en Manchester 
Londres, sábado, 10 de diciembre de 1859 

Londres, 10 de diciembre de 1859. 
Querido Engels, 

He recibido el artículo. Espero que tu salud vaya mejor. 

Sobre la historia con Freiligrath en el transcurso de esta carta. Habrás visto también el Hermann de hoy hace ocho días, en el que la «Penúltima sesión del comité Schiller» la banda de canallas lumpenproletaria que se agrupa en torno a Gottfried Kinkel se describe a sí misma. El artículo está escrito por el digno Beta. 

¿Qué te parece que el señor Lassalle me haya anunciado de repente su «Economía nacional»? ¿No queda ahora claro por qué mi escrito, en primer lugar, se ha retrasado tanto y, en segundo, ha sido tan mal anunciado? Lassalle vive en casa de Duncker, según me contó Fischel desde Berlín (estuvo unos días en Inglaterra; redactor del Berliner Portfolio (urquhartista) núms. 1 y 2 contienen extractos de mis folletos anti-Palmerston sobre Polonia y Unkiar Skelessi). Parece que él (Lass.) ha llamado la atención en Berlín por su vanidad. El bastón con que fue apaleado era el suyo propio: una reliquia comprada en París, el bastón de Robespierre, con el lema: liberté, égalité, fraternité.

Había escrito a Lassalle preguntándole si no podría procurarme dinero (contra una letra de cambio que yo le entregaría a la vista sobre mí mismo). Me contestó que él mismo vive a crédito hasta julio y que se ha apropiado del floating surplus de Duncker. Luego debía yo girar una letra a cargo de él (L.), descontarla aquí y enviarle el dinero antes del vencimiento. Pero naturalmente, aquí el nombre de Lassalle no vale un cuarto. Durante el último tiempo he sido citado ante el county court por diversos pelagatos, como el lechero, etc., y en verdad no veo posibilidad alguna de superar la crisis, que viene creciendo desde hace medio año. Gastos accesorios como ése, aproximadamente 5 libras por el proceso contra el piojoso Volk, y el señor Biskamp, a quien he estado alimentando durante tres meses (y del que aún no me he librado), han agravado ciertamente el apuro en lo pequeño. En lo esencial, daba igual. Toda la porquería es que ya no tengo ningún Bamberger en Londres, pues con operaciones de cambio ahora se podría hacer mucho. Si el gordo filisteo Freiligrath hubiera querido, también habría podido procurarme un préstamo, y el filisteo tenía por cierto la garantía en la mano. Pero el mozo creía (y hasta alardeaba de ello) haber hecho mucho con adelantarme 2 libras por ocho días, ocho días antes de que yo girara la letra sobre la Tribune. Por lo demás, he hecho aún otros intentos para dar con algún usurero. But till now without any result. 

Sé que tú mismo, con tu último proceso, estás en apuros; te escribo el estado de las cosas, pues, únicamente por la necesidad de hablar con alguien. Espero que la mala suerte en que está la casa no te impida venir unos días. Es absolutamente necesario que mis niñas vuelvan a ver a alguna «persona» en casa. Los pobres niños están atormentados demasiado pronto con la mierda burguesa. 

Ahora, respecto a Freiligrath. 

El filisteo escribió la siguiente carta, después de haber esperado ocho días: 

«Querido Marx, 

He recibido tu carta del 23 del mes (noviembre) y la de Liebknecht del mismo día, y contesto ambas, para simplificar las cosas, por la presente a ti. 

En lo que respecta a la carta de Liebknecht, ni su tono arrogante e impertinente, ni su contenido —el fallido intento de volver las tornas— han podido sorprenderme. ¡Muy bonito, ciertamente: el corresponsal londinense de la A.A.Z. puede disponer de mi nombre ad libitum y, sin advertírmelo previamente, ponerlo a disposición del señor Kolb; pero yo, cuando protesto contra ese abuso, ¡tengo que presentar antes una denuncia formal por ello!! La argumentación de Liebknecht en favor de esta limpia doctrina es tan escolar que no necesita una refutación seria por mi parte. Sólo señalo al respecto, sencillamente, que bajo ninguna circunstancia, y por ninguna consideración personal o de partido, tolero arbitrariedades de este jaez. 

¡Tanto sobre y para Liebknecht! 

Y ahora, a tu carta: 

Tu protesta contra la expresión «admitió» que aparece en mi carta a Liebknecht (del 21 de nov.) la acepto con gusto. No doy valor a esa expresión. No se ocultaba tras ella intención alguna de ningún tipo, y lo mismo podría haber dicho: «señaló» o «comentó». Así pues, la «admitió» te es concedida sin contradicción. ¡Si ambos estábamos desde un principio de la misma opinión, tanto mejor! (El muy astuto no se da cuenta de que con ello me concede mi opinión sobre Vogt y Blind.) 

En cuanto a tu declaración contra Beta, naturalmente has de proceder enteramente según tu criterio. ¡Aunque yo opino que tu primer impulso, ignorar el asunto, habría sido el mejor, y el más digno de ti! Ahora, puesto que las dos veces veinticuatro horas de plazo de reflexión han transcurrido con creces, habrás tomado tu decisión de un modo u otro. ¡De un modo u otro, me es completamente igual! 

Que tú, «como corresponde entre amigos», hayas querido informarme de antemano de tu declaración contra Beta es muy de agradecer. Por lo demás, según entiendo, tu declaración contra Beta no iba dirigida contra mí, y por tanto apenas habría sido necesaria la comunicación previa de tu propósito. 

En todo caso, en revancha, no quiero dejar de mencionar que probablemente yo también publique una declaración en la que, reiterada y definitivamente, me prohíbo que se involucre mi nombre en el asunto Vogt. 

Tuyo, 
F Freiligrath.» 

Esta carta, adornada con tantos !! y que pretendía ser «enfadada», naturalmente, dadas las circunstancias, sólo pude contestarla en un tono muy moderado. Le escribí, pues, a vuelta de correo: 

«Querido F., 

No soy ni el redactor de la carta de Liebknecht ni su procurador. No obstante, le enviaré copia de la parte de tu carta que se refiere a él. 

He desistido de la declaración que por un momento pensé hacer, recordando el «Odi profanum vulgus et arceo». 

La declaración iba ciertamente contra Beta, pero precisamente por eso era inevitable, como verás por el resumen, que al mismo tiempo versara sobre ti. Ya por eso te di noticia de ella, dejando aparte la intimidad en que aparecen tu familia y la de Beta en su opúsculo. 

Te resulta desagradable ver tu nombre mezclado en el asunto Vogt. A mí me importa un bledo Vogt y sus infames mentiras en el Bieler Handelskurier, pero no quiero prestar mi nombre como máscara para los listillos democráticos. Si alguien se ve obligado a llamar testigos, sabes que nadie puede «prohibirse» ser citado como testigo. Según un uso jurídico inglés más antiguo, los testigos recalcitrantes —horribile dictu— podían ser incluso aplastados hasta la muerte. 

En cuanto a consideraciones de partido, por último, estoy acostumbrado a que en la prensa se me arroje barro por todo el partido y a ver mis intereses privados constantemente perjudicados por consideraciones de partido, y, por otra parte, igualmente acostumbrado a no contar con consideraciones privadas hacia mí. 
Salut 
D 
KM.» 

A esto F. no ha respondido, y no sé exactamente cómo estamos ahora. 

Saludos a Lupus. 

KM