en Londres  
Manchester, jueves, 17 de noviembre de 1859  

Manchester, 17 de nov. de 1859  

Querido Mohr:  

A un ruso que me está importunando se suma hoy un ginebrino, y Ermen empieza a endosarme cada vez más la parte engorrosa de la representación de la firma. A pesar de todo, esta mañana pensé aún que encontraría tiempo para un artículo, pero es absolutamente imposible. El próximo martes recibirás, sin embargo, uno sobre Marruecos, eso es seguro. Lo antes posible seguirán más sobre el Rifle Volunteer Movement, la reforma del ejército prusiano y otras diversas historias.  

El asunto de los Assaults está zanjado. Treinta libras de indemnización y veinticinco de costas. Ya está pagado —en parte, recurriendo a sablazos. El asunto se había incoado en Londres, y, aparte del escándalo local, habría sido un buen bocado para Kinkel y cía llevar esta historia del Times a los periódicos alemanes.  

Festival de Schiller. El programa, inclusive también los productos poéticos originales, compuestos como verás de:  

Prólogo de Meißner  
Catálogo   "  Samelson  
Epílogo    "  Siebel.  
Prólogo y epílogo salvados únicamente por el contraste del catálogo.  

La primera parte se estrenó con un fracaso estrepitoso. El Sr. Dr. Marcus (comerciante de lana en bancarrota y doctor de Erlangen, a 66 táleros y 20 silbergros) leyó el informe del comité con voz llorosa; Siebel declamó el prólogo de manera pasable, pero ininteligible; Theodores soltó sandeces floridas de manera totalmente ininteligible, no se oía más que Rrrrrr; el coro cantó excelentemente; Morell pronunció lugares comunes en inglés, pero de modo audible y fluido; Las grullas de Ibykos durmieron a todo el público. Por ello, afortunadamente, se había hecho tan tarde que una ejecución completa del programa habría durado hasta la 1 de la madrugada. Así que las estancias de Samelson fueron a parar al trastero. La Armada, muy bien declamada por un tal Link, luego la pieza. La escena muy bonita, pero de mala acústica. La agrupación, excelente, con constante mucha, casi demasiado vida en el fondo. Los muchachos actuaron en general bien; se les entendía mal a causa de las barbas demasiado colosales que llevaban delante del hocico, y porque no hablaban lo suficiente hacia el público. El capuchino, bien (un viejo miembro de corporación estudiantil, Dolch, autor de una historia del estudiantado alemán, asno y bufón). Epílogo de Siebel, recitado por Link, con mucho decoro y armonía, hizo efecto. En suma, la segunda parte salvó la cosa; en la primera y en la pieza omitida de la segunda dominaron los muchachos (indirectamente también una buena dosis de influencia mía por debajo; así, la introducción al Campamento de Wallenstein fue compuesta según mis indicaciones, y muy bien por cierto), en la primera habían dominado los sabelotodo, los filisteos y los maestrillos que se abrían paso a empujones.  

Ahora quieren fundar, con el superávit, un instituto Schiller, ¡pero el superávit es un déficit de 150 libras!  

El sábado, banquete festivo al que no asistí. Muchos brindis y lectura de todos los discursos rechazados.  

El viernes por la noche, todavía jarana de los cantores y actores hasta las cuatro — fue muy divertido.  

Tuyo  
F. E.  

¿Cómo fue aquello de la pelea en el Crystal Palace?