en Londres  
Manchester, jueves, 23 de febrero de 1860  

123 Feb. 1860.  
Manchester. 6 Thorncliffe Grove, Oxfordroad.  
Querido Freiligrath:  

Te envío una carta más, y por cierto la última, acerca del asunto Vogt. No me has acusado siquiera recibo de mis dos primeros envíos, cosa que harías frente a cualquier filisteo. No puedo imaginarme que te figures que quiero sonsacarte una carta con fines públicos. Sabes que poseo al menos 200 cartas tuyas, que contienen material suficiente para dejar constancia, en caso necesario, de tu relación conmigo y con el partido.  

Te escribo esta carta porque tú, como poeta y a la vez abrumado de negocios, pareces engañarte sobre el alcance de los procesos que he entablado en Berlín y Londres. Son decisivos para la vindicación histórica del partido y para su futura posición en Alemania; el proceso de Berlín tanto más, cuanto que al mismo tiempo se ventila el proceso Eichhoff-Stieber, que gira principalmente en torno al proceso de los comunistas de Colonia.  

Los agravios que puedas tener contra mí son:  

1) He abusado de tu nombre (como le dijiste a Faucher).  

2) La escena que te monté en tu oficina.  

ad 1) Yo mismo jamás he mencionado tu nombre, salvo que dije en la A. A. Z. que Blind te había contado más o menos lo mismo que a mí. Esto es un hecho. Desde el principio reconocí la importancia de señalar el verdadero origen del panfleto, y tenía el derecho de citar a un testigo acerca de lo dicho por Blind.  

En cuanto a la carta de Liebknecht a la redacción de la A. A. Z., en la que se remite a ti y a mí (con referencia a Blind), él declarará bajo juramento, si es necesario, que esto ocurrió sin mi conocimiento, del mismo modo que, sin yo saberlo y durante mi estancia en Manchester, envió a la Allg. Augs. Zeit. la hoja volante «Zur Warnung». Cuando la A. A. Z., demandada por Vogt, se dirigió a él, aún dudaba si yo, como podía, lo desautorizaría o no, y se sorprendió incluso cuando declaré de inmediato que haría todo lo posible por él.  

Que yo saliera en su defensa contra tu carta a él —en la carta que te dirigí— ocurrió simplemente porque me pareció poco generoso de tu parte, desde un hombre de fama y posición burguesa, escribir en esa forma áspera a un miembro sin nombre del partido, que vive en una buhardilla, con quien hasta entonces habías tratado cordialmente.  

En cuanto al tono irritado de mi propia carta, se debió a diversas razones.  

En primer lugar, me había herido profundamente que parecieras creer más a Blind que a mí.  

En segundo lugar, por una carta que me escribiste en tono muy irritado acerca del Morning Advertiser (artículo sobre la fiesta de Schiller), parecía deducirse que me considerabas capaz de la infamia de introducir subrepticiamente una injuria contra ti en el artículo de Blind, y luego denunciártela como obra de Blind. Ignoraba por completo qué había hecho yo para merecer semejante sospecha infamante.  

En tercer lugar, mostraste a Blind mi carta privada a ti.  

Por último, creo que tenía derecho a esperar, sobre todo después del artículo de la Gartenlaube, que añadieras a tu declaración en la A. A. Z. una insinuación, por tenue que fuera, que quitara a la declaración la apariencia de ser una ruptura personal conmigo y una renuncia pública al partido. Que encima tu segunda declaración apareciera junto con la de Blind y que tu nombre cubriera su mentira y falsificación, no podía ciertamente edificarme. Por lo demás, te doy mi palabra de honor de que todas las declaraciones de Liebknecht en la «A. A. Z.» me eran completamente desconocidas antes de su publicación.  

ad 2) El día en que fui a tu oficina, acababan de llegar a mi casa desde Berlín los dos números de la National-Zeitung (el primero contenía los extractos y comentarios infames aparecidos luego en el Telegraph). En mi casa reinaba la mayor agitación, y el estado de mi pobre mujer era verdaderamente desgarrador. Al mismo tiempo había recibido una carta de Alemania en la que se me comunicaba que, además de las declaraciones tuyas aparecidas en la «A. A. Z.», en el libelo infame de Vogt se hallaba una carta tuya, de la que se desprendía tu relación íntima con Vogt, y que precisamente tu nombre era el único de importancia del que Vogt sacaba capital político, y el que daba apariencia a su infamia ante el público. Ponte tú mismo en estas circunstancias y pregúntate si no es posible que también en ti la sangre hubiera dominado un momento sobre el entendimiento.  

Te repito una vez más: esta carta no trata de un interés privado. En el proceso de Londres puedo hacer que te citen como testigo sin tu permiso. Para el proceso de Berlín tengo cartas tuyas que, en caso necesario, puedo presentar como prueba. Tampoco estoy aislado en este asunto. De todas partes —Bélgica, Suiza, Francia e Inglaterra— el ataque infame de Vogt me ha traído aliados inesperados, incluso de personas de tendencias completamente distintas.  

Pero, por un lado, sería en todo caso mejor para ambas partes y para la causa actuar de común acuerdo.  

Por otro lado, te digo sin rodeos que no puedo decidirme a perder a uno de los pocos hombres a los que he querido como amigos en el sentido eminente de la palabra, por malentendidos irrelevantes.  

Si en algo he faltado contra ti, estoy dispuesto en todo momento a reconocer mi falta. Nihil humani a me alienum puto.  

Por último, comprendo muy bien que en tu actual posición cualquier asunto como el presente no puede sino resultarte repugnante.  

Tú, por tu parte, comprenderás que es imposible dejarte completamente al margen.  

Por un lado, porque Vogt hace capital político con tu nombre y se da la apariencia de que, seguro de tu asentimiento, arroja suciedad sobre todo el partido que se enorgullece de contarte entre los suyos.  

Además, casualmente eres el único miembro de la antigua Autoridad Central de Colonia que residió en Colonia desde fines de 1849 hasta la primavera de 1851, y desde entonces hasta ahora en Londres.  

Si ambos tenemos la conciencia de que, cada cual a su manera, posponiendo todos los intereses privados y por los motivos más puros, hemos enarbolado durante años el estandarte de la «classe la plus laborieuse et la plus misérable» por encima de las cabezas de los filisteos, consideraría un pequeño pecado contra la historia que nos enemistáramos por nimiedades —todas ellas resolubles en malentendidos—.  

Con la más sincera amistad  

Tuyo  
Karl Marx