en Berlín  
Londres, domingo 6 de noviembre de 1859  

I Londres. 6 de noviembre del 59.

Querido Lassalle:

Hubieras recibido antes respuesta mía de no ser porque una multitud de asuntos domésticos repugnantes me han absorbido por completo el tiempo libre.

1) Te agradezco tus gestiones ante Duncker. Por lo demás, te equivocas si crees que yo esperaba elogios o reconocimiento por parte de la prensa alemana, o que me importa un comino por ello. Yo esperaba ataques o críticas, pero no un completo silenciamiento, que además ha de perjudicar considerablemente la venta. A fin de cuentas, en diversas ocasiones han despotricado tan gustosamente contra mi comunismo que era de esperar que ahora soltaran toda su sabiduría sobre su fundamentación teórica. Por lo demás, también existen en Alemania revistas especializadas de economía.

En América, el primer fascículo ha sido comentado extensamente por toda la prensa alemana, desde Nueva York hasta Nueva Orleans. Sólo temo que resulte demasiado teórico para el público obrero de allí.

2) Ad vocem Vogt.

Te habrá sorprendido la información de la A. A. Z. sobre el proceso Vogt y la extraña compañía en que aparezco allí.

El asunto, en breve, es el siguiente:

Junto al «Hermann» existía aquí un llamado periódico obrero, «Die Neue Zeit», redactado últimamente por Edgar Bauer. En ese periódico colaboraba Biskamp, que desempeñaba un puesto de maestro de escuela en el campo. El periódico se hallaba en una oposición, por así decir, de principio con el «Hermann». Edgar Bauer creyó, en efecto, que era llegado el momento de hacer de comunista. Yo, naturalmente, nada tenía que ver con ello. Para quitarse de encima a un competidor, Bauer escribió a Biskamp diciendo que Kinkel había transferido su periódico al impresor de la «Neue Zeit», y que esta última dependía del crédito de dicho impresor y se hallaba por completo en su poder. A raíz de esta carta, Biskamp se precipita a Londres y encuentra no sólo que Kinkel ha arruinado la «Neue Zeit» al encargarse de su impresión, sino también que Edgar Bauer, el redactor del llamado «periódico obrero», ha ingresado en la redacción del «Hermann» y se ha pasado a Kinkel.

Sobre este Biskamp, en breve, lo siguiente: fue coeditor de «Die Hornisse». Redactó la «Bremer Tages-Chronik» junto con Dulon y Ruge. Ingresó en Suiza en la Liga de los Comunistas. Su relación con Ruge trajo consigo que nunca nos viéramos durante su estancia en Londres. Yo no le presté la menor atención, pero él, en ocasiones, me había dedicado notas polémicas. Este hombre es un curioso compuesto de nobles instintos, debilidad natural (también física), ascetismo y dejadez, conciencia moral kantiana y un humor carente de tacto. Con su irritabilidad nerviosa, es capaz de sacrificar cualquier posición «por principio», de precipitarse de repente en la situación más desamparada, de soportarla durante un tiempo con estoicismo pasivo, y luego, de improviso, cometer estupideces rayanas en la bajeza. Yo, naturalmente, no conocía al hombre tal como te lo describo aquí. Te lo describo tal como su imagen se me ha ido componiendo paulatinamente a partir de la experiencia.

Volvamos, pues, al relato. Biskamp abandona de inmediato su puesto de maestro de escuela y, para emprender «la lucha del trabajo contra el capital» (es decir, contra Kinkel), funda «Das Volk» sin ningún medio, salvo los subsidios de una asociación obrera, etc. Mientras duró la historia, naturalmente, comió pan de miseria. Las pocas corresponsalías periodísticas que había conseguido en Alemania las perdió en cuanto se supo de su nueva función. Unas pocas clases particulares le permitían mal ganar la vida bohemia.

Debo señalar de antemano que desde 1851 no tengo vinculación alguna con ninguna de las asociaciones obreras públicas (tampoco con la llamada comunista). Los únicos obreros con los que me reúno son 20 ó 30 personas selectas, a las que imparto privadamente lecciones sobre economía política. Liebknecht, empero, es el presidente de la asociación obrera con cuya ayuda Biskamp fundó «Das Volk».

Pocos días después de la fundación de este periódico, Biskamp acudió a mí con Liebknecht y me pidió que colaborase. Lo rehusé entonces de manera tajante, en parte por falta de tiempo, en parte porque estaba a punto de salir de Londres por una temporada larga. Sólo prometí conseguir algunos subsidios en dinero de amigos en Inglaterra, cosa que así hice. Ese mismo día conté a ambos lo que Blind, con la más elevada indignación moral, me había comunicado el día anterior acerca de Vogt, y mencioné al mismo tiempo mi fuente. Biskamp hizo con ello un artículo, como más tarde vi. Durante mi ausencia, él imprimió en «Das Volk» la hoja volante anónima de Blind, compuesta en la misma imprenta que «Das Volk». Al mismo tiempo, Liebknecht envió una copia de la hoja volante a la A. A. Z., para la que se encargaba del artículo inglés. (Sobre esta última circunstancia observo que los emigrados aquí escriben en todos los periódicos sin distinción. Creo que soy el único que constituye una excepción, pues no escribo en ningún periódico alemán. Observo, de paso, que Palmerston, por mediación de la legación prusiana, la cual a su vez se servía del librero inglés Williams como órgano, ha intentado apartar a Liebknecht de la A. A. Z. en razón de su orientación contraria al gobierno.)

Tras mi regreso a Londres, «Das Volk» recibió algunas colaboraciones mías y de Engels, todas sin relación alguna con el asunto Vogt. Con excepción de algunos ataques a los «Mensajes diplomáticos» de Schleinitz, sólo aporté un par de glosas jocosas —desde el punto de vista gramatical— sobre los sermones estéticos de Kinkel en el «Hermann». La vida aquí en Londres es demasiado dura para no permitirse de vez en cuando, digamos cada ocho años, una distracción así.

El periódico cesó de repente, sobre todo por falta de dinero. Biskamp, sin ningún medio de subsistencia, cayó además enfermo de una dolencia dolorosa y tuvo que ingresar en el hospital alemán. Cuando salió, se habría muerto literalmente de hambre si yo no me hubiese hecho cargo de él. Durante ese tiempo escribió a varios periódicos alemanes solicitando corresponsalía, pero en vano. Entonces llegó a sus manos una carta de la redacción de la A. A. Z., a la que envió aquella epístola vergonzosamente bochornosa, naturalmente a espaldas de sus amigos. Él creía, por supuesto, escribir una carta privada. El pobre diablo está ahora sumido en la mayor contrición y hace un par de días que no come ni duerme. No sé qué será de él. Te he contado todo esto con tanto detalle no para justificar la conducta del hombre, sino para explicarla. Si fuera un tipo tan venal como la mayoría de los «demócratas» de aquí, no se habría metido en una situación que era demasiado débil para soportar.

En cuanto a mi declaración en la A. A. Z., la cosa es como sigue:

Sabes que Blind hizo imprimir la denuncia contra Vogt. Al mismo tiempo apareció de él un artículo anónimo en la «London Free Press» (el periódico de Urquhart), de contenido esencialmente idéntico, aunque con omisión del nombre de Vogt y de algunos detalles*. Cuando Vogt presentó su querella contra la A. A. Z. y ésta recurrió a Liebknecht, Liebknecht, que era responsable ante la A. A. Z., recurrió naturalmente a mí, y yo a Blind. Éste no quiso hacerse cargo de sus declaraciones. Todo se basaba en malentendidos. Todo el asunto no le incumbía. Llegó incluso al extremo de dar su palabra de honor de que nada tenía que ver con la hoja volante anónima. Reiteradas instancias no sirvieron de nada. Esta conducta resultó tanto más infame cuanto que el santurrón sabía que Vogt, en privado en Londres y públicamente en Suiza, me señalaba como fuente de la denuncia para presentar todo el asunto como nacido de la envidia hostil del comunista contra el «gran demócrata» y «exregente del imperio». Así pues, me dirigí primeramente a Collet, quien declaró sin reparo que Blind había escrito el artículo en la Free Press. Luego, en segunda instancia, me procuré la declaración del cajista que había compuesto la hoja volante. La perfidia de Blind merecía un escarmiento. Yo de ningún modo quería sacarle las castañas del fuego a este «republicano». Además, sólo forzándolos a Vogt y a él a atacarse mutuamente saldrá la verdad a la luz. Por último, la A. A. Z., como cualquier periódico que acoge una denuncia semejante, merecía que se le proporcionasen todos los esclarecimientos posibles sobre el estado de cosas.

Ahora toda la vulgardemocracia alemana se me echará encima, cosa que le facilitará la estupidez de Biskamp. Naturalmente, no se me ocurre ponerme a pelear con todos esos perrillos en pequeños periódicos. Sin embargo, considero necesario dar un escarmiento en la persona del señor Eduard Meyen, del Freischütz, pour encourager les autres. Envío una copia a la A. A. Z. y otra a la Reform de Hamburgo, y me gustaría que la copia que te remito a ti pudiera aparecer en algún periódico berlinés.

Tendré que reservar para mi próxima carta (que llegará pronto) mi exposición sobre la guerra de Italia, y de ningún modo he cambiado mi opinión en este asunto.

Salut  
Tu  
K. M.

P. D. Por muy fatal que me resulte hablar de este punto: mi situación financiera se halla en una crisis muy peligrosa, tanto que apenas me queda tiempo para mis artículos para la «Tribune» y mucho menos para la «Economía Política». Ciertamente, en 8 a 10 semanas tengo que cobrar más de 40 libras esterlinas. Pero el punto importante y decisivo para mí es anticipar ese ingreso. ¿Podrías ayudarme con una operación de letra de cambio en este asunto? Dentro de 8, a lo sumo 10 semanas, soy bueno para 40 libras esterlinas.

* Incluyo el artículo en esta carta.