Es seguro que Prusia podría reclamarlo, pues se fugó de Aquisgrán por falsificación de letras de cambio. Pero el gobierno se guardará de hacerlo. Además es un *mouchard* francés y, por consiguiente, goza de protección bonapartista.

La mayoría de las otras personas cuyo interrogatorio podría ser importante están en América. Sólo una queda aquí, un tal de Laaspee, de Wiesbaden, empleado como intérprete en la policía inglesa. He dado los pasos necesarios para concertar una entrevista con él, y veré si está dispuesto a viajar a Berlín o a prestar declaración ante la legación prusiana. En 1853 denunció a Stieber en el *Times*. El artículo fue suprimido, no se publicó, a consecuencia de la intervención de Bunsen.

Voy a indicarte ahora un par de puntos que quizá puedas aprovechar. Las *Enthüllungen* las escribí inmediatamente después de la conclusión del proceso de Colonia. Pero más tarde he hecho investigaciones ulteriores sobre este caso, que me afecta de cerca. Antes debo señalar que la idea de Eichhoff de citar como testigos de descargo a Goldheim y Greif, los principales cómplices, fue ciertamente capital. La cuestión es tal que, judicialmente, sólo se podría atrapar a Stieber y consortes si el gobierno ordenase una investigación sobre el proceso de Colonia. Pero se guardará de hacerlo.

Stieber (véase la p. 10 de mis *Enthüllungen*) habría jurado en Colonia que se le había «llamado la atención sobre el archivo de la conspiración» en casa de Oswald Dietz en Londres mediante la copia «de los papeles hallados a Nothjung» que le había enviado a Londres la Jefatura de Policía de Berlín. Esta falsa declaración jurada puede refutarse sin más que examinar las actas de Colonia, en las que deben figurar los papeles encontrados a Nothjung.

La cosa se relacionaba así: Cherval (Joseph Crämer) era el corresponsal parisino de la Liga de Willich-Schapper y, como tal, mantenía correspondencia con Oswald Dietz. Al mismo tiempo, Cherval era agente del enviado prusiano en París, el príncipe Hatzfeld. No sólo denunció a éste a Dietz como secretario de su oficina londinense, sino que escribió a Dietz cartas destinadas a figurar más tarde como piezas de convicción. Stieber y Greif (según relató el propio Greif a Hirsch en presencia de Fleury) estaban informados por Hatzfeld. Lo único que hicieron averiguar por medio de Reuter fue el paradero de Dietz, tras lo cual Fleury, por encargo de Stieber, perpetró junto con Reuter el robo en casa de Dietz. También esto lo sabe Hirsch.

De paso puede considerarse aquí la siguiente circunstancia, bien conocida por el señor Hirsch. Fleury se había hecho copias exactas de las cartas robadas a Reuter y se las había comunicado a Hirsch para que las leyese. Entre esas cartas se encontraba una de Stechan, de Hannover, en la que éste habla del envío de 30 táleros para los refugiados. Stieber (junto con su amigo Wermuth en Hannover) falsificó esto convirtiéndolo en 530 táleros para los dirigentes. Sobre este punto quizá podría Stechan, que, según sé, se encuentra en Edimburgo, prestar una declaración jurada. Stieber jura además (según la *Kölnische Zeitung*; véase la p. 11 de las *Enthüllungen*) que el 5 de agosto de 1851 le fue remitido el «archivo» de Dietz a Berlín desde Londres. El hecho es que Stieber se llevó ese «archivo» de Londres a París el 20 de julio de 1851. Este es el punto que el arriba mencionado Laspée, si quiere, puede confirmar bajo juramento.

El señor Greif ha jurado en Berlín que no conoce a Hirsch o sólo muy superficialmente. El hecho es que Hirsch, en el entonces domicilio particular de Alberts (a la sazón, y todavía hoy, secretario de la legación prusiana en Londres), 39, Brewerstreet, Goldensquare, fue presentado por Greif a Fleury, después de que Greif se hubiese hecho presentar ya antes un informe, redactado por Hirsch, sobre la actividad de la emigración revolucionaria. Desde ese momento, Greif-Fleury-Hirsch (bajo la dirección de Greif) colaboraron y redactaron, en particular, también conjuntamente el falso libro de actas.

