en Berlín 
Londres, martes 22 de noviembre de 1859 

I 22 de noviembre del 59. 

Querido Lassalle: 

Por una parte, hoy es día de correo para América; por otra, tengo medicinas en el cuerpo. Así que bajo todo punto de vista, dificultades para escribir. Por tanto, seré muy breve: 

1) Gracias por tu penúltima carta. Sin embargo, es probable que logre yo mismo poner en pie aquí en Londres un pagaré usurario. 

2) Mejor será que ahora no hagas tu declaración contra Vogt, después de que la Reform ya ha publicado una declaración mía. A mí me importa sobre todo obligar al señor Vogt a continuar aquí en Londres el asunto. 

3) Le he contado a Freiligrath que tú has elogiado sus versos a Schiller y censurado su comportamiento contigo. Ahora te escribirá. Lee el n.º 43 de la «Gartenlaube», en el que el satélite de Kinkel, el señor Beta (antiguo redactor del How Do You Do, que editaba aquí Louis Drucker, actual factótum del Hermann, cuyos editores se reclutan íntegramente entre el lumpenproletariado literario) hace el descubrimiento de que Freiligrath «rara vez cantó más, desde que» yo «lo animé con mi aliento». Freiligrath ha coqueteado demasiado en estos últimos años con los ídolos de Babilonia, porque es grande en él el afán de popularidad. Su esposa quizá no ejerza la influencia más ventajosa a este respecto. No quiero seguir ahondando en este tema, solo hacer notar que con los viejos amigos personales y de partido soy más considerado de lo que a muchas gentes muy capaces de nuestro partido les parece justo. 

4) Ad vocem Bonaparte. Por lo que veo, la guerra italiana ha afianzado a Bonaparte pro tempore en Francia; ha entregado la revolución italiana en manos de los doctrinarios piamonteses y de sus ayudantes; Prusia se ha popularizado extraordinariamente entre el vulgo liberal con su política a lo Haugwitz; ha aumentado la influencia de Rusia en Alemania; en fin, ha propagado una inaudita desmoralización, la más repugnante combinación

de bonapartismo y frases hueras sobre la nacionalidad. Por mi parte, no veo hasta qué punto tenían gentes de nuestro partido que fomentar dialécticamente estas repugnantes ilusiones contrarrevolucionarias de los pequeñoburgueses liberales. Desde el momento en que Disraeli admitió públicamente la alianza entre Bonaparte y Rusia, y más aún desde el momento en que Rusia dirigió la desvergonzada nota circular a las cortes alemanas, había que alzar, a mi juicio, el grito de guerra contra || la alianza ruso-francesa. Mediante la contraposición con Rusia, todo lo antiliberal que la ilusión pareciera adherir al giro contra Francia quedaba eliminado de inmediato. 

Los despachos de Schleinitz, que he estudiado a fondo, junto con las declaraciones que los ministros de aquí hicieron en parte directamente en el Parlamento y en parte en la prensa, me demuestran que Prusia no pensaba en intervenir mientras no se violara la frontera alemana. Bonaparte, bajo protección ruso-inglesa, había recibido entonces permiso para hacer una guerra «localizada», a fin de mantenerse en Francia. Prusia no se hubiera atrevido a mover un dedo, y si lo hubiera hecho, se habría producido la guerra entre Alemania y Rusia, el más deseable de todos los acontecimientos. Pero, de hecho, no se trataba de eso, porque Prusia jamás hubiera tenido el valor de dar semejante paso. Se trataba más bien, por una parte, de poner al desnudo al gobierno prusiano en su lamentable debilidad, y por otra y sobre todo, de desenmascarar las ilusiones bonapartistas. El juego no era tan difícil, porque todos los representantes del partido revolucionario, desde Mazzini hasta Louis Blanc, Ledru Rollin e incluso Proudhon, se habrían sumado. De este modo, la polémica contra el engaño de Bonaparte no habría podido cobrar la apariencia de hostilidad hacia Italia o Francia. 

Naturalmente, no entro aquí a fondo en la cuestión, sino que solo lanzo un par de puntos. Mas me permitirás hacer una observación: Tal vez las cosas vuelvan pronto a una crisis. En ese caso, en nuestro partido ha de regir una de dos: o bien nadie se presenta en nombre del partido sin haberse consultado con los demás, o bien cada cual tiene el derecho de exponer su opinión sin preocuparse de los otros. Esto último no sería, desde luego, recomendable, pues la polémica pública en modo alguno es provechosa para un partido tan poco numeroso (que, sin embargo, esperamos que supla con energía lo que le falta en número). Solo puedo decir que en mi viaje (en verano) por Inglaterra y Escocia —y aquí están dispersos nuestros viejos amigos de partido— no encontré a nadie que no hubiera deseado que tú hubieses modificado tu 

folleto en muchos puntos. Me lo explico muy sencillamente por la circunstancia de que, en particular, la política exterior se presenta de manera muy diversa desde el suelo inglés y desde el continental. 
Salud 
Tuyo 
KMI