En abril de 1853, Goldheim y Stieber habían vuelto a Londres para construir artificialmente una conexión entre la misteriosa conspiración de la pólvora de Kossuth y la conspiración berlinesa (de Ladendorf). Hirsch los acompañó entonces (es decir, muchos meses después de cerrado el proceso de Colonia) constantemente por Londres y operó con ellos.

Para caracterizar a los agentes prusianos en Londres, ya que la policía ha reconocido ante el tribunal a su Fleury: Este Fleury se llama Krause, hijo del zapatero Krause, que fue ejecutado en Dresde hace veintidós o veinticinco años por el asesinato de la condesa Schoenberg y su camarera. Algún tiempo después del proceso de Colonia, el mismo Fleury-Krause fue condenado en Londres por falsificación a dos o tres años de pontones. Ahora ha cumplido su condena y actúa de nuevo a la manera antigua.

I. El complot francés (*complot allemand-français*) fue urdido por Cherval, bajo la dirección de Stieber, junto con Greif, Fleury, Beckmann, Sommer y el espía francés Lucien De la Hodde (bajo el nombre de Duprez). A instancias de Cherval, Greif (quien, al igual que Stieber, jura no conocer a los espías franco-prusianos Cherval y Gipperich) viajó al norte de Alemania para, en primer lugar, espiar en Hamburgo el paradero de un tal sastre Tietz y apoderarse de las cartas que Cherval le había escrito por encargo policial. En Hamburgo se presentó en la vivienda de la novia de Tietz para, «como amigo de éste», poner a salvo eventuales papeles peligrosos. Pero el golpe fracasó.

Greif mantenía también correspondencia con Maupas, a través de De la Hodde-Duprez, sobre la liberación de Cherval y Gipperich. En cuanto Cherval llegó a Londres, Greif lo contrató con un salario fijo de 1 libra 10 chelines semanales. En particular, lo envió también a Jersey para que preparase allí una gran conspiración política. Más tarde se disolvió la relación de Greif con Cherval. Todos estos puntos puede atestiguarlos bajo juramento el señor Hirsch, si quiere. Son importantes tanto porque Greif ha vuelto a jurar en falso, como porque afectan a la relación de Cherval con Stieber y a la «veracidad» de las declaraciones que Stieber hizo en Colonia en referencia a Cherval. Justamente en el tiempo en que Stieber juraba en Colonia que no sabía dónde se encontraba Cherval, etc. (véase p. 27 de las *Enthüllungen*), tenía lugar esa cooperación entre Cherval y Greif, que actuaba por encargo de Stieber. Pero, naturalmente, la cosa sólo puede probarse judicialmente por los testimonios de Hirsch (que quizá declarará en sesión pública del tribunal) y de Cherval (al que no se puede echar mano). El secretario de legación Alberts, naturalmente, no hablará; y lo mismo De la Hodde, Beckmann, Maupas, etc.

5) Hirsch y Fleury (quien, para este fin, alquiló una prensa litográfica en la imprenta de Stanbury, Fether Lane, Fleetstreet, Londres) confeccionaron, por encargo de Greif, hojas volantes: «Al proletariado rural», «A los hijos del pueblo», etc., que Greif remitía al gobierno prusiano como procedentes del partido de Marx.

5) Después de que el testigo Haupt, de Hamburgo, hubiese «desaparecido» repentinamente durante el proceso comunista de Colonia, Hinckeldey ordenó por correo a la legación prusiana en Londres que procurase a alguien que asumiese el papel de Haupt y que «jurase» ante los Assises las denuncias de Haupt. La Jefatura de Policía pagaría 1.000 táleros de recompensa. Hinckeldey escribió que de la decisión de este proceso dependía la existencia entera de la policía política. Hirsch, tras ponerse de acuerdo con Fleury (según dijo él mismo más tarde, movido por intenciones «nobles»), se declaró dispuesto. Todo iba por el mejor camino, cuando Fleury regresó de la legación prusiana con una respuesta negativa. Un nuevo escrito de Hinckeldey decía: «El procurador del Estado confía en obtener el veredicto de culpabilidad, dada la feliz composición del jurado, incluso sin medidas extraordinarias, y él (Hinckeldey) ruega, por consiguiente, que no se hagan más esfuerzos.» El espía prusiano Beckmann en París, que ya había recibido orden de ir a Colonia para confirmar las declaraciones de Stieber sobre el complot *allemand-français*, recibió contraorden por el mismo motivo.

Pero ahora viene la historia más curiosa, que el señor Hirsch conoce con toda precisión, y que es igualmente característica para Stieber y Goldheim.

Fleury se había enterado de que yo proyectaba hacer legalizar judicialmente en Londres las verdaderas letras de los supuestos firmantes de las actas (W. Liebknecht, Rings y Ulmer). Sabía que un refugiado llamado Becker vivía en la misma casa que Willich. Escribió, por tanto, la siguiente carta a nombre de Becker:

A la Alta Jefatura Real de Policía de Berlín.

Londres, fecha.

«Con el propósito de presentar como falsificadas las firmas de los signatarios de los protocolos de la Liga, Marx y sus amigos proyectan llevar a cabo aquí la legalización de unas letras que luego, como las firmas verdaderamente auténticas, serán presentadas al tribunal de Assises. Cualquiera que conozca las leyes inglesas sabe también que éstas se pueden retorcer y voltear a este respecto, y que quien garantiza la autenticidad no presta, en el fondo, ninguna garantía.»

Quien hace esta comunicación no teme, en un asunto en el que está en juego la verdad, estampar su nombre. Becker, 4 Litchfield Street."

Stieber había declarado en Colonia ante los tribunales de lo criminal que había tenido en sus manos el libro de actas 14 días antes (antes de presentarlo) y que se lo había pensado antes de hacer uso del mismo; declaró además que le había llegado en la persona de un correo, Greif. Pero el señor Goldheim escribió a la legación prusiana en Londres: «que sólo se había traído el libro de actas tan tarde para escapar al éxito ||6)| de eventuales interpelaciones sobre su autenticidad.»

La carta firmada «Becker» estaba dirigida a la presidencia de policía de Berlín. Si procedía realmente de Becker, debía pues ir a Berlín. En lugar de ello, la carta fue a parar al funcionario de policía Goldheim, Frankfurter Hof en Colonia, y un sobre correspondiente a esta carta a la presidencia de policía de Berlín con una nota adjunta: «El señor Stieber en Colonia dará información exacta sobre el propósito.» Stieber sabía, pues, con qué propósito se había falsificado la carta. También Fleury había escrito a Goldheim por separado sobre ello.

Entre Fleury, Goldheim, Stieber y la presidencia de policía prusiana existía, pues, un acuerdo tácito sobre la falsificación.

(Stieber no hizo uso de la carta, porque ya antes se había visto obligado a dejar caer el libro de actas, ya que, independientemente de las legalizaciones enviadas por mí, Schneider II había localizado en Colonia una firma de Liebknecht y de Rings, y también por una carta escrita por mí mucho antes había colegido que Hirsch era el fabricante. Stieber tuvo viento de que Schneider, y tras él otros abogados, habían comparado en la escribanía las firmas de Liebknecht, etc. Fue entonces cuando en la siguiente sesión salió con la invención del señor Liebknecht. (Véase pág. de las «Revelaciones».))

Stieber conocía la falsedad del libro de actas. ¿Por qué si no había de temer la legalización de las firmas auténticas?

El 29 de octubre llegó Goldheim a Londres. Stieber lo había enviado allí para negociar in situ con Fleury y Greif mediante qué golpe se podría salvar el libro de actas. Tuvo que regresar sin resultado, después de comunicar a Fleury que Stieber estaba decidido, para no comprometer a los jefes de policía, a dejar expuesto en caso necesario a él, a Fleury.

Fleury recurrió entonces a un último medio. Llevó a Hirsch un manuscrito, conforme al cual Hirsch debía copiar una declaración y, provista del nombre de Liebknecht, jurarla luego ante el Lord Mayor, bajo la falsa indicación de que él, Hirsch, era Liebknecht. Cuando Fleury entregó a Hirsch el citado manuscrito para que lo copiara, le dijo que el manuscrito procedía de quien había escrito el libro de actas y que Goldheim lo había traído de Colonia.

(Se sigue, por tanto, que el libro de actas presentado en Colonia no era el escrito por Hirsch y Fleury. El propio Stieber lo había hecho copiar. ||7)| Se diferenciaba del confeccionado por Fleury y Hirsch principalmente, aparte de algunos otros cambios no esenciales, en que las actas enviadas por Fleury no llevaban firmas, mientras que las presentadas por Stieber estaban provistas de firmas.)

Hirsch copió la declaración del manuscrito de la manera más parecida posible. (Este último todavía estaba en su poder cuando abandonó Londres.) La declaración era del tenor de que el abajo firmante, a saber, Liebknecht, declaraba falsa la legalización de su firma hecha por Marx y consortes, y que ésta, su signatura, era la única correcta. De camino al Lord Mayor, Hirsch declaró que no juraría ante el Lord Mayor. Fleury entonces: que él mismo prestaría el juramento. Antes aún, se personó en el consulado prusiano (donde naturalmente era bien conocido) e hizo que el cónsul prusiano refrendara allí su manuscrito (en calidad de Liebknecht). Luego se dirigió con Hirsch al Lord Mayor, con el fin de la juramentación. El Lord Mayor exigió, sin embargo, fianzas que Fleury no pudo prestar, y el juramento no se llevó a cabo. (Un día después —pero trop tard— obtuvo Fleury una certificación notarial.)

Toda esta inmundicia la declaró Hirsch, bajo juramento, ante el magistrado de policía Jardine en Bow Street. La misma se envió al presidente del tribunal de apelación Göbel y, simultáneamente, dos copias a Schneider II y al abogado Esser.

No sé si Hirsch podrá ser trasladado físicamente de Hamburgo a Berlín para prestar declaración como testigo en sesión pública y careo con Stieber-Goldheim-Greif. Cherval, ahora además declarado «civilisador» y «liberador», no está en absoluto disponible bajo el régimen actual.

| En mi propia declaración como testigo, naturalmente ni siquiera podría demostrar, sin incurrir en indiscreciones de todo tipo, cómo he llegado a la pista de este o aquel hecho. Además, tal declaración no constituiría prueba alguna.

El proceso sería extraordinariamente sencillo si el gobierno fuera de bonne foi. Tal como están las cosas, es muy difícil de conducir. |

Paso ahora a Fischel.

Estoy en relación de cartel con David Urquhart y su séquito (no digo partido, porque Urquhart, por lo que respecta a su dominio propiamente dicho, la política exterior, aparte de la secta que le tiene por un profeta en todas las disciplinas, tiene partidarios en todos los partidos ingleses, desde los tories hasta los cartistas) desde 1853, año en que apareció mi primer panfleto contra Palmerston. Desde entonces, he recibido constantemente informaciones de ellos, de un lado, y de otro les he suministrado contribuciones gratuitas para su Free Press (por ejemplo, mis «Revelations of the diplomatic history of the 18th century», así como sobre el «Progress of Russia in Central Asia», etc.) y he puesto a su disposición mi conocimiento personal de agentes rusos como el de Bangya, etc. Fischel es el agente reconocido, por así decirlo oficial, de los urquhartitas en Berlín, y de su actividad allí solo conozco el Portfolio de oídas. Así fue como entré en contacto con Fischel (a quien encontré en Londres sólo casualmente en una oficina de periódico y a quien hice que te saludara en aquella ocasión). Ha atendido diversos encargos para mí y para Engels en Berlín. Jamás hemos intercambiado una palabra, ni de palabra ni por escrito, sobre política interior, como tampoco lo he hecho nunca con Urquhart, desde que le declaré de una vez para siempre que soy un revolucionario, y él me ha declarado con la misma franqueza que todos los revolucionarios son agentes o dupes del gabinete de Petersburgo.

En las cartas que hemos intercambiado con Fischel, ha observado siempre una gran discreción y se ha limitado al terreno de la política exterior, en el que coincidimos con los urquhartitas.

Habrás leído los escritos de Urquhart, y sería por ello superfluo (la larga carta me ha afectado mucho en mi estado actual de todos modos) que me detuviera aquí en un análisis de este fenómeno tan complicado. Es, ciertamente, subjetivamente reaccionario (romántico) (aunque desde luego no en el sentido de ningún partido reaccionario real, sino metafísico, por así decirlo); esto no impide en absoluto que el movimiento en la política exterior que él dirige sea objetivamente revolucionario.

Que sus partidarios alemanes como Bucher, Fischel, etc. (del último no conozco su «Moskowitterthum», pero sé, sin haberlo leído, lo que contiene) hayan adoptado también sus manías «anglosajonas», que por lo demás no carecen de un tipo peculiar de crítica retorcida, me es completamente indiferente; tan indiferente como te lo sería a ti en una guerra contra Rusia, por ejemplo, si el hombre de al lado dispara contra los rusos por motivos negro-rojo-oro o revolucionarios. || Urquhart es un poder temido por Rusia. Es el único hombre oficial en Inglaterra que tiene el valor y la honradez de hacer frente a la public opinion. Es el único incorruptible (sea por dinero o por ambición) entre ellos. Por último, hasta ahora excepcionalmente he conocido precisamente entre sus partidarios sólo a personas honradas, y por lo tanto he de tener también a Fischel por tal, hasta prueba en contrario.

En cuanto a la relación de F. con el duque de Gotha, no creo, por muy buenas razones, que sea una relación a sueldo. Puesto que este Gotha pertenece a la dinastía inglesa, de la que se sirve Urquhart contra Palmerston y la usurpación ministerial en general («¿por qué nunca se dispara contra los consejeros del gabinete?», pregunta Humboldt vislumbrando esta usurpación del gabinete), nada podía serle más oportuno que hacer que bajo su nombre se hiciera oposición en Alemania contra Rusia y Palmerston. El folleto de Fischel «Despoten als Revolutionäre» fue por ello traducido al inglés como «The Duke of Coburg's pamphlet», y a Palmerston le pareció suficientemente importante como para responder personalmente en un panfleto (anónimo), que lo ha comprometido mucho. Palmerston, en efecto, había hecho hasta entonces de los desdichados Coburgo el chivo expiatorio de su rusofilia, y el folleto le obligó a dejar caer ese false pretext.

Es muy posible y probable que el antipalmerstonianismo de Fischel tenga poca importancia en Berlín. Es, en cambio, importante para Inglaterra (y con ello par ricochet para Alemania), en la medida en que esta polémica es hábilmente explotada por los urquhartitas, amplificada y utilizada como opinión alemana sobre Palmerston en la polémica inglesa.

En la guerra que libramos junto con los urquhartitas contra Rusia, Palmerston y Bonaparte, y en la que participan personas de todos los partidos y estamentos en todas las capitales de Europa hasta Constantinopla, también Fischel es, por tanto, un miembro. Con Bucher, en cambio, no he intercambiado jamás una sílaba, porque sería inútil. Si residiera en Berlín en vez de en Londres, sería otra cosa.

Si en Alemania entramos en una época revolucionaria, la diplomacia ||10)| cesa naturalmente, una diplomacia en la que, por lo demás, ninguna de las partes concede ni aparenta conceder lo más mínimo. Incluso entonces nos será útil esta conexión inglesa.

Que, por lo demás, en política exterior no se adelanta nada con frases como «reaccionario» y «revolucionario», se entiende de suyo. Partido revolucionario no existe ahora en absoluto en Alemania, y la forma más repugnante de reacción es para mí la democracia cortesana real prusiana, tal como se practica en la «Nationalzeitung» y, en cierta medida (entusiasmo por el canalla de Vincke, por el regente, etc.), también en la «Volkszeitung».

En todo caso, los urquhartitas tienen la ventaja de estar «instruidos» en política exterior, de que los miembros ignorantes de la misma reciben su inspiración de los instruidos, de que persiguen un gran objetivo definido —la lucha con Rusia— y de que combaten a vida o muerte el principal sostén de la diplomacia rusa, Downing Street en Londres. Pueden imaginarse que esta lucha traerá consigo la instauración de condiciones «anglosajonas». Nosotros, los revolucionarios, tenemos que utilizarlos mientras sean necesarios. Esto no impide golpearles directamente en la cabeza allí donde se interponen de manera obstaculizante en la política interior. A mí los urquhartitas nunca me han tomado a mal que escribiera a un tiempo con mi nombre en el periódico cartista que odiaban a muerte, el People’s Paper de Ernest Jones, mientras existió. E. Jones se reía de las manías de Urquhart, las ponía en ridículo en su periódico y, sin embargo, reconocía públicamente en el mismo periódico su extraordinario valor en política exterior.

Por último, el romanticismo urquhartita, a pesar de su odio fanático contra la Revolución francesa y todo lo «general», es sumamente liberal. La libertad del individuo, solo que de una manera muy enrevesada, es su última palabra. Para conseguirlo, disfraza, desde luego, al «individuo» con toda clase de ropajes anticuados.

Salut D KM